EL TITÁN DE BRONCE  por Eusebio Leal Spengler

*Capítulo del libro: Legado y memoria, La Habana, Ediciones Boloña, 2009.

A través de la biografía de Antonio Maceo puede pulsarse paralelamente el destino de aquellos grandes hombres que lideraron las guerras de independencia de Cuba contra el colonialismo español.

Como en Jimaguayú o en Dos Ríos, en el sitio de San Pedro se erige un hermoso monumento conmemorativo, pero, más que el homenaje arquitectónico, es el entorno natural el que sobrecoge al visitante, como si presintiéramos que los fósiles vegetales —cual mudos testigos— guardan la verdadera historia del hecho inolvidable que aconteció muy cerca de aquí: la caída en combate del lugarteniente general Antonio Maceo y Grajales.

 Cuando una vez quise evocar el desembarco del Granma, fui hasta Las Coloradas, y al caminar sobre un cómodo puente para llegar a la orilla de la playa, sentí que eran los manglares el verdadero monumento a esa proeza. Como son los palmares que susurran para recordarnos que, el 7 de diciembre de 1896, cayó el Titán de Bronce en las cercanías de Punta Brava.

Concurrieron por azar una serie de circunstancias para que Maceo y su ayudante Francisco Gómez Toro fueran ultimados en la finca de San José durante la escaramuza que también costó la vida a otros combatientes del Ejército Libertador, además de varios heridos.

Yo recuerdo siempre el primitivo obelisco, donde aparecían representados los dos héroes, hermanados en la hora final. La pérdida irreparable del —hasta ese momento— invencible coloso se ahondaría con el sacrificio de Panchito, quien tenía apenas 21 años, el hijo del Generalísimo Máximo Gómez. Estrecharía los lazos de este último y de Bernarda del Toro, su cónyuge, con la familia Maceo-Grajales y con María Cabrales y Fernández, la viuda de Antonio, unidos en vida desde que se casaron el 16 de febrero de 1866.

 Sorprende la juventud de Maceo, en especial a quienes ya sobrepasamos la edad que él tenía cuando alcanzó su altísima gloria: 51 años cumplidos. Muchos de los padres de ustedes no la tienen siquiera todavía; algunos de mis hijos la alcanzarán dentro de muy poco.

Nació Antonio de la Caridad Maceo y Grajales en Santiago de Cuba, el 14 de junio de 1845, primogénito del matrimonio de Marcos y Mariana, quienes tuvieron ocho hijos más, además de la decena que ambos traían de uniones anteriores. Bajo la tutela de sus padres, esos jóvenes se forjaron en la finca La Delicia y llegaron a conformar la «tribu heroica», como les llamaron José Luciano Franco, Leonardo Griñán Peralta y Raúl Aparicio, entre otros historiadores que abordaron la estirpe legendaria de dicha familia. Es gracias a los aportes de estos estudiosos que puedo relatarles en síntesis la biografía del Titán de Bronce.

Cuando uno llega hoy a Majaguabo, San Luis, en las estribaciones de la Sierra Maestra, se encuentra muy cerca de aquella casa, de la cual solamente queda un horcón; pero todavía, desde ese lugar, se divisa una comarca fértil y hermosa, como la que el padre y los hijos labraron entonces.

La niñez, adolescencia y primera juventud de Antonio fueron el trabajo agrícola. A los hombres que tenían una pizca de sangre africana no les era permitida entonces la educación superior. Solamente se admitían tales alumnos en los países de más alto desarrollo, aquellos que habían abolido la servidumbre y la sociedad de castas, indígena o esclavista.

En Cuba, para acceder a determinado escaño social, se debía pasar por el trámite de un expediente de limpieza de sangre, mediante el cual, certificado sobre certificado —que podían ser falsos, por supuesto—, se demostraba que la blancura de la piel se correspondía con la pureza sanguínea, o sea, que no había ningún ancestro de raza negra.

Con apoyo de pruebas escritas o la memoria oral, todavía hoy se discute que el padre de Antonio —Marcos Maceo— provino de Coro, Venezuela, y que Mariana fuera de ascendencia dominicana. Los Grajales, que aquí serán multitud, supondrían los Grajal en Santo Domingo, como sucede también con el apellido Cabrales, que allá es Cabral.

Y es que en toda nuestra zona oriental —fundamentalmente en Santiago de Cuba y Guantánamo— se asentó una importante cantidad de familias dominicanas, al igual que sucedió con los ciudadanos provenientes de Haití, ya sea de origen francés o sus descendientes mezclados con africanos.

De ahí que la composición del oriente cubano sea singular. En un paisaje de montañas y de espacios magníficos, con valles impresionantes y los ríos más caudalosos de Cuba, tuvo lugar —desde el punto de vista étnico— el acrisolamiento de nuestra realidad, que hoy podríamos demostrar si, tomando una fotografía del público, la colocásemos inmediatamente ante ustedes.

Era en La Habana, metrópoli y capital, donde mayormente se formaban las élites sociales, mientras el resto de la población adquiría letras y conocimientos hasta un límite. Además del Seminario y la Universidad de San Gerónimo, existían otros colegios, entre los cuales se destacaba El Salvador, fundado por el eximio maestro José de la Luz y Caballero en 1853 —precisamente, el año del nacimiento de Martí— en la calle de Teniente Rey, y luego trasladado a la Calzada del Cerro.

En este último colegio se formaría la vanguardia del pensamiento cubano, incluidos hijos de criollos y españoles que gozaban de una holgada posición económica. Las imágenes impresas de casi toda aquella generación así lo permiten constatar. Si observamos una foto familiar de Ignacio Agramonte —por ejemplo— lo observaremos elegantemente vestido a la última moda: magníficos el lazo de la corbata y la joya prendida a ésta, el pelo largo a la usanza de la época…

En el caso del patricio Carlos Manuel de Céspedes, se impone verlo en tres tiempos: primero, antes del levantamiento del 10 de octubre de 1868, según la descripción de José Martí, que lo muestra altivo, llevando el bastón de carey y puño de oro, con diamante al dedo y el cabello cuidadosamente peinado; luego, es el líder insurgente, y, por último, el depuesto Presidente en San Lorenzo: casi ciego, el pelo corto, con las ropas más elementales…, consciente de «que una vez había sido señor de hombres, pero ahora era algo mucho más importante».

Otras circunstancias son las que rodean a Maceo desde que ve la luz, un 14 de junio, la misma fecha en que —muchos años después— nacería Ernesto Che Guevara en Rosario, Argentina. Esa casualidad permite celebrar sus natalicios al unísono, uniéndolos en nuestro panteón heroico.

Durante su infancia y primera juventud, junto a los demás miembros de la familia, el futuro Titán de Bronce participaba esmeradamente en las labores agrícolas de la hacienda paterna. Pero no sólo se dedican con ahínco a esas faenas bajo la dirección de su padre, sino que éste —viejo experto soldado de las guerras americanas— instruye a los varones en el empleo de las armas. Entre ellos había otro Antonio Maceo, sólo que Tréllez de segundo apellido, pues era uno de los hijos del primer matrimonio de Marcos. De los Maceo y Grajales, se dice que tanto Antonio como sus hermanos Miguel y José tenían una dificultad en el habla: tartamudeaban, lo que era más acentuado en este último.

Después veremos cómo Antonio se curó el defecto, por su carácter atildado y por cultivar maneras que se acercaban mucho a lo que sería su forma de pensar. A ello contribuyó su padrino don Ascencio de Asencio, un hombre pudiente, blanco, que lo ayudó a insertarse en los círculos sociales cuando ya el joven Maceo —junto a su medio hermano Justo Regüeyferos— se hicieron cargo de administrar las ventas de las cosechas en Santiago de Cuba.

Cuando estalla el 10 de octubre de 1868, varios acontecimientos habían sacudido ya el continente americano. Por su cercanía, era muy importante la guerra civil que había tenido lugar en República Dominicana, donde una parte de la población no había vacilado en solicitar la intervención del ejército español acantonado en Cuba para garantizar el orden e, incluso, tratar de restablecer la colonia.

Ese vecino país se enfrentaba a un problema socio-geográfico inevitable: la frontera con Haití y las continuas penetraciones armadas de los haitianos en suelo dominicano. Nosotros no tenemos esa experiencia porque somos un archipiélago que, presidido por una gran isla, es geográfica y culturalmente unitario. Pero imagínense que, como resultado de un dictado colonial, una pequeña isla había sido partida a la mitad, dividiéndola prácticamente en dos razas, dos religiones, dos idiomas… en fin, dos culturas: la francófona y la hispana.

Una parte de la juventud dominicana apoyó ese levantamiento, conocido como la Restauración, que perseguía —entre otras libertades— la abolición de la esclavitud. Por cierto, los combatientes usaban un curvo machete muy singular que parecía un alfanje, en cuya empuñadura se labraban con plata ciertas figuras que los dominicanos llaman un gallito. Llevados por el viento de aquella revolución, cuyo héroe fue Gregorio Luperón, los dominicanos combatieron entre sí de manera fratricida y, finalmente, España fue derrotada.

De retorno a Cuba, formando parte del ejército vencido, había muchos dominicanos que prestaron servicios a las armas españolas, entre ellos, Máximo Gómez Báez. Una vez aquí, recibiendo mezquinas pensiones y viviendo como refugiados en pequeños lugares del oriente, se enfrentaron a la cruenta realidad: el oprobio de la esclavitud africana, la exclusión social y el olvido de los méritos por ellos acumulados. Habían cometido un gravísimo error y lo reconocieron. Nos prueba también que cualquier falta puede ser rectificada y que cualquier mujer u hombre tiene derecho y posibilidad de hacerlo a partir de la evolución de su mente y de su pensamiento.

