SILICON VALLEY HACE TIEMPO QUE HA DEJADO DE CREER EN LOS VALORES DE LA DEMOCRACIA por Diego Herranz

El capitalismo extremo invade las ‘bigtechs’, que afrontan una segunda oleada de despidos masivos

Los idílicos fundadores de start-ups en Silicon Valley, jóvenes que hicieron de la tecnología una religión idílica y generadora de rápidas revoluciones sociales para perfilar la panacea de vivir en un mundo mejor, abierto al ascensor de la riqueza, con una concepción propensa al liberalismo democrático, han variado sus doctrinas. Un viraje de 180 grados hacia una ideología que defiende el capitalismo extremo, aquel que prefiere el desorden, en el que impera la ley de la selva y en el que, en consecuencia, suele ganar el más poderoso.

The Economist o New York Times se han hecho eco -entre otros medios y think tanks- de este viaje hacia un conservadurismo que parecía superado, después de que durante la crisis financiera de 2008 voces como la de Nicolas Sarkozy pidieran refundar el capitalismo e ilustres empresarios y financieros reclamaran un paréntesis en las normas del libre mercado.

Ambas publicaciones hablan del salto de héroes tecnológicos de otros tiempos hacia posiciones de derecha para justificar sus actuaciones de capitalismo extremo. Y el nombre de la mayor riqueza del planeta, Elon Musk, aparece destacado, como el de Marc Andreessen, cofundador del grupo de telecomunicaciones Netscape y uno de los referentes del capital riesgo en la meca tech californiana.

El pasado año 2022 desveló este estado de regresión ideológica. El desplome de las bolsas, las evidencias de un agotamiento palmario de los modelos de negocios de firmas como Uber o Meta y las quiebras de plataformas de cripto-activos como FTX o BlockFi, el pasado otoño, se han llevado por delante parte de los hipotéticos prestigios de gurús labrados por Mark Zuckerberg (Meta) o Sam Bankman-Fried (FTX), acusado de fraude masivo tras ser declarado durante años el niño oráculo por analistas del mercado y de manejar cuentas falsas desde la sede operativa de FTX en Bahamas, el paraíso fiscal y financiero caribeño por excelencia.

Bay Area y Palo Alto, estandartes dentro del valle tecnológico del capitalismo liberal y cunas del poder de creación de start-ups digitales han sucumbido a los cantos de sirena de una concepción más agresiva del mercado, explica el semanario británico, que cita expresamente a Andreessen y Musk. Mientras el diario neoyorkino elige al dueño de Tesla como «el rostro del capitalismo extremo». El ahora orgulloso propietario de Twitter -dice literalmente- no supone un peligro por ser «un multimillonario truhan» que es algo que «ha ocurrido antes y volverá a ocurrir», sino por tener el control de lo que él mismo ha denominado, y con razón, «nuestra plaza central digital».

Es -dice David Nasaw, profesor emérito de historia en el Centro de Posgrado de la Universidad de la Ciudad de Nueva York en NYT- uno de esos barones con cuello blanco que delinquen, como «quienes construyeron nuestros ferrocarriles» o como Andrew Carnegie, que suministró acero a las líneas férreas y los esqueletos de edificios que presiden las ciudades estadounidenses, y que «encarnaron el exuberante y expansivo capitalismo industrial de finales del siglo XIX y principios del XX».

Es en este contexto en el que se enmarcan la oleada de despidos en la bigtechs, que se inició el año pasado y continúa en el comienzo de este. En el último tramo de 2022, se destruyeron más de 200.000 empleos, con Twitter y Meta como estandartes de estas nuevas políticas de reestructuraciones de plantillas, a las que se han sumado, en el primer mes de 2023 otros 60.000, con Alphabet, Microsoft y Spotify, firmas que han seguido la estela de una oleada de destrucción de puestos de trabajo. Sobre la que sus jerarcas aducen pérdidas de sus músculos financieros (y de sus capitalizaciones bursátiles), aunque sin tintes dramatismos, en realidad, ya que sus cuentas de resultados continúan revelando notables ingresos.

Es decir, que ganan menos, pero todavía permanecen en ratios y en facturaciones cuantitativas considerables, mientras que sus estrategias de ajustes laborales les han reportado mejoras en los valores de sus acciones y en las rentabilidades a inversores con sus activos en cartera.

