NI PIEZA DE MUSEO NI TRASNOCHADA NOSTALGIA por José Alejandro Rodríguez

La Revolución que celebro en sus 60 años es la de aquella mañana del 1ro. de enero en que mi madre abrió al fin tantos postigos, me tomó del brazo y se extravió en un abrazo multitudinario por las calles del pueblo de Jovellanos. Una fiesta de la esperanza.

La Revolución que me trajo el regalo de unos Reyes Magos barbudos y de verde olivo, con collares de Santa Juana, en sus carrozas de fuego y pólvora justiciera hasta La Habana por toda la carretera central, desplazando a Superman, al Zorro y al llanero solitario del santuario de mis héroes.

La Revolución en que todo se tornó más difícil y retador, desde la temprana profecía de Fidel. La que cometió la herejía de repartir los panes y los peces entre todos, derribó muros y convirtió cuarteles en escuelas. La Revolución en los ojos grises de mi padre, quien se suicidó como clase y ante la expropiación de tantas holguras, nos dijo: Hemos descendido en la escala social, para que la mayoría haya ascendido por primera vez a una vida digna.

La Revolución desafiante que me lanzó, del aula aséptica de un colegio privado de niños privilegiados, a la escuela primaria Primera Declaración de La Habana: un aula ecuménica, entremezclada de desaliñados hijos de campesinos y obreros.

La Revolución de aquellas legiones de adolescentes alfabetizadores hasta en los más apartados rincones, llevando la luz del saber. La de los maestros voluntarios y las recogidas de café, desafiando los peligros. La de ir a donde hubiera que ir y la de «Fidel, Fidel, dinos qué otra cosa tenemos que hacer». La de un protagonismo colectivo por levantar un país, que hace tiempo urge otra participación popular distinta, decisiva para una democracia socialista: la de empoderar a las masas en el gobierno y el control de todos los asuntos de la vida.

Mi Revolución está con los héroes del trabajo, como aquel Reinaldo Castro, que llenaba titulares con su machete filoso. La del Che y El socialismo y el hombre en Cuba, aquel afán suyo de reflexionar sobre la condición humana en una nueva sociedad, y la complicada interrelación individuo-Estado, no siempre resuelta en el socialismo. La Revolución de los humildes, por los humildes y para los humildes. La de los trabajadores, del sector estatal y del privado. Esa que  aprendió a conjugar los verbos en plural, y pronunció más el nosotros que el yo, aunque cometiera errores muchas veces en soslayar este último.

La Revolución que me sedujo es la que, con Silvio, no precisa fronteras, África mía. La generosa y casi numantina, mar afuera y guardarraya adentro. La de aquellas trincheras de Girón y la Crisis de Octubre, que hoy hay que apuntalar a pensamiento, demostrando el valor con inteligencia y talento.

Creo en la Revolución que siempre ha estado en campaña, emergiendo de tantas acechanzas y bloqueos imperiales, y a lo interno, de sus propios errores, torpezas y bloqueos intestinos. No creo en la de los aburrimientos, rutinas y mediocridades. Me alisto en la Revolución que aprenda de los desmanes y miopías cometidos por el socialismo real, la que no baje la guardia ante la falsedad, la doble moral, el oportunismo y el autoritarismo. La Revolución contra los burócratas paralizantes, los dogmáticos y extremistas, los corruptos y autócratas, los que han trocado el alma en una alcancía al mejor postor. La Revolución con grandes designios sociales y humanistas, que deben encontrar el basamento de la prosperidad económica.

La Revolución, porque nuestros hijos y nietos necesitan su revolución para que la Revolución perdure; y no es un juego de palabras, sino algo muy serio y estratégico.

En esta expedición de vez en cuando flaqueo y se desdibuja en más de una esquina la Revolución; hasta que Fidel, el piloto de mi nave, me anima en la misión y me convence, porque no es un Dios, y tiene los pies bien plantados en la realidad sin perder la capacidad de avistar el horizonte.

La Revolución no es una polvorienta pieza de museo ni trasnochada nostalgia del épico pasado. Necesita nuevos alientos y renovadas ilusiones, consensos, convencimientos y argumentos más que órdenes e imposiciones. Cuando todo se complica en una sociedad más heterogénea, la unanimidad es inviable, y la unidad en lo esencial, tan necesaria,  implica respeto a la diversidad en una revolución.

En esta misión hacia el futuro, Fidel sigue alertándonos de que nosotros mismos, con nuestros errores, podemos destruir la Revolución. Hoy la clave es un equilibrio sabio para salvar lo salvable y dejar atrás cuanto lastre entorpezca la marcha hacia ese socialismo próspero y sostenible, aún ignoto, que vislumbramos en los deseos. Solo así vivirá la Revolución que deslumbró a aquel niño el 1ro. de enero de 1959: en revolución perpetua.

 

Fuente:  Juventud Rebelde

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