Después de maquinaciones y expectativas, el 10 de octubre de 1868 se levantó Céspedes en su ingenio La Demajagua, situado frente por frente al Golfo de Guacanayabo y teniendo a la sierra oriental como frontera interior. En ese sitio, el Padre de la Patria proclama la independencia de Cuba y emprende la marcha con un pequeño grupo armado de apenas 37 hombres, a los que se les irán uniendo otros patriotas que respaldan el movimiento insurgente.

La incorporación de los Maceo a la contienda fue casi inmediata. Cuentan que tuvo lugar el 12 de octubre cuando Antonio, José y Justo respondieron a la exhortación del capitán Rondón, quien era amigo de la familia y se había personado en Las Delicias con su tropa de insurrectos en busca de alimentos y pertrechos.

Hay una carta en la que María Cabrales describe que Mariana Grajales, llena de regocijo, entró al cuarto, cogió un crucifijo y dijo: «De rodillas todos, padres e hijos, delante de Cristo, que fue el primer hombre liberal que vino al mundo, juremos libertar a la Patria o morir por ella».

Esta escena se conoce en la historia de Cuba como el juramento de los Maceo, y así consta en el monumento a Antonio que fuera levantado en la explanada que lleva su nombre, frente al malecón habanero.

Pocos días después, toda la familia —incluidas mujeres y niños— tiene que internarse en la manigua, pues es denunciada a las autoridades españolas. Comienza la epopeya de la tribu heroica, unida toda en el campo de la Revolución y que, al poco tiempo, derramará su sangre en la lucha redentora.

Mientras los Maceo se batían heroicamente en El Cristo y El Cobre —donde Antonio se gana los grados de capitán y pasa a las órdenes del general Donato Mármol—, las filas revolucionarias continúan nutriéndose y comienzan los brotes insurgentes en otras regiones de la Isla. Así, el 16 de octubre, Máximo Gómez es reclutado por el poeta José Joaquín Palma, quien le confiere el grado de sargento.

 Carentes en principio de pericia militar, las tropas cubanas se fortalecen con el ingreso de veteranos dominicanos como Gómez, los cuales no sólo aportaron sus dotes bélicas sino que, procedentes de un país que había abolido la esclavitud, contribuyeron a erradicar los perniciosos prejuicios racistas dentro de las propias filas cubanas, en las que también comenzó desde muy temprano a cundir el fatídico divisionismo.

Bajo la experta dirección de otro dominicano, Luis Marcano, las fuerzas comandadas por Céspedes logran tomar la ciudad de Bayamo y convertirla en capital de la novel República. Y cuando hacia ella se encamina el ejército español, se pone a prueba el coraje de los patriotas cubanos que deben enfrentar a la poderosa expedición dirigida por el conde Valmaseda.

Además de estar equipados con modernas armas de combate, no se trataba de cobardes: eran soldados provenientes de las contiendas civiles que, conocidas como guerras carlistas, tenían lugar en España durante esa misma época. «¿Cómo enfrentarlas en desigualdad de condiciones?», era el reto que tenían ante sí las incipientes huestes cubanas.

Pronto se sabría cuál sería la táctica que habría de emplearse, cuando el 26 de octubre, liderada por Gómez, se produce la primera carga al machete de los mambises. Aquel día, el hombre nervudo, alto, delgado, enjuto el rostro con larga pera, parco en el hablar… se descabalgó y dio la primera lección en suelo cubano de la guerra de guerrillas. Hay una película que tiene como tema una bellísima canción de Pablo Milanés, La primera carga al machete, que representa en una irrepetible escena en blanco y negro lo que aconteció.

Sucedió de esta manera: el coronel español Demetrio Quirós ya estaba en Baire y se dirigía con sus tropas hacia Bayamo. Gómez decidió que, en vez de esperarlos, era mejor salir a su encuentro y sorprenderlos. Parte a la cabeza de un grupo de patriotas y da una orden terminante: «Que nadie ataque hasta que yo en persona salte al camino y grite al machete». Le obedecieron al pie de la letra y, como premio, redujeron a dos columnas españolas que, con más de 200 bajas, tuvieron que replegarse hasta Santiago.

La reacción española no se hace esperar, y, el 7 de enero de 1869, Valmaseda sorprendería al grueso de las fuerzas de Mármol en El Saladillo, golpeándolas totalmente: más de dos mil hombres, la mayoría esclavos africanos recién liberados, encontrarían allí su tumba. La tropa que comandaba Maceo sería una de las pocas que mantendría la disciplina luego de aquella sangrienta derrota, pero se encontraba demasiado débil para impedir que Valmaseda se apoderase de Bayamo, ciudad que fue reducida a cenizas por sus vecinos antes de caer en manos españolas.

Mármol ascendería a Maceo al grado de comandante en reconocimiento a los méritos conquistados en la defensa de ese enclave. Luego, en un período relativamente breve, por las brillantes operaciones en los territorios de Mayarí y Guantánamo, alcanzaría la condición de teniente coronel.

Nombres como Candelaria, Palmarito, Sabana de la Burra, Cuchilla de Palma Soriano… son asociados a Maceo, quien en tales acciones libera a los negros esclavos y les explica el verdadero sentido de la guerra. Pasa el Titán por un doloroso trance cuando, el 14 de mayo, cae a su lado, abatido por una bala española, el bravo sargento Marcos Maceo, su padre.

Una semana después Maceo sufre su primera herida de guerra durante el asalto al ingenio Armonía. Es trasladado al improvisado hospital de sangre, donde estaban su madre y su esposa. Ante la pérdida, primero, de su hijo Justo y, luego, de su esposo; ahora, con Antonio herido, Mariana pronunciaría aquellas célebres palabras dirigidas al menor de sus retoños, un niño todavía (nombrado Marcos, como el padre): «Y tú, empínate, que ya es tiempo de que pelees por tu patria».

Después del fallecimiento, el 26 de junio de 1870, del mayor general Donato Mármol, jefe de la División de Santiago de Cuba, el general Máximo Gómez ocupa su puesto. Ordena a Maceo comandar el Tercer Batallón y que se presente junto al resto de los jefes para pasar revista. Sería la primera vez que ambos se encontraran. Tan satisfecho quedó el exigente Gómez de las excepcionales condiciones militares demostradas por su correligionario que, tres décadas más tarde, en carta a Ramón Roa escribe: «En cuanto a Maceo, me cabe la gloria, que tú me reconoces, de haberlo conocido desde el principio, y de ahí su designación para puestos elevados siempre, a pesar de menguadas, tristísimas preocupaciones y perturbadoras camarillas».

Bajo el mando de Gómez, Maceo cumpliría victoriosas misiones de gran envergadura en El Mijial, en Pinalito y sus alrededores; el asalto al ingenio Songuito de Wilson…. Sin embargo, el 2 de octubre, su campamento en Majaguabo es atacado por tropas españolas que, no obstante haber sido destrozadas y huir despavoridas abandonando heridos, parque, armas…, hirieron gravemente al bravo cubano, que fue trasladado de inmediato al hospital de sangre instalado en Palenque de las Mujeres. Al visitarlo personalmente, Gómez conocería allí a Mariana Grajales, María Cabrales y el resto de la tribu heroica.

En lo adelante, el general Gómez lograría un éxito rotundo al invadir totalmente la zona de Guantánamo, operación de gran envergadura que fructifica gracias al concurso de sus dos más aventajados discípulos: Calixto García y Antonio Maceo, este último ya repuesto de las heridas. Durante esos combates, por la parte española, ha entrado en escena una figura importantísima en los futuros acontecimientos: el brigadier Arsenio Martínez Campos, quien había sido nominado por el capitán general Valmaseda para frenar el empuje mambí a toda costa.

Puede afirmarse sin ninguna duda que los años 1870 y 1871 fueron terribles para los patriotas cubanos; la guerra se hizo sangrienta y sin cuartel. Los cronistas españoles narran cómo atravesaban el firme de la sierra buscando a los alzados y cómo llegaban a parajes donde, sobre los enormes árboles del monte, estaban colgados los cadáveres de los campesinos que habían colaborado con el ejército revolucionario insurgente.

Pese a los éxitos conseguidos en la zona oriental —incluida la ocupación del rico territorio de Guantánamo—, el estado de la Revolución es poco halagüeño, según expresa el propio general Gómez tras sostener personalmente varias conferencias con el Presidente de la República en Armas en El Pilón (15 de octubre de 1871). El primero es partidario de iniciar cuanto antes la invasión a Occidente, idea que es rechazada por Céspedes y que, a fin de cuentas, no podría llevarse a cabo durante la Guerra de los Diez Años, como se verá más adelante.

A Gómez no sólo le preocupan las dificultades encontradas en el Gobierno para el ulterior desarrollo de sus planes, sino también los gravísimos problemas de carácter interno que socavan la autoridad de Céspedes y que amenazan con abortar el esfuerzo independentista, inmerso en múltiples contradicciones que habrían de arreciar en lo adelante, entre ellas el intransigente localismo de muchos jefes. Pero no por ello — aun cuando llegó a ser destituido injustamente, al igual que lo había sido antes Ignacio Agramonte— el insigne dominicano deja de participar en las acciones militares más importantes, que culminan en 1872 con una victoria esperanzadora: la toma de Holguín, ejecutada felizmente bajo la dirección del general Calixto García.

Para ese momento Maceo ya había sido ascendido por Céspedes, quien, tras conocerlo personalmente, escribe en carta a su esposa, fechada el 23 de junio de 1872: «Gómez me presentó al coronel José Antonio Maceo. Es un mulato joven, alto, grueso, de semblante afable y de mucho valor personal». Casi exactamente un año después, tras haberlo visto en acción en los combates de Rejondón de Báguanos, Los Pasos y El Zarzal, el Presidente le entrega el nombramiento de Brigadier en recompensa por sus servicios a la República.

