CONSUMO Y HEGEMONÍAS por Rolando Pérez Betancourt

Allá en los años ochenta del pasado siglo, vi un letrero pintado en el lateral de un camión de transporte colectivo en Panamá ––sin  duda  escrito por su feliz propietario–– que decía lo siguiente: “Es cierto que no  puedo acostarme con todas las mujeres del mundo, pero al menos debo hacer el intento”.

Un concepto sexista, machista y todo lo que se quiera, pero que parafraseándolo se presta  para afirmar que: “si bien es cierto que  no puede aspirarse a alfabetizar culturalmente a todos los hombres y mujeres del mundo, al menos, debe hacerse el intento”.

Un esfuerzo que requiere del concurso inteligente de muchos, porque en él nos va una responsabilidad civilizadora y de difícil recuperación, una vez las musarañas del más abaratado consumo se nos instale en la cabeza.

En nuestro país no faltan los que critican cualquier empeño de alfabetización del gusto, o como se le quiera llamar a ese intento de hacernos cultamente más plenos, mejor preparados y, por ende, más activos frente a las vidriera del consumismo ramplón,  y lo califican de controlador y continuista  de una política cultural envejecida y signada por una hegemonía asfixiante, hegemonismo ––y ellos han puesto la palabra de moda–– que conspira contra la sacrosanta libertad individual del ser humano, esa que hace creer ingenuamente que nuestros gustos individuales escapan de las influencias largamente trabajadas  e impuestas por otros, o para ser más precisos, impuestas por una hábil y millonaria industria del entretenimiento que desde que venimos al mundo nos hace sentir inferiores si no estamos a tono con sus modas y producciones.

Llevado al terrenos de la política, no hay nada más parecido a un discurso neoliberal que abogue por el clásico “laissez faire”, ese dejar hacer mediante el cual el ser humano es un átomo suspendido en  los vaivenes de una existencia tecnológica capaz de regular los diferentes aspectos de la vida por si sola, y sin que medien intereses políticos, sociales y económicos de ningún tipo, un país de Jauja en el que, remedando el titulo de una recordada película española “To el mundo e güeno”

De esa manera,  un tipo determinado de público  nació para consumir culturalmente el amor, la pasión y cuantos  sentimientos puedan existir en el dominio artístico mediante los códigos de las telenovelas más rastreras, mientras que, ellos ––los que protestan aduciendo que no quieren interferencia hegemónicas en la formación del gusto –– los que estudiaron y perfilaron gustos, aborrecen esos descartes procedentes de una Industria cultural que se ceba en lo insustancial

Disertación de corte neoliberal, por demás, que en lo absoluto le presta atención a las  ideologías y los procesos educativos, dejados a un lado para ser suplantados por el discurso de las nuevas tecnologías y las florecientes generaciones de consumidores, las que, preocupadas solo por el último grito del más reciente software y por las deslumbrantes aplicaciones dirigidas a sus celulares androides, no quieren escuchar ni recomendaciones, ni opiniones de ningún tipo, esas “muelas” perturbadoras y demodé como la que, posiblemente esté dando yo en este momento.

Nadie discute que quien ose darle la espalda al influjo social de las nuevas tecnologías se queda, intelectualmente hablando, en la retaguardia, pero quien trate de explicar lo humano y lo divino de esta existencia nuestra solo a partir de una esencia totalizadora conformada por esas nuevas tecnologías, pierde de vista aspectos tan decisivos como los de cultura, historia y nación

La palabra de orden para los “antihegemónicos”  parecería ser entonces consumamos, consumamos sin crítica alguna todo lo maravilloso que nos están ofreciendo las nuevas tecnologías ––y en  verdad que es un mundo maravilloso–– ¿pero dónde quedaría la función intelectual, analítica, totalizadora, la que demanda ––para solo poner un ejemplo–– que a la hora de hablar del cine de 3D se exponga solo que el proceso creativo exija planeamientos artísticos diferentes, o se canten las maravillas visuales que el recurso posibilita, sin detenerse a pensar  que si bien la 3D llena las salas del mundo, lo hace mediante la vuelta al cine más comercial, el mismo concepto  de espectáculo con que nació el cinematógrafo hace más de cien años, deslumbre más que pensamiento, y al respecto no son pocos los especialistas que afirman que la 3D estaría por demostrar que puede ser asimilada   intelectualmente como en su momento lo hizo el color en suplantación del blanco y negro. Y los que tengan dudas, revisen los títulos de los filmes realizados con esa técnica para que comprueben cómo se imponen las historias simples y llenas de acción y, por supuesto, los efectos especiales.