Capitalismo sin escrúpulos de ‘salvadores del mundo’

Nasaw expresa que «Musk ha aprovechado las oportunidades que han surgido en un aparato estatal regulador que se desintegra rápidamente y ha reunido un pequeño ejército de inversores y una flota de abogados y admiradores -conocidos como Mosqueteros- para posicionarse como genio tecnológico que puede romper las reglas, explotar y extirpar a quienes trabajan para él, ridiculizar a quienes se interponen en su camino y hacer lo que quiere con su riqueza». Porque, para más inri -confiesa- «beneficia a la humanidad». Como el empresario infalible que «rescatará el planeta con sus autos eléctricos y salvará a Ucrania con sus sistemas de satélites». Si bien con antelación, para poder hacer todas estas buenas acciones, «debe ser liberado de cualquier tipo de interferencias de los gobiernos».

Este académico añade otro dato ineludible en la conexión entre empresa y poder político: la necesaria labor de los lobbies que han campado a sus anchas y han revertido la ética pese a que, inicialmente -enfatiza- presidían los escritos del padre del liberalismo, Adam Smith. «Carnegie y los barones del acero eligieron a legisladores y presidentes republicanos que se comprometieron a proteger los beneficios de sus empresas con la imposición de incrementar los aranceles a los competidores extranjeros».

Las empresas de Musk y su fortuna -aclara a modo de comparación- «se crearon con subsidios de miles de millones de dólares para su empresa de coches eléctricos, Tesla, y en contratos de la NASA para transportar astronautas estadounidenses al espacio, lanzar satélites y proporcionar servicios de internet de alta velocidad mediante su flota de casi 3.000 satélites».

También habla de prácticas de información privilegiada camufladas y sustentadas desde la Casa Blanca en los años del tránsito entre los siglos XIX y XX, que sirvieron a los jerarcas de compañías americanas para realizar ventas al descubierto de acciones, con los organismos de supervisión haciendo la vista gorda. Musk también carece de estos temores y escrúpulos. Una tesis a la que se apunta The Economist, donde se precisa que el dueño de Tesla «promueve la idea de que las reglas normales de la inversión no le son aplicables y describe a los guardianes de la competencia legal -a las instituciones reguladoras- como enemigos mezquinos del progreso». De ahí que no tenga el más mínimo reparo sino, más bien, la predisposición constante de tildar y dirigirse a los responsables de la SEC -la CNMV estadounidense- como «esos bastardos».

Las palabras de Musk, que coquetea con abanderar algún día al Grand Old Party (GOP) y elogia cada vez con menos ambages a Donald Trump, se han intensificado tras su tumultuosa compra de Twitter, alejada de los cánones de fusiones y adquisiciones de los mercados, pero en la que ha recordado el fondo de los mensajes de la dupla neocon Ronald Reagan-Margaret Thatcher que pregonaban a los cuatro vientos que los flujos de capital debían fluir sin regulación alguna y sin controles de supervisión. En pleno inicio de la revolución de la tecnología, cuando se inició el cierre meteórico de las primeras operaciones bursátiles telemáticas, aunque aún no a golpe de clic, unas ventajas que dieron alas a los movimientos especulativos de las grandes fortunas.

Hasta llegar a autoproclamarse, al hacerse con la red social de pájaro, como «absolutista de la libertad de expresión» al justificar el final del cierre de cuentas por comentarios obscenos o de mensajes falaces, que denomina «censura». Y anticipar su pretensión de permitir el regreso de Trump a su inagotable canal de mentiras, contabilizadas en más de 30.000 por Washington Post durante su mandato presidencial.

El espíritu Trump se propaga en la elite empresarial

Este pensamiento parece haberse expandido por la atmósfera californiana. Andreessen decía a The Guardian que el neoliberalismo -la versión conservadora más reciente de los mercados a cuyos brazos se arrojaron las últimas políticas económicas republicanas, la de Bush hijo y Trump, con sus viejos recetarios de rebajas de impuestos y guerras comerciales- «es una competición en la que se definen las características de las relaciones humanas». Por eso no duda en catalogar a los ciudadanos como consumidores y en defender el sistema democrático solo por ser el mejor ejercicio para las compraventas de patrimonios, ya que «premia los méritos y sanciona cualquier ineficiencia». En su trayectoria empresarial ha sido donante habitual de campañas republicanas, especialmente la del aspirante Mitt Romney.