Luego de la caída del mayor general Ignacio Agramonte en el combate de Jimaguayú, el 11 de mayo de 1873, es designado el general Gómez para ocupar el mando del Ejército Libertador de Camagüey, lo cual acarrea no pocas desavenencias. Incluso llegan a cuestionarse los más recientes ascensos militares dados por Céspedes, entre ellos el del «mulato Maceo».

Este tipo de críticas al Presidente de la República en Armas, en las cuales se traslucen las fricciones entre el poder civil y los mandos militares, alcanza proporciones funestas cuando los diputados a la Cámara de Representantes deciden reunirse y, en presencia de los principales generales, destituir a Céspedes, el 27 de octubre de 1873.

Seríamos poco objetivos si transformamos a los héroes en figuras inalcanzables, inmaculadas, impecables…, porque sería imposible ponernos en su lugar, interpretarlos. Pero no quepan dudas que la remoción del Padre de la Patria abrió una herida muy profunda que tardó en cicatrizar. En lo adelante, la Revolución se despeñaría en una sucesión de trágicos sucesos que van desde el fracaso de la expedición del Virginius hasta la muerte del propio Céspedes, abatido a balazos por un convoy español en San Lorenzo, el 27 de febrero de 1874.

Otro suceso deplorable, que empañaba el júbilo por las victorias conseguidas en tierras camagüeyanas como parte del avance previsto hacia Occidente, fue la escisión de un grupo de combatientes que —radicados en Las Tunas e influidos por el localismo del general Vicente García— se opusieron a las órdenes dadas por el general Calixto García para unificarse en marcha hacia Las Villas.

Esta conducta divisionista tendría su secuela en la reunión sediciosa de las Lagunas de Varona, efectuada en abril de 1875 y durante la cual Vicente García no sólo se opuso a los planes de invasión, sino que cuestionó la figura del presidente Salvador Cisneros Betancourt, el que prefirió renunciar a su cargo en aras de preservar la buena marcha de la Revolución.

 No obstante esos inconvenientes y dificultades de todo género, las tropas cubanas al mando del general Gómez protagonizarían una de las batallas épicas de la contienda, en la que también participa decisivamente Antonio Maceo.

 Acampada en el potrero Las Guásimas, nueve leguas al sudoeste de la ciudad de Camagüey, la caballería española muerde el señuelo que le tiende un pelotón de jinetes cubanos y se lanza en persecución de éste por el callejón que lo conducirá —sin saberlo— a una emboscada mortal.

Recibe al enemigo el fuego cruzado de la infantería oriental, la cual se abre inmediatamente en dos alas para dar paso a los jinetes camagüeyanos, que, «como una catarata —así describe la carga el coronel Fernando Figueredo— se desbordan en aquel reducido canal. Los españoles, sorprendidos por la descarga, detienen, de repente, la marcha, pero empujados por la acción de la velocidad de su retaguardia, no son dueños de sus movimientos; tratan de retroceder y se encuentran con el inmenso e impenetrable dique de caballos que los clava en sus puestos, sin que puedan dar un paso hacia el salvamento».

 Al aniquilamiento casi total de la caballería, seguiría el acoso durante tres días (15, 16 y 17 de marzo) a las tropas españolas refugiadas en su campamento hasta que, auxiliadas por una columna proveniente de la ciudad de Camagüey, logran el día 20 emprender la retirada, dejando tras de sí 1 037 bajas entre muertos y heridos, contra sólo 174 las cubanas.

Un joven que hoy apenas recordamos fue herido terriblemente en esa batalla. Sabemos de él por una calle en la Víbora que lleva su nombre, y muchos se preguntan: «¿Quién fue Mayía Rodríguez?» Pues bien, le llamaban sus amigos «El Cojo de El Naranjo». Cuando lo llevaron mal herido ante el cirujano cubano que estaba operando como podía, éste, con la sierra en la mano, le preguntó: «¿Cómo quieres la pierna, encogida o estirada?» No había solución, los tendones estaban destrozados, y aquél le respondió: «Como me sirva para montar a caballo».

Durante la batalla de Las Guásimas, que Gómez planeó genialmente, la ejecutoria de los Maceo volvió a brillar, no sólo en la persona de Antonio, sino también en la de su hermano Miguel. Tan sólo unos días después, este último —que había alcanzado los grados de teniente coronel— caería acribillado a balazos al intentar tomar el fuerte de Cascorro, cerca de Nuevitas.

Como se ha dicho antes, múltiples dificultades obstaculizaban la proyectada marcha hacia las provincias occidentales, principalmente el localismo divisionista. No escapa Maceo a sus perniciosas consecuencias cuando, debido a la oposición de sus subordinados, tiene que presentar su renuncia de jefe de la División de Las Villas, cargo en el cual lo había colocado estratégicamente Gómez por ser esta tropa una de las primeras que debía cumplir tan añorada misión.

Regresa el Brigadier bajo el amparo de su superior y amigo, a quien ayuda solícitamente en el Cuartel General, en Jimaguayú, hasta que ambos reciben la noticia de que el general Calixto García Íñiguez ha caído prisionero en San Antonio de Bajá, Oriente.

Unidos en la historia, Máximo Gómez y Antonio Maceo confraternizaron en una hermandad patriótica con Calixto, quien era el padrino de Clemencia, la hija del Generalísimo. Y Maceo era el padrino del pequeño niño que, sobre un lecho de hojas, nació en una finca llamada La Reforma: Francisco, el hijo amado de Gómez, entre otras cosas porque sería el único que participaría en la lucha emancipadora cubana.

En un escrito de octubre de 1897 dedicado a su hijo, el gran dominicano cuenta cómo, siendo aún muy joven Panchito, tuvo que contenerlo al descubrir que, allá en Santo Domingo, guardaba un revólver debajo de la almohada porque había creído que un hombre lo había desafiado. «Lacónicamente le repuse: —Guarde ese revólver y no se hable más de ese asunto…», afirma que le dijo tras escuchar sus explicaciones. En Santo Domingo no se concebían los pantalones sin el revólver: era una costumbre de los hijos de ese país, pues se entendía que todo hombre guapo tenía que aprender a tirar, y tirar bien.

Como se sabe, viéndose perdido, el general Calixto García se colocó un revólver bajo el mentón y se dio un disparo que le salió por la frente. Cuando vemos el cráneo, no podemos explicarnos cómo pudo sobrevivir a ese tiro espantoso en el cielo de la boca, cómo no le saltaron los ojos. ¡Un calibre 44! Quedó sordo por mucho tiempo; estaba enjuto por las curas y la inanición pues apenas podía tomar una sopa que su madre, Lucía Íñiguez, le llevaba a la cárcel. Ella también lo acompañaría al exilio en España.

Hay que decir, en honor a la verdad, que el general García no fue rematado en el lugar donde lo encontraron, sino que los médicos españoles lo curaron y lograron que sobreviviera. Como en toda guerra, siempre hay un caballero, un hombre que se interpone entre la muerte y la vida. Al ver su fotografía, ya en el exilio o tras su regreso a Cuba después de comenzada la guerra del 95, advertimos siempre una cura sobre la frente, en la herida que jamás cerró.

Acampado en Peralejo, Maceo acata la orden del presidente Salvador Cisneros Betancourt de regresar a esa provincia para cubrir la sensible pérdida del general García. Llevando consigo a los tenientes coroneles Guillermón Moncada y Flor Crombet, hacia allá parte el Brigadier para ocupar el mando de la Segunda División, que comprendía Santiago de Cuba y Guantánamo.

Comienza a gestarse el gran caudillo, que respetó al ejército enemigo y que, junto a su hermano y otros jefes reconocidos, dominaba el este de Cuba. Lentamente sus biógrafos, los que van dejando señales de su paso por esa década, observan la transformación del hombre: alto, fornido, de tez morena, mulato como diríamos hoy y como se decía entonces, lo que para la época marcaba una diferencia de clases y una característica que no pasó inadvertida para el adversario cuando estudiaba su psicología.

Pero el Titán de Bronce poseía ciertas costumbres y hábitos que lo diferenciaban del cubano comúnmente jaranero, amigo del comentario y del chiste, fumador, que se toma una cerveza o un vaso de ron cada vez que puede… Extrañamente, nuestro hombre no fumaba ni bebía; en esos tiempos de guerra dura y difícil, quienes lo conocieron se asombraban por su notable refinamiento, educación y cortesía, que se confirmaban, además, en su forma pausada de hablar.

Porque aquel defecto que tenía al hablar, lo supera; su hermano José, no, pero Antonio, sí, hablando pausadamente, repitiendo las palabras. Ensimismado en las lecturas de los grandes poetas y literatos de su tiempo, este último adquirió la cultura que no entregaba ni la universidad ni la escuela, sino la propia voluntad. Además de la prensa, eran sus lecturas favoritas las obras de Víctor Hugo, el pensador más sólido de aquella época, al que Martí conoce durante su breve visita a Francia; la poesía del alemán Heine; los poetas cubanos, sobre todo, José María Heredia, que tanto le impresionaba… Gozaba de saber con anticipación sobre las cosas; creía en la necesidad de la cultura y la información para poder mandar y dirigir.

Malherido muchas veces, su fortaleza da pie al mito de su inmortalidad, como lo demuestra el combate de Mangos de Mejías, que tiene lugar el 6 de agosto de 1877. Pero antes de narrar esos acontecimientos, es preciso reconocer que su arrojo y prestigio también suscitaban la envidia cobarde de aquellos que veían en la justeza de sus actos un estorbo para sus maquinaciones.

No pocas veces debió Maceo enfrentar infames calumnias, como cuando se le acusó de que en la División a su mando sobreponía los hombres de color a los blancos. Ese tipo de cosas debía dolerle más que las propias heridas físicas, y solía protestar enérgicamente, al igual que era intransigente con quien desobedeciera sus órdenes o comulgara con cualquier indisciplina que ponía en juego la necesaria cohesión de las fuerzas revolucionarias. Entonces sus ojos llameaban, sobre todo cuando sentía la inminencia de la traición.