No dejan de ser ilustrativos y altamente valorados  los discursos acerca de las nuevas tecnologías y los cambios en el consumo que ellas traen aparejadas, pero creo percibir que en algunos de esos discursos  se siguen echando a ratos  en un mismo saco identidades múltiples, sin reparar que se pretende moldearlas acorde con un modelo de vida imperante en una sociedad que, desde siempre, ha tratado de exportarnos sus modelos coloniales. Y si alguien tiene duda al respecto, que ponga el  televisor en cuanto llegue a su casa y busque una de las muchas películas sosas norteamericanas que por necesidades de la programación están ahí, aunque  a veces son las manos incapaces de nuestros programadores los que deciden que estén ahí

En cuanto a las hegemonías culturales, permítanme decirles  que conocí una tan aplastante como adormecedora, aunque en aquel momento no me diera cuenta. Fue en la década del cincuenta, siendo un niño, cuando prefería ser un soldado yanqui matando indios en el oeste,  antes que un mambí luchando contra España, y  me gustaba ser un Tarzán enclenque contra los africanos, seducciones culturales e ideológicas que  serían largas de enumerar.   Los Estados Unidos acababan de salir victoriosos de la Segunda Mundial y debían adaptar su economía bélica a los tiempos de paz. Y aunque fueron unos cuantos tanques pensantes los que trazaron los nuevos rumbos  dominadores del mercado, fue el economista Víctor Lebow quien,  en 1955, dio a conocer el más coherente y contemporáneo   de los discursos acerca del consumismo, tan contemporáneo ese discurso, sesenta años después, que pareciera que la Industria del entretenimiento que hoy domina hábitos y bolsillos lo utiliza a diario, como un dogma sin réplicas:

Cito textual uno solo de los  conceptos esgrimidos por el señor Víctor Lebow:

«Nuestra economía tan productiva requiere que hagamos del consumo nuestra forma de vida, que convirtamos en rituales la compra y el uso de bienes, que busquemos la satisfacción espiritual y de nuestro ego en el consumo. La medida del estatus, de la aceptación social, de prestigio, se encuentra ahora en nuestros patrones de consumo. El verdadero sentido y significado de nuestras vidas está expresado en términos consumistas. Cuanto mayor sea la presión sobre el individuo para que acceda a salvaguardar y aceptar los estándares sociales, mayor será su tendencia a expresar sus aspiraciones e individualidad en función de la ropa que lleva, lo que conduce, lo que come, su hogar, sus hobbies”

Solo me quedaría por agregar que el  más multimillonario de todos los consumos de nuestro días es el consumo  audiovisual ––dominado por quien ya se sabe–– y aunque el señor Víctor Lebow nunca habló de ideología exportada, no tengan dudas de que ella viene de añapa, de contra, o como se le quiera llamar,  a lo que en apariencia no se cobra, aunque al final nos haga pagar un precio bastante alto.

Creo que ello debiera tenerse en cuenta por aquellos que al hablar de los problemas de nuestra cultura ––problemas que sin duda han existido en diferentes épocas y deben seguir discutiéndose–– tratan de encasillarlos a partir de un más que sospechoso concepto  de “hegemonismo”.

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He tratado dos o tres aspectos de una problemática más abarcadora. Ahora permítanme exponer dos o tres conceptos sobre los que he insistido en varios trabajos sobre el tema:

––El mundo vende mediocridad, consume mediocridad y va en vías de convertirse en un mundo culturalmente mediocre. Hasta las elites culturales han llamado la atención, desde Chéjov, en pleno siglo XIX con su discurso en  contra de la banalidad, hasta Vargas Llosa y sus apuntes ––antes motivo de atención de  otros  intelectuales–– acerca de la llamada sociedad del espectáculo que amenaza con devorar la verdadera cultura.