De igual modo, este recetario aparece tras las declaraciones de Zuckerberg contra el teletrabajo y las fórmulas laborales híbridas que surgieron con la covid-19 cuando ya emergía la idea matriz que ha engendrado la Gran Dimisión o fenómeno de renuncia masiva a contratos laborales de más de 50 millones de estadounidenses por considerar que con sus salarios no se cubrían sus necesidades de ocio. Otras el «sorprendente descontrol» encontrado por los administradores judiciales en los estados financieros de FTX manejados sin rigor alguno por Bankman-Fried para cometer presuntos delitos societarios.

«Silicon Valley hace tiempo que ha dejado de creer en los valores de la democracia», avisa Fabien Benoit, periodista especializado en tecnología y autor del libro Valley sobre este tránsito de los tecnólogos hacia posiciones autócratas del neoliberalismo conservador y al que califica como un fenómeno de «libertinaje», libertad que solo defienden para su individualismo y sus propiedades privadas.

En su opinión, se ha vivido una transformación substancial desde que en la década de los setenta los ingenieros de software de San Francisco vivían influenciados por los movimientos de contra cultura próximos a la nueva izquierda en un país, EEUU, sin la tradición de pensamiento filosófico de Europa. «Pero todo empezó a cambiar en 1976, cuando Bill Gates, entonces sólo futuro jefe de Microsoft, envió una carta a lobistas en la que les demandaban poder monetario y político a cambio de desarrollar sus conocimientos informáticos para pagar los privilegios adquiridos».

Fue la ruptura del idilio con el progreso de la humanidad, aclara. Han viajado desde la izquierda hasta el ultra-capitalismo. Y ya «únicamente parecen preocuparles las fórmulas de minimizar o, según los casos, evadir impuestos, más que operar en mercados de libre competencia para incentivar el progreso» empresarial y social, dice Benoit en una entrevista en Leaders League.

Este diagnóstico apunta a una cuestión central que plantea Nasaw: Musk tiene razón en que se debe honrar y proteger la «libertad de expresión». Pero ¿no es hora de que, como pueblo y nación, entablemos un debate público amplio e inclusivo sobre cuándo y cómo la libertad de expresión puede crear «un peligro claro y presente» -como ya escribiera el juez Oliver Wendell Holmes Jr. hace un siglo- y sobre si necesitamos que el gobierno encuentre una manera, a través de la ley, la regulación o la persuasión, de evitar que esto ocurra?

«Musk es un producto de nuestra época», asevera Nasaw, pero, en vez de debatir o burlarse de su influencia, debemos reconocer que no es el brillante y exitoso empresario por mérito propio que interpreta en los medios de comunicación. Más bien al contrario «su éxito ha sido impulsado y pagado con el dinero de los contribuyentes y secundado por funcionarios del gobierno que le han permitido -a él y a otros multimillonarios con empresas- ejercer controles con cada vez de mayor intensidad sobre nuestra economía y nuestra política».

Quizás por ello, Martin Wolf, el influyente economista, jefe de corresponsales en Financial Times desde 1996, acaba de publicar The Crisis of Democratic Capitalism, una explicación de su pérdida de fe en el libre mercado, después de ser una de las voces más influyentes de su concepción en el diario económico global por antonomasia. En sus páginas, cuya redacción inició en 2016, bajo lo que denomina los «acontecimientos gemelos» del Brexit y la victoria de Trump en EEUU, deja traslucir una explicación primigenia de su cambio de percepción, al argumentar que democracia y capitalismo son «completamente opuestos» porque la preservación de la primera depende de la igualdad y la del segundo de la desigualdad, pese a que ambos proclaman el principio de la libertad individual.

Sin embargo, «en las décadas recientes, este matrimonio de conveniencia se ha desvanecido, especialmente en EEUU», su gran campo de operaciones porque aspectos como la productividad han disminuido en comparación con el pasado -expresa Wolf- y conducen a un «estancamiento»  de la actividad que «está generando opositores al sistema» y, en consecuencia, unos defensores a ultranza del mismo como único modelo generador de valor.

Fuente: Público

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