Así, el lamentable incidente con el teniente coronel Limbano Sánchez, un héroe extraviado que —influido por las ideas sediciosas del general Vicente García— osa cuestionar la autoridad de Maceo cuando éste llega a su campamento y hasta lo amenaza con dispararle a la cabeza si no obedece la orden de alto. Sabemos de la anécdota por el relato de uno de los testigos, el coronel Fernando Figueredo, quien narra como el Brigadier exclamó, con sus brazos en cruz: «¡Haz fuego, cobarde! ¡Haz fuego, que vas a matar a un hombre! ¡Deponga usted esa arma!» Y cuando logra que el subalterno, impresionado, baje el revólver, opta por abrazarle buscando la reconciliación.

Años después —cuenta José Martí en su diario—, Limbano Sánchez volvió a Cuba durante el período de paz que medió entre las dos guerras, o sea, entre 1878 y 1895. Desembarcó con una expedición, fue traicionado y asesinado brutalmente, como también lo sería el general Ramulio Arcadio Bonachea, al que Maceo le había alertado: «No vuelva, usted no tiene arrastre suficiente ni hay condiciones creadas para eso».

La desobediencia a los altos mandos militares como Gómez y Maceo presagia el derrumbe de la Revolución iniciada en 1868, ya totalmente resquebrajada por las actitudes entreguistas que desmoralizan al resto de las tropas. Y es precisamente en ese momento tan comprometido cuando Antonio pone en riesgo su vida en Potrero de Mejía, Barajagua.

Pero dejemos que sea un testigo del bando contrario, el coronel de Estado Mayor del Ejército español, Ramón Domingo de Ibarra, quien nos describa al Titán de Bronce: «Sereno y arrogante, venía guiando el primer escuadrón, treinta pasos al frente de la tropa, un jinete enemigo, que luego supimos era Maceo; sobre su brioso caballo Guajamón, con un sombrero de fieltro de anchas alas y oscuro chaquetón abrigo; en la mano derecha un revólver que de vez en cuando disparaba; volviéndose después a los suyos como para darles ánimo…»

En algún momento, el legendario guerrero se hace blanco fácil de la infantería española al arremeter contra ésta, y varias descargas de fusil atraviesan su cuerpo. Totalmente ensangrentado, sin dar apenas señales de vida, es rescatado velozmente por sus compatriotas y llevado a la casa del doctor Félix Figueredo, su amigo personal, quien logra reanimarlo, aunque sin concebir la más remota posibilidad de salvación, pues tiene varias heridas profundas, la mayoría en el pecho.

Gómez anota angustiosamente en su Diario de Campaña: «Acontecimiento es éste que me pone en situación más apurada, pues no hay un jefe idóneo a quien pueda encargar el del destino que deja Maceo; mientras tanto los españoles activan las operaciones». Atento a los pronósticos, no duda en escribirle al médico: «Dile a mi amigo Maceo que me diga todo lo que quiera que haga por él, que ¡ojalá! un poco de mi sangre pudiera servirle de bálsamo prodigioso!»

Cinco días después, el doctor Figueredo escribe a Gómez: «El estado del enfermo bastante grave y es de temerse resultado funesto si no ceden los síntomas. La noche pasada ha podido muy poco reconciliar el sueño y en los momentos en que dormitaba lo hacía delirando. La fiebre, que desde el primer día se presentó, en vez de ceder aumentó y su pulso late lo menos 110 veces por minuto. La lengua pastosa y seca. La sede es intensa. El vientre timpánico y un estreñimiento tenaz, que ayer empezó a ceder mediante lavativas emolientes que yo mismo le puse».

Cuidado por una pequeña escolta que encabeza su hermano, el teniente coronel José Maceo, Antonio es curado amorosamente por María, su fiel compañera. Mujer inteligente y valiente, su esposo le escribirá, años después, desde Costa Rica, una tierna misiva en que le dice: «Y si triunfo, la gloria será para ti».

A pesar del terrible desangramiento, gracias a curas imposibles usando hierbas del monte, alimentándose con miel de abeja, caldos de gallinas y huevos de pichones, Antonio sobrevive milagrosamente y recupera su capacidad de decidir. Ello le permite dirigir a su pequeña escolta, luego de que son delatados por un traidor y varias patrullas españolas suben al monte para capturarle, sabiendo que está gravemente herido.

Llevado en hombros sobre una camilla, al pie de la cual se mantiene María, el Titán de Bronce es trasladado de un lugar a otro por su hermano José, el práctico Liberato Portales y otros siete hombres que se baten día y noche sin comer y sin dormir. Hasta que llega el momento crucial, el 27 de septiembre, cuando los soldados españoles logran llegar a pocos pasos de Maceo y se disponen a apoderarse de él.

Entonces sucede lo indecible: con un esfuerzo sobrehumano, Antonio se abraza al cuello del caballo que ha pedido le mantengan al lado de su camilla y escapa al galope hacia el monte, sin que puedan alcanzarlo los disparos enemigos. Aquella odisea lo convirtió en leyenda hasta para los propios españoles.

La convalecencia de Maceo coincidió con el agravamiento del divisionismo en las filas cubanas, varias de cuyas unidades deponen sus armas y se aprestan a negociar la paz con Martínez Campos. Las noticias son alarmantes, pues no sólo se trataba de la escisión de los líderes en las provincias de Camagüey y Las Villas, sino que Oriente también se desmoronaba: así, en Holguín, el doctor José Enríquez Collado había proclamado aquel territorio un cantón independiente.

Para colmo, cae prisionero el Presidente de la República, Tomás Estrada Palma, quien permanece encerrado en el Castillo del Morro hasta que es enviado a España. Desde allí, aún trata de estimular la unidad y la concordia que salve la Revolución en peligro.

Finalmente, el general Vicente García es elegido nuevo Presidente en lo que ya se avizora como el principio del fin. Era éste un hombre de errática trayectoria que, durante toda la contienda, había dado muestras de inconformidad perenne, como cuando promovió la reunión secesionista en Lagunas de Varona.

De García muchos decían: «Tiene lo que quiere». Receloso, él exclamó lacónicamente: «Quieren que la República muera en mis manos». Patriota indiscutible, años después moriría envenenado en Venezuela. Maceo, que tuvo su apoyo al final de esta guerra, contaba con él para regresar a Cuba en 1884.

Mientras algunos jefes cubanos buscan la reconciliación con los mandos españoles, el Titán de Bronce no ceja en la lucha armada y se apresta a protagonizar una nueva campaña en el recién iniciado 1878. Se suceden combates donde las muestras de valor por ambas partes son muchas, así como los gestos de generosidad recíproca.

Es el caso de la batalla de la Llanada de Juan Mulato, tras la cual un victorioso Maceo reconoce la defensa heroica que ha sostenido el teniente coronel español Ramón Cabezas y permite que sean recogidos los heridos y cadáveres, además de poner en libertad a los prisioneros.

Apenas días después derrota al famoso batallón Cazadores de San Quintín en las caídas de Arroyo Naranjo y, colmado de gozo, se reúne con su madre, esposa y el resto de su familia, así como con su médico y amigo, Félix Figueredo, del que indaga su opinión sobre los rumores acerca de conferencias y tratos con los españoles, incluida la postura del general Máximo Gómez.

En cuanto a este último, a quienes no pocos habían recordado su condición de extranjero, ya había dado síntomas de desaliento cuando rehusó el cargo de General en Jefe que se le había propuesto en una reunión que sostuviera con Estrada Palma y demás miembros del Gobierno y la Cámara de Representantes en Loma de Sevilla, el 28 de septiembre de 1877.

No tardaría Maceo en saber la amarga verdad por una carta que Gómez le enviara en secreto: mientras el primero aún se batía en las tierras orientales, ya se había consumado el Convenio del Zanjón, el 10 de febrero de 1878, según el cual se establecían las condiciones de paz con el Gobierno español sobre la base de que no fuera la independencia de Cuba.

Finalmente la situación se hizo tan difícil que se imponía el encuentro entre los dos colosos, el cual tuvo lugar en la mañana del 18 de febrero, en Asiento de Piloto Arriba. Acompañaban al general Gómez —entre otros— el comandante Enrique Collazo y el teniente coronel Ramón Roa, el poeta, abuelo del canciller Raúl Roa. Al recibirlos, Maceo les preguntó: «¿Con qué carácter ustedes vienen?» Y ellos respondieron: «Con ninguno. Venimos como compañeros a cumplir el último deber, a que sepan por nosotros lo sucedido y puedan resolver con conocimiento de causa».

Conversaron largamente, y Maceo escuchó con calma la tragedia de todo lo ocurrido: la capitulación de las fuerzas del Camagüey, totalmente desmoralizadas al igual que las de Las Villas, así como la difícil situación en distintos lugares de Oriente. En síntesis: el movimiento revolucionario no había podido resistir el embate del primer jefe enemigo que trajo a Cuba un proyecto político, además de un proyecto militar: el general Arsenio Martínez Campos. Reconocido en España por sus dotes de estratega, éste se había convertido aquí en El Pacificador; inteligentemente, había logrado desarmar al Ejército Libertador aprovechando en detalle las heridas que minaban su unidad.

Además de reconocer la caballerosidad y dotes personales de ese militar español, no puede dejarse de mencionar que, si bien era el representante real de la burguesía explotadora y esclavista, se caracterizaba por ser un adversario que usaba métodos sutiles y que parecía entender como ningún otro la psicología de los cubanos. Llegó a decirse, con cierto fundamento, que ese noble hidalgo español, nacido en Toledo, tenía también sangre africana.

Maceo se niega a aceptar el Convenio del Zanjón y trata de reanimar el decaído espíritu de los cubanos, manteniendo la remota esperanza de que otros cubanos se le sumarán en un supremo esfuerzo por salvar la Revolución. Para dejar clara su posición de principios y, de paso, ganar tiempo, acepta entrevistarse con Martínez Campos, quien ambicionaba ese encuentro pues lo consideraba el último obstáculo para lograr la paz. Tuvo lugar el 15 de marzo de 1878 en Mangos de Baraguá.

Pocas horas antes de producirse la reunión, mientras permanecía en San Luis, estación terminal de la vía férrea desde Santiago de Cuba hacia el oeste, el general español recibió un anónimo en el que leyó, sorprendido, esta advertencia: «No acuda usted a la entrevista con el mulato Maceo; será usted asesinado».

Lo cierto es que en la desesperación, algunos compañeros, entre ellos José Maceo, habían tramado el secuestro del general Martínez Campos para, aprovechando que estaba investido de todas las facultades, obtener lo que no se había logrado por la vía de las armas. Maceo respondió con una carta memorable: «No quiero la independencia de Cuba si unida a ella va el deshonor» Y se dio la entrevista. Asistieron los altos oficiales españoles seleccionados, y un pequeño pelotón de caballería acompañó al General en Jefe a un terreno pacificado donde Maceo lo esperaba.

Asombrado por la juventud de Antonio Maceo —tenía 33 años— le pregunta cómo no se habían encontrado antes en esta guerra, en tan largo tiempo, y tratan de hacer informal la conversación hasta llegar al tema concreto: las bases sobre las cuales se había convenido la pacificación. En principio, no habría independencia ni abolición de la esclavitud; sólo los esclavos que habían tomado las armas para luchar por Cuba no volverían ya a serlo. También se preveía que los muchos desertores españoles que luchaban en el bando cubano, debían ser perdonados; o sea, se olvidaba todo lo pasado.

A Maceo le parecieron insuficientes las condiciones y protestó el convenio, que es como se llamó desde el punto de vista jurídico, porque solamente se puede convenir entre iguales. En su agonía, la Revolución había arrancado del adversario ese último reconocimiento. Al mismo tiempo, al considerarse Maceo invicto y no aceptar éste las condiciones del Pacto, se convertía en la figura más peligrosa si se produjeran las condiciones para iniciar la contienda por la independencia.

Se creó un Gobierno, un comité revolucionario formado por algunos compañeros: el general Calvar, el general Silverio del Prado, y ellos, después de varios intentos de luchar, ya que Maceo le había dicho a Martínez Campos, decepcionándolo, que volvería a combatir, afrontaron lo inesperado: cuando en los distintos lugares trataban de enfrentarse a los soldados de España, éstos levantaban banderas blancas sobre sus fusiles y gritaban: «¡Viva Cuba! ¡Viva la paz! ¡No hagáis fuego, pues somos hermanos!»

Aquella práctica había desmoronado en muchos la voluntad de combatir; otros lo hicieron, a pesar de ello, pero ya era imposible. Y ante el riesgo de una muerte innecesaria, los compañeros decidieron pedirle a Maceo que saliese de Cuba y él acepta para intentar encontrar auxilio en el exterior. Irá a Jamaica, adonde llegará en mayo de 1878.

Pero antes de partir de Santiago de Cuba, en un día muy triste, el general Martínez Campos organiza para él un almuerzo al que asisten numerosos oficiales españoles. Todos querían conocer al hombre herido en los Mangos de Mejías; todos querían conocer al hombre de San Ulpiano; todos querían conocer al héroe de La Indiana, donde había sacado en brazos a su hermano José, en medio del incendio del cafetal. Entonces, Martínez Campos bromeó: «Si el caso hubiera sido a la inversa, Maceo le hubiera echado el guante a Polavieja con una docena de hombres».

Cuando termina aquella comida embarazosa y que solamente puede entenderse en los cánones morales y éticos de la época, sonó el momento de la despedida y, a la puerta del campamento, Maceo le agradeció todas las atenciones para su familia, que ya salía hacia el exterior, y le dijo: «Si yo puedo, volveré y entonces emprenderé de nuevo mi obra».

Igualmente había sucedido con el general Máximo Gómez, a quien Martínez Campos también despidió. En ese momento, pobre y desamparado, el dominicano comenzaba una aventura que, a su edad y con el desprendimiento total de amigos y parientes en el exterior, sería difícil.

Dicen que Martínez Campos le ofreció un apoyo económico que él, lógicamente, no aceptó con palabras cordiales, pero fuertes. También que le ofreció quedarse en Cuba para que contribuyera a la reconstrucción del país, y Gómez le contestó que no podía ocupar cargo alguno bajo la bandera que durante 10 años había combatido.

 Y, por último, Martínez Campos le dijo: «Entonces, déme ese pañuelo que lleva al cuello como un recuerdo de usted». Gómez se quitó el pañuelo que cubría la herida que había recibido aquel día terrible en el paso de la trocha entre Júcaro y Morón, cuando de pronto lo vieron manando sangre aquel Día de Reyes y ordenó con voz trémula: «Toquen la marcha de la bandera y pasen a occidente». Se quitó el pañuelo y dijo a Martínez Campos: «Téngalo, es poco; pero es lo único que tengo», y partió.

A partir de ese momento, vendrían años de incertidumbre para ambos patriotas. Maceo no encontró en Jamaica apoyo alguno; es más, fue blanco de la hostilidad y los reproches de los cobardes que no habían ido a pelear por su patria. Igual suerte corrió el general Gómez, quien harto de las intrigas, odios y rencores entre los emigrados, debió abandonar esa isla.

Ambos patriotas inician un largo peregrinar que los lleva a diferentes países de Centroamérica: Costa Rica, Panamá, Guatemala y Honduras, en un momento en que aquellas repúblicas estaban en un difícil proceso unitario. En algunos lugares son recibidos con beneplácito por altas personalidades políticas, como es el caso del presidente hondureño Marco Aurelio Soto y su sucesor, el general Bográn, bajo cuyo gobierno los emigrados cubanos ocuparon importantes cargos.

En 1884, Gómez y Maceo se reúnen en la ciudad de San Pedro Sula con el objetivo de trazar un plan para regresar a Cuba y reiniciar la lucha. Ese mismo año, con iguales propósitos, se producen dos expediciones que terminan en un total fracaso con la muerte de sus protagonistas: Carlos Agüero y Ramón Leocadio Bonachea, respectivamente, a los que seguirá meses más tarde Limbano Sánchez.

El 18 de octubre tiene lugar el encuentro de José Martí con Gómez y Maceo en un hotelito de Nueva York, adonde estos últimos habían llegado desde Cayo Hueso, el principal foco de rebeldía mambisa. Es preciso decir que la figura del Maestro sólo empezaba a aparecer de manera incipiente en la lid política en medio de un exilio fragmentado por acusaciones, divisiones, ofensas mutuas en innumerables periódicos, cartas que circulaban públicamente… Faltaban años todavía para la fundación del Partido Revolucionario Cubano y del periódico Patria, que reuniría el pensamiento de los cubanos en el exilio, pero ya su fundador creía con firmeza en un proyecto independentista mancomunado.

Martí, quien no era una blanca paloma, discrepó duramente de Gómez y Maceo. En los orígenes del encontronazo encontramos —sin dudas— el recelo de los veteranos guerreros por las manifestaciones del patriota más joven, sin experiencia bélica, el cual debía partir con el Titán de Bronce en una misión hacia México.

En algún momento, Martí dijo algo que no gustó a Gómez y éste, que se disponía a tomar un baño, lo dejó con la palabra en la boca. Maceo intentó explicar de manera satisfactoria esa actitud hostil, casi dando a entender que la independencia de Cuba dependía obligatoriamente de la figura de Gómez.

Herido en lo profundo de su ser, Martí escribió una carta muy fuerte al Generalísimo, en la que revela no sólo su sentido del deber, sino también su civismo. Es cuando le espeta la célebre frase: «Un pueblo no se funda, general, como se manda un campamento».

 Gómez, molestísimo, escribiría al dorso de la misiva: «Este hombre me insulta de un modo inconsiderado y si se pudiera saber el grado de simpatía que sentí por él, sólo así se podría tener idea de lo sensible que me ha sido leer sus conceptos».

Llegará, incluso, un momento en que el propio Gómez y Maceo se disgustan entre sí. El primero parte hacia Santo Domingo, mientras el segundo lo hace a Costa Rica, donde fundaría en 1891 una colonia de cubanos, a la cual da por nombre La Mansión. Allí establecería un verdadero campamento agrícola en el que trabajaban decenas de cubanos, entre ellos un joven de Santiago de Cuba, tan altivo y tan inteligente como complejo de carácter: Flor Crombet.

A diferencia de la sobriedad de Maceo, este último patriota actuaba —a veces— en forma incomprensible, como si su conducta estuviera dictada por la unidad y la disparidad. De modo que las contradicciones entre los propios cubanos arreciaron durante esa dura etapa en que, prestos a luchar por la independencia, se desalentaban por la ausencia de condiciones objetivas para iniciarla, entre ellas del suficiente apoyo financiero.

En derredor de Martí —por ejemplo—, quien no descansaba en su epopeya de aunar voluntades, se tejían no pocas intrigas y maledicencias por parte de Enrique Trujillo y otros que, por entonces, no lo amaban. Algunos lo hacían por envidia; con eso que podríamos definir como «admiración con rabia»; otros, porque no lo entendían o recelaban de su desbordada elocuencia.

Así, Calixto García llegó a calificar a Martí «de una especie de Manuel Sanguily, por otro estilo, pues no le daba por criticar, sino por alabar». Gómez, por su parte, opinaba que era inexorable en sus juicios y que, una vez que se le metía una cosa en la cabeza, resultaba imposible convencerlo. En medio de ese dilema se va forjando el prestigio del Apóstol, que va ganando cada vez más adeptos a la causa revolucionaria entre los obreros de Tampa y Cayo Hueso.