––Desde los inicios del cine, Holywood se impuso como una gran fábrica de sueños y fueron mayormente sus productores, dispuestos a convertir el cine en un gran  negocio, los que impusieron los temas y las formas de concebir las películas. Todo ello pensado en aras de ir fabricando un mismo tipo de público, publico aplanado, que respondiera a los mismos resortes dramáticos, luego tantas veces utilizados. Fue así que   se acondicionó no solo el gusto del gran público norteamericano, sino también internacional, gracias a la amplia distribución que han tenido sus películas. Sin embargo, ya hoy día ––y hay un consenso en lo que estoy diciendo––ya no son tantos los productores que demandan y deciden, sino que es el mismo publico, domesticado durante años de estar viendo un mismo tipo de cine,  el que exige a la industria que no le cambien las fórmulas,  no le suban el listón, no se arriesguen demasiado,  en fin, que le sigan suministrando más de lo mismo, las mismas películas de siempre, con los mismos resortes dramáticos, porque en fin de cuentas son ellos los que pagan.

––Si en el mundo existe una enorme masa de consumidores que se contentan con tragar a diario telenovelas ramplonas, y con ver un solo tipo de películas y leer los mismos libros y revistas que la maquinaria publicista internacional anuncia a bombo y platillo como “lo mejor”, la respuesta no debería buscarse solo en el nivel de instrucción que engloba a esos “enganchados”, sino y (fundamentalmente) en el bombardeo seudo cultural, político e ideológico a que han sido sometidos y “alfabetizados” desde que abrieron los ojos al mundo.

–Lo trivial en  la cultura trae aparejada confusiones y desconciertos y los encargados de lidiar con ella tienen la responsabilidad de conocer el terreno que pisan para no convertirse en tontos eficaces, divulgadores de lo que fabrican otros.

––El desarrollo tecnológico  de las últimas décadas ha traído un aire renovador en no pocos aspectos  de la creación artística  y también en sus soportes de divulgación y, por lo tanto,  restituir la cultura al sitio que le corresponde no es devolverla mecánicamente a los cánones del pasado.  Pero la cultura tiene que seguir siendo cultura y ello deben saberlo tanto los que la juzgan y la difunden, como los que la crean.

––Si la Mediocridad, la  banalidad,  y el  mercado terminan por vencer, el arte verdadero se convertirá en clandestino.

––Luego de la  globalización se acentuó un proceso de concentración de pantallas que ya venía existiendo y mediante el cual todo el cine producido fuera de Hollywood se quedaba excluido. Las estadísticas del marketing cinematográfico mundial certifican que mientras más del 80% del mercado está acaparado por el cine norteamericano, el 10 ó 15 % restante está dividido entre el cine “nacional” del país anfitrión y las demás películas extranjeras que, con suerte, llegan a estrenarse.

––Bajo el pretexto de pulsar un sincero  entretenimiento se infiltraron en  avalancha las fuerzas de  la banalidad. Después de todo no estaba mal un poco de visión frívola y distendida como distracción y descanso a la mente.  Pero la banalidad, dispuesta a simplificar, se ideologizó, se politizó, se “familiarizó”, se propuso hacer tabla rasa de intelecto  y de cualquier complicación  artística que requiriera de una participación activa por parte del público receptor.  La cultura, en manos de la banalidad, se ha ido  convirtiendo, cada vez más, en un espectáculo vendible por paquetes que en una fiesta del espíritu y del intelecto.  Hoy día  la banalidad se extiende como un mal imparable gracias a mecanismos  publicitarios jamás pensado y que, en  ocasiones, gastan más dinero en campañas de promoción  de un disco, o de una película,  que en la misma producción de esas obras

––Extraviada la mirada por millonarias campañas internacionales que  hacen creer que la fama mediática es más importante que el verdadero talento artístico, o que los reiterados tiroteos y violencia gratuita (para poner solo un ejemplo) son mejores recibidos por “la  audiencia” que los filmes que se tracen pautas de creación y espiritualidad, ese promotor no vacilará en darle bombo y platillo a cualquier  película de “gusto masivo” en detrimento de otras más importantes,

Si bien es cierto que el El ICAIC fomentó un nuevo tipo de espectador con su política de estrenos, que nos trajo lo mejor del cine mundial en los años sesenta, la televisión, desde mediado de los setenta, con el auge del video,  retomó el gusto hollywoodense que hoy se mantiene y se fortaleció durante los días de la pandemia con  el pretexto de ofrecerles productos de “fácil consumo” a los encerrados en casa.

 Ponencia originalmente leída en Santa  Clara, en 2015

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