A partir de 1891, Martí intensifica su labor patriótica, luego de sobreponerse a serios conflictos sentimentales: ha roto con su esposa Carmen, acto doloroso porque él la amó intensamente; ve partir a su hijo; recibe la noticia de la muerte de su padre… Es el momento en que, con la publicación de los Versos Sencillos, renuncia a la vida literaria e intelectual; deja de escribir sus artículos en medios de prensa extranjeros…

Al decir de Enrique Collazo —quien alguna vez discrepó fuertemente de Martí—, su temperamento era tal que parecía: «un hombre ardilla; quería andar tan de prisa como su pensamiento, lo que no era posible; pero cansaba a cualquiera. Subía y bajaba escaleras como quien no tiene pulmones. Vivía errante, sin casa, sin baúl y sin ropa (…)».

Al año siguiente, es elegido Delegado del Partido Revolucionario Cubano, cuyo órgano —el periódico Patria— redacta en su oficina de Front Street, donde representaba en Nueva York a los consulados de Uruguay, Argentina y Paraguay hasta su renuncia.

 En grandes salones de esa ciudad, como la Gran Logia Masónica o un lugar llamado Hardman Hall —donde existe la probabilidad de que se haya grabado su voz—, Martí habló con fuerza de las cosas de Cuba; pero todavía entonces sus discursos contienen alusiones a aquel caudillismo militar que socavaba las esencias de la Revolución. Hasta que, paulatinamente, con su gran poder de convencimiento, logra apaciguar los ánimos y abrir — por fin— las puertas de la reconciliación.

Había una institución, La Convención Cubana, y un hombre que tenía una influencia enorme en ella: el general Serafín Sánchez. Poseía una memoria maravillosa, recitaba poemas, contaba historias, repetía cartas… Martí conquistó el corazón de Serafín, y por éste —íntimo amigo de Gómez— se sumaron Mayía Rodríguez, el general Enrique Collazo y los demás.

En 1891, ante el auditorio de Tampa, el Apóstol pronuncia su impactante discurso «Los Pinos Nuevos» en recordación de los mártires del 27 de noviembre. A 23 años del estallido del 68 y luego del fracaso de la Guerra Chiquita (1879-1880), se imponía legitimar el aporte de las nuevas generaciones a la independencia de Cuba. De ahí que concluyera ese famoso alegato con la bella frase: «Rompió de pronto el sol sobre un claro del bosque, y allí, al centelleo de la luz súbita, vi por sobre la yerba amarillenta erguirse, en torno al tronco negro de los pinos caídos, los racimos gozosos de los pinos nuevos: ¡Eso somos nosotros: pinos nuevos!»

Por encima de cualquier conflicto generacional, Martí clamaba por un proyecto renovador que aunara a veteranos y jóvenes, lo cual quedaría sentado en las Bases del Partido Revolucionario Cubano al demandar que esa organización asumiera «sin compromisos inmorales con pueblo u hombre alguno, cuantos elementos nuevos pueda».

Por su parte, Antonio Maceo había decidido aprovechar una coyuntura favorable y viajar a Cuba en 1890, para lo cual solicitó un permiso a las autoridades españolas. El país estaba en paz y, desde la oposición, el Partido Autonomista hacía campaña política a favor de lo imposible: obtener de España una amplia autonomía y el reconocimiento de los derechos de Cuba.

En ese partido había distintas tendencias y, entre las personas muy importantes del ala izquierda, se hallaba el insigne filósofo Enrique José Varona, quien va a transitar desde esa posición autonomista hacia una postura favorable a Martí, revolucionaria, radical e independentista. Maceo conoce personalmente a Varona en La Habana y establece con él una sólida amistad, al igual que hace con Manuel Sanguily y Juan Gualberto Gómez, con quienes solía reunirse durante su estancia en la capital cubana.

Tanto en La Habana como, luego, en Santiago de Cuba, Maceo es recibido clamorosamente por la gente que lo reconoce. Se dice que en una librería de la calle Obispo, mientras hojeaba un libro, Comentarios de la guerra de las Galias, de Julio César, se le acercó un hombre vestido de civil.

Era el teniente coronel Fidel Alonso de Santocildes, el segundo jefe de los valientes de San Quintín, con el cual se había topado en la famosa batalla. Se saludaron cordialmente y, cuando se despidieron, cuentan que se predestinaron el uno al otro: «Si hay lid de nuevo en Cuba, nos encontraremos una vez más».

Pasando por encima de los prejuicios que persistían en una sociedad que — tan sólo seis años antes— había abolido la esclavitud, Maceo se lucía por las calles de La Habana llevando una faja maravillosa que le habían obsequiado con el escudo de Cuba y la estrella solitaria bordados en oro. Vivía en el Hotel Inglaterra y era tanta la admiración que suscitaba entre todos, que el jefe de los espías ordenados a vigilarlo en una habitación contigua terminó revelándole la naturaleza de su tarea.

Lo aclaman los jóvenes intelectuales de la Acera del Louvre y un periodista, Manuel de la Cruz, que escribía preciosas semblanzas, le pidió que le contase un poco de la historia de su patria. Entonces, Maceo se quita chaqueta, camisa… y empieza a narrarle a partir de las heridas de bala que ya llevaba en su cuerpo. Para entonces eran 22 cicatrices, a la que pronto se sumaría la secuela de un atentado en Costa Rica.

Pero el Titán de Bronce no sólo disfrutaba los agasajos, sino que concebía un nuevo plan, apoyado por viejos luchadores como Guillermo Moncada, Quintín Banderas y Victoriano Garzón, cuyos nombres resultan familiares a los santiagueros porque así se nombran hoy calles cercanas a la Plaza de Marte.

Asimismo, los holguineros conocen perfectamente quiénes son los generales Feria y Grave de Peralta… Todos esos veteranos combatientes fueron a Santiago de Cuba para encontrarse con Maceo. Aprovechando que era época de carnavales, tramaban organizar una acción en esa ciudad, apoderarse de los cuarteles y subir a la Sierra Maestra con las armas que lograsen tomar.

Vigilados de cerca por las autoridades españolas, ellos querían adelantar sus planes ante la inminencia de la llegada de un nuevo Capitán General, Camilo Polavieja, hombre de mano dura que no había vacilado en fusilar al doctor José Rizal, héroe de Filipinas.

Efectivamente, tan pronto llega a Cuba, Polavieja ordena la salida de Maceo, quien ya se había entrevistado varias veces con los anteriores jerarcas españoles en el Palacio de los Capitanes Generales, en la Plaza de Armas, para explicarles qué estaba haciendo en Cuba y así evitar sospechas. Pero esta vez, no tiene más remedio que partir, aunque alberga la convicción de que hay condiciones propicias para reiniciar la lucha.

Nos han permitido estos antecedentes abordar paralelamente los destinos de Gómez, Maceo y Martí para arribar más adelante al encuentro que sostendrán para iniciar —de mutuo acuerdo— la etapa final de la guerra por la independencia. En los años que restan hasta 1895 —fecha de su inicio— se suceden hechos diversos que convendría aquilatar en su justa medida para entender el aporte de esos patriotas inigualables al proceso revolucionario cubano, no exento de contradicciones y complejidades.

 Sin dudas, será imprescindible la labor unificadora de Martí, quien no escatimará tiempo y esfuerzos para ganarse —si no la confianza— al menos la aquiescencia de los dos generales. Así, en 1892, después de entrevistarse con Gómez en República Dominicana, se traslada a Kingston, Jamaica, donde visita la residencia de la familia Maceo. De esa visita dejaría testimonio mediante una hermosa semblanza de Mariana Grajales y María Cabrales, madre y esposa, a quienes describe con ternura y respeto. Ve en la primera a «la viejecita gloriosa en el indiferente rincón extranjero, y todavía tiene manos de niña para acariciar a quien le habla de la patria», y en la segunda, a «la mujer, nobilísima dama», que «de negro va siempre vestida, pero es como si la bandera la vistiese (…)».

Publicado en Patria, ese escrito era como una mano tendida a Maceo, a quien Martí consideraba tan indispensable como Gómez para consolidar la unidad revolucionaria.

El encuentro personal entre Martí y el Titán de Bronce se produciría al año siguiente, cuando el primero le visita en Costa Rica luego de haber planeado con Gómez el llamado «Plan de Fernandina». Otra vez la pluma del Maestro atrapa las sutilezas de la entrevista con desbordante lirismo, como cuando dice: «Y hay que poner asunto a lo que dice, porque Maceo tiene en la mente tanta fuerza como en el brazo. No hallaría el entusiasmo pueril asidero en su sagaz experiencia. Firme es su pensamiento y armonioso, como las líneas de su cráneo».

Pero más allá del encuentro efusivo, Martí había logrado obtener del caudillo su aceptación plena al proyecto, sin reservas de ningún tipo. Y ello significaba, entre otras cosas, que Maceo reconocía la autoridad del Partido Revolucionario —que sólo en Cayo Hueso había logrado recaudar 30 000 pesos entre los obreros del tabaco—; la labor proselitista de Juan Gualberto Gómez dentro de Cuba, y la planificación militar elaborada por el general Gómez, a quien acepta como el principal jefe del Ejército Libertador.

Según carta que Martí enviara inmediatamente a Gómez con los resultados de esa entrevista, Maceo aceptó con beneplácito la participación de este último en la región de Oriente, a la cual pensaba arribar con un grupo de veteranos en una pequeña expedición y, luego allí, procurar el apoyo de los compatriotas que aguardaban su regreso.

Pero las difíciles circunstancias sociopolíticas en Costa Rica hicieron que se apresurara y, en una audaz acción, embarcará hacia Cienfuegos. Ya de manera clandestina en tierra cubana, so riesgo de ser capturado, Maceo trataría de sumarse a un alzamiento insurrecto en Las Villas, hasta que se da cuenta que es totalmente improvisado y sin conexiones con el previsto por Martí y Gómez.

De vuelta a Costa Rica, donde la situación política empieza a serle muy desfavorable, el Titán de Bronce recibe con honda tristeza la noticia de la muerte de su madre, a quien Martí dedica homenaje póstumo en Patria. Tras evocar su encuentro con Mariana Grajales, este último escribe cartas a Maceo para estimularlo a desempeñar cabalmente su papel en el proyecto independentista organizado por el Partido Revolucionario Cubano. A esas misivas, con el mismo fin, se suma una carta de Gómez en su carácter de General en Jefe.

Quizás sea éste el momento cuando tan álgidas figuras —disímiles en carácter, pero unidos por un sueño común— logren por fin tomar conciencia de cuán imprescindibles era cada uno de ellos para la causa revolucionaria y, al margen de desavenencias, enfrentar en lo adelante los momentos difíciles que se avecinaban, entre ellos, el descalabro del Plan de Fernandina.

Después de consultarlo con Máximo Gómez y recibir personalmente instrucciones de este último en Nueva York, Martí decidió poner a consideración de Maceo ese plan que había concebido secretamente, para lo cual viajó a Costa Rica en compañía de Panchito Gómez Toro, quien estaba a su lado desde hace algún tiempo. Fue el reencuentro, después de muchos años, entre este último y el padrino que lo había cargado en brazos cuando era apenas un niño. Ya lo sabemos: sellarían esa amistad con la muerte, el uno junto al otro, incapaces de separarse en la hora final.

Tres expediciones preparadas por el Delegado partirían desde Fernandina —un puerto de los Estados Unidos— en los vapores Baracoa, Amadís y Lagonda con supuestos útiles agrícolas, pero en realidad llevarían material de guerra suficiente para armar a 1 000 hombres. Una de esas naves se dirigiría a un puerto de la Florida, donde recogería un contingente encabezado por los generales Serafín Sánchez y Carlos Roloff. Otra embarcaría en Costa Rica a los Maceo (Antonio y José), Flor Crombet y Agustín Cebreco, más cientos de hombres. La tercera recogería en Santo Domingo a Máximo Gómez, Paquito Borrero, Ángel Guerra, José (Mayía) Rodríguez y los demás expedicionarios.

Con destino, respectivamente, a Oriente, Camagüey y Las Villas, esas expediciones —según estrategia de Gómez— desembarcarían en la forma más simultáneamente posible para lograr una invasión fulminante que tomara por sorpresa al ejército español y derrotarlo antes de que recibiese refuerzos de la metrópoli.

Orestes —que era el seudónimo de Martí— actuaba secretamente y con gran sigilo, informando, solamente por vía segura, lo que había pactado con Gómez y Maceo. Sin embargo, el 12 de enero de 1995, las naves y su cargamento de armas fueron incautados por las autoridades federales norteamericanas, alertadas por lo que pareció ser una presunta delación del comisionado Fernández López de Queralta.

Viéndose absolutamente sin nada, Martí cayó en un estado profundamente depresivo. Enviados por el general Gómez a pedirle cuenta del descalabro, Enrique Collazo, Mayía Rodríguez, Enrique Loynaz del Castillo y otros patriotas se reúnen con el Delegado en el Hotel Travellers, de Jacksonville. Pero más que increparlo, tratan de calmarlo, al verlo que «revolvíase como un loco en el pequeño espacio que le permitía la estrecha habitación», tal era su estado de desconsuelo

Pero lejos de producir desaliento, el fracaso del Plan de Fernandina agitó los ánimos de los emigrados cubanos, quienes quedaron asombrados de la magnitud del esfuerzo, así como convencidos del buen empleo de los fondos donados por ellos para propiciar el inicio de la Revolución. Así, el revés fue acicate para que se apresurara, sin más dilación y al margen de las discordancias, el ansiado levantamiento en armas dentro de la Isla. Bastó que Martí diera la orden a Juan Gualberto Gómez para que —el 24 de febrero de 1895— se rompiera el corojo independentista cubano.

El propio Juan Gualberto, que era civil, se alzó en Ibarra, Matanzas, cerca del lugar en que había nacido. Otros, como el general Julio Sanguily, son detenidos en su casa; en este último caso, inexplicablemente. Hay levantamientos en Manzanillo, Tunas, Bayamo, Santiago de Cuba… Entre los conocidos guerreros, aunque enfermo de tuberculosis, se levanta Guillermo Moncada, el Hércules de Oriente, arrastrando a sus viejos soldados. Dispersas, mal armadas, esas partidas insurrectas recorren los campos en espera de la llegada de los grandes líderes desde el exterior, principalmente de Maceo, el de mayor influencia en la zona oriental.

Pero el Titán de Bronce permanece en Costa Rica ante la imposibilidad de armar una expedición por falta del suficiente financiamiento, según él mismo transmite a Martí, quien ha partido apresuradamente hacia Santo Domingo para entrevistarse con el general Gómez y ofrecerle —por mandato del Partido— el cargo de General en Jefe.

En ese último país, ambos patriotas cubanos visitan al general Ulises Heureaux (Lilís), Presidente de la República Dominicana, en busca de ayuda financiera. Este hombre impresionante, negro, callado, los recibe y acepta prestarles auxilio, no sin antes alertarles que nunca podrá saberse que él los ha ayudado.

Parten entonces hacia Montecristi, donde Martí escribiría el trascendental Manifiesto, que iba a ser impreso y distribuido a todas las casas comerciales, a los periódicos — españoles, en primer lugar—, hablando del proyecto de la Revolución y de su verdadero significado.

En cuanto a Maceo, éste se muestra renuente a partir para Cuba si no se le confiere el apoyo financiero que él considera necesario, a lo cual responde Martí con una carta en la que ya se muestra a favor de Flor Crombet y su iniciativa de armar una expedición desde la misma Costa Rica con muchos menos recursos: «Vd. me dice una vez y otra, que requiere una suma que no se tiene. Y como la ida de Vd. y de sus compañeros es indispensable, en una cáscara o en un leviatán, y Vd. ya está embarcado, en cuanto le den la cáscara (…) decido que Vd. y yo dejemos a Flor Crombet la responsabilidad de atender ahí la expedición (…)».

Tal decisión es —a su vez— acatada por Gómez, quien en una epístola dictada a su hijo Panchito exhorta al Titán de Bronce con frases como ésta: «Después de la Fernandina, y después de lo que en este mismo instante, en que le dirijo estas líneas, nos comunica el cable, y es que ya hay humo de pólvora en Cuba y cae en aquellas tierras sangre de compañeros, no nos queda otro camino que salir por donde se pueda y como quiera».

Y, a manera de despedida, le recomienda: «Un consejo solamente y concluyo: que no le aturda su osadía, puesto que le conozco de muy viejo, y no olvide la sensatez del viejo aforismo, el de los denodados pero prudentes guerreros, que son los que meten miedo: Se debe vivir glorioso para la Patria antes que morir por la gloria, y nada más. Su General y amigo».

A fin de cuentas, Maceo embarcaría junto a Crombet y otros 21 expedicionarios en el navío de pasajeros Adirondack, cuyo capitán era un norteamericano de apellidos Sampson, de filiación masónica al igual que la mayoría de los patriotas cubanos. Es el inicio de un azaroso itinerario que los convertiría en la primera expedición revolucionaria en llegar a Cuba durante la última guerra de independencia.

El barco sale de Puerto Limón (Costa Rica) hacia Kingston (Jamaica), donde hace una corta escala para montar varias decenas de pasajeros con destino a Nueva York. Escondidos de la vista ajena, los combatientes cubanos esperan que la embarcación se acerque a las costas de su patria para echarse a la mar en lanchas, tal y como habían planeado con el capitán Sampson, pero éste no detiene la nave, temiendo que la maniobra sea descubierta.

Hay que tener en cuenta que, para ese momento, las autoridades españolas ya conocen la existencia de la expedición y, tras presionar al Gobierno costarricense, la noticia se ha hecho notoriamente pública. Barcos de guerra españoles comienzan a patrullar en el Caribe buscando sospechosos.

 Evadiéndolos, el Adirondack arriba a Fortune Island, una de las Bahamas y colonia inglesa, donde los tripulantes cubanos son recibidos fraternalmente por el procónsul norteamericano, amigo de Sampson y también masón. Gracias a la ayuda de este último, al día siguiente Crombet, Maceo y los otros prosiguen su viaje a bordo de la goleta Honor, que los llevaría definitivamente al extremo oriental de Cuba: cerca de punta de Maisí.

En medio de la noche, desviado de su curso, el pequeño navío choca contra los arrecifes cerca de la desembocadura del río Baracoa y, antes de ser destrozado por la furia de las olas, los expedicionarios saltan al agua llevando las escasas armas; algunos, magníficos fusiles de caza Winchester; otros, sólo pistolas y machetes.

 Poco tiempo después, la noticia sobre la presencia de Maceo se riega como la pólvora cuando, en una certera escaramuza, emprende su primera acción combativa y pone en desbandada a una tropa española que, tras sufrir dos bajas mortales, regresa a Baracoa llevando consigo el peso de la derrota y la evidencia de que el Titán de Bronce ha regresado.

 La conmoción en España es tremenda. Hay un levantamiento en Cuba, ¿a quién mandar? Todos coinciden en que el único hombre que puede ir es el pacificador: Arsenio Martínez Campos. Éste enseguida embarca hacia la Isla, seguido por 20 mil hombres armados hasta los dientes con los mejores fusiles Máuser, alemanes; los mejores cañones, fabricados en Oviedo, Asturias; las primeras ametralladoras de enfriamiento con agua, reflectores y alambradas de púas…

En persecución de Maceo son lanzados un batallón del Regimiento Simancas, el 4to Batallón Peninsular, los Voluntarios de Yateras y varios grupos de guerrillas montadas, estos dos últimos conformados por campesinos conocedores de la zona. El acoso es terrible y, producto de una delación, los expedicionarios acaban dispersándose en el monte tras sufrir sensibles pérdidas, entre ellas la de Flor Crombet, quien es abatido por un balazo en el cráneo. Poco antes, el Titán de Bronce había reconocido los disparos del Winchester de su compañero de travesía. «Ése es Flor que se bate», aseveró.

 Acosados y hambrientos, el resto de los combatientes llega a una casa vacía, repleta de víveres, y cuando se disponen a sacrificar un cerdo que había en el corral, resulta que es una celada tendida por los voluntarios. No tienen más remedio que desbandarse, quedando separados los Maceo: Antonio y José. Este último deambula en solitario, sin rumbo fijo por dentro de la maleza, protagonizando una verdadera odisea. Por su parte, Antonio escapa monte arriba, con dos compañeros sobrevivientes, hasta que finalmente logra unirse a las tropas de Guantánamo que han salido en su búsqueda.

Por esos mismos días, el 11 de abril, Gómez y Martí desembaron en Playitas, al este de Baitiquirí. No tuvieron mayores contratiempos pues las fuerzas españolas se mantenían concentradas en capturar a Maceo y Crombet. Aprovecho aquí para decir que, si bien la controvertida figura de Flor merece todo el respeto, su temprana desaparición concede al Titán de Bronce la primacía del mito, más allá de cualquier interpretación. Siempre he dicho que se puede escribir la historia de Cuba sin tener en cuenta a Flor Crombet, pero no así sin mencionar a Antonio Maceo.

De modo que, hacia abril de 1895, por fin se encuentran en tierra cubana los tres protagonistas de su lucha por la independencia, cuyos diferentes destinos parecerían atenerse a las desigualdades mismas de sus personalidades. Así, tanto Gómez —el estratega consumado— como Maceo —el guerrero mítico— eran partidarios de que Martí no regresara a la Isla, pues éste debía preservarse en Nueva York en su carácter de líder del Partido Revolucionario para seguir garantizando el sostenimiento de la insurrección.

Con apenas 40 años, con ese estilo tan suyo, el Delegado había logrado casi lo imposible gracias a su inmensa voluntad de unir y su tremendo poder de persuasión. Pero ello no lo eximía de las críticas mordaces que ahora cuestionaban su condición de intelectual y hombre de palabra, considerándolo incapaz de pasar a una acción armada. Alguno llegó a proferir la ofensa de llamarlo «capitán araña», insinuando que exhortaba a otros a marchar al combate, pero que él mismo no se atrevía a empuñar las armas.

Entonces, todavía en Santo Domingo, Martí decide integrarse a la lucha armada. Y cuando Gómez hace su última apelación, aquél se niega rotundamente, mostrándole un ejemplar de Patria con la noticia de que ya ambos se encuentran en tierra cubana, lo cual no era cierto todavía, pero el periódico se había adelantado irresponsablemente para exaltar los ánimos de los emigrados de Tampa. «Después de esto no hay razón que pueda detenerme —dijo a Gómez, según relatara este mismo—: voy a Cuba con usted».

Igual sucede a Gómez con su hijo mayor. Impartía el General las últimas instrucciones al resto de sus descendientes sobre cómo debían ayudar a su madre en la siembra del tomate y los frijoles para procurar el sustento, cuando se le atraviesa delante Panchito y le dice: «¿Y tú piensas que ustedes van a ir a Cuba, que es mi patria, dejándome a mí aquí como una vulgar mujerzuela? Yo tengo que ir». Entonces tuvo que intervenir Martí para convencerlo de que debía esperar, que su momento llegaría.

El encuentro personal entre los tres colosos tendría lugar, el 5 de mayo, en el ingenio La Mejorana. Martí narra la víspera de ese momento emocionante en su Diario, cuando describe la aparición del Titán de Bronce: «Maceo, con un caballo dorado, en traje de holanda gris: ya tiene plata la silla, airosa y con estrellas».

Los dos soldados geniales no se veían desde 1886, pero sus concepciones tácticas y estratégicas seguían siendo las mismas: dar al Ejército Libertador una sólida organización en Oriente, cuya disciplina ejemplar y suficiente vigor le permitiera desarrollar una rápida ofensiva antes de que España pudiera traer los refuerzos anunciados a la Isla.

Puestos de acuerdo en pocos minutos, entonces llaman a Martí. Aunque este último reconocía su impericia en las cosas de la guerra, había aceptado el grado de Mayor General que le anunciara Gómez, pocos días antes, el 15 de abril. Con ese motivo, escribe —agradecido— en su Diario: «Gómez, al pie del monte, en la vereda sombreada de plátanos, con la cañada abajo, me dice, bello y enternecido, que aparte de reconocer en mí al Delegado, el Ejército Libertador, por él su Jefe, electo en consejo de jefes, me nombra Mayor General (…)».

Pero Martí es, ante todo, un defensor de los valores cívicos y, como tal, propugna la organización inmediata del Gobierno republicano como garante del poder revolucionario. Para él la guerra había sido inevitable y, por ello, necesaria, pero el sacrificio que conllevaba debía dar paso —desde el primer momento— a la constitución de la República en Armas.

A lo que se opone Maceo, quien desde el inicio de la conversación se muestra francamente partidario del mando único en el Ejército, sin las interferencias civiles que tanto daño causaron en la Guerra del 68. Él mismo ha vivido en carne propia los desvaríos cometidos por los hombres sin experiencia militar mandando a soldados en una guerra donde hay que morir o triunfar.

Sólo tras su victoria en la batalla de Peralejo —13 de julio—, el Titán de Bronce se convencería de la imperiosa necesidad de crear ese Gobierno, que tan sólo unos dos meses antes le parecía «un lujo», según notifica en carta al mayor general Bartolomé Masó, quien sería Vicepresidente de la República en Armas una vez constituida ésta en la Asamblea de Jimaguayú, el 16 de septiembre de 1895. Dos años después, Masó relevaría a Salvador Cisneros Betancourt en el cargo de Presidente.

El poder civil fue uno de los temas álgidos discutidos en La Mejorana, a puertas cerradas, entre aquellos tres grandes hombres: Martí, Maceo y Gómez. Otro pudiera haber sido las causas del fracaso del Plan de Fernandina y, en una misma cuerda de reproches mutuos, el problema suscitado en rededor de la expedición de Costa Rica, el empleo del dinero y el encargo de la misma a Flor Crombet.

 Nadie sabe lo que se habló dentro, pero por el propio Martí —que escribió la frase en su Diario— sabemos que Maceo le dijo: «Lo quiero menos de lo que lo quería». Como hemos explicado antes, el Apóstol había conquistado el corazón de Antonio, visitando a su madre en Jamaica y escribiendo una de las más bellas semblanzas de Mariana Grajales, publicada en Patria. Pero el Titán de Bronce no había podido olvidar el incidente con Flor, aunque aceptara venir en las condiciones impuestas. Era como una espina que tenía clavada en el pecho.

Llegó el altercado entre ellos a ser tan fuerte, que dijeron: «Esto tiene que resolverse por otra vía, como hombres». Entonces intervinieron los demás y levantaron un acta: «Cuando Cuba sea libre, dirimiremos nuestro problema; ahora no, ahora es Cuba».

El otro tema, no menos álgido, era el regreso del Delegado al exterior, que tanto Gómez como Maceo consideraban imprescindible para la causa revolucionaria, como ya se ha explicado. Pero Martí no aceptó. De hecho, en el Diario —en el que faltan tres páginas—, está clara su idea obsesiva de marchar a Camagüey, donde la juventud camagüeyana se levantaría en armas siguiendo al viejo caudillo, ex marqués de Santa Lucía, Salvador Cisneros Betancourt, quien era como el heredero de la tradición agramontina.

En verdad, el infortunio de Dos Ríos pudo haber sobrevenido en cualquier momento, luego de que concluida la reunión en La Mejorana, Gómez y Martí continuasen su marcha con escasas fuerzas. Estaban acampados en ese sitio donde confluyen el Cauto y el Contramaestre —de ahí su nombre—, cuando son sorprendidos por una patrulla española.

Otra vez vuelve a sentir el Delegado las palabras que no le agradan, que lo minimizan, cuando el General en Jefe le ordena que se aparte, seguramente con ánimo de protegerlo. Entonces, hace todo lo contrario, tal vez recordando la reunión de La Mejorana, dispuesto a demostrar que es capaz de enrolarse en el combate, su primer combate como Mayor General.

El Apóstol cabalgaba sobre un bello caballo que José Maceo le había regalado. Éste sentía veneración por Martí, pues cuando se encontraron en Costa Rica, José estaba recién casado, enamorado, y no estaba dispuesto a marcharse para Cuba, ni siquiera con su hermano Antonio, al que adoraba. Y entonces le pidió a Martí: «¡Convénzalo usted!». Años más tarde, antes de morir, José Maceo reconocería la influencia de Martí en su decisión de pelear por la independencia de Cuba.

Enardecido por los disparos, el General en Jefe ordena vadear el río, que está crecido pues transcurría el mes de mayo. El práctico le dice que «no, por ahí no», pero Gómez insiste con duras palabras y, a su orden, descienden abruptamente por el lodazal para luego subir al otro lado del río. Sobre una planicie aguardan los españoles, cuyos tiradores reciben a la avanzada cubana con una andanada de fuego. Ya nadie sabe dónde está nadie. Martí entra en ese triángulo, apenas acompañado de un muchacho llamado Ángel de la Guardia, un maestro de escuela que lo acompaña accidentalmente.

Hay una incongruencia: el Apóstol no lleva la ropa de todos los días, la ropa de combate que se había hecho: camisa y pantalón azul, zapatos o borceguíes… Iba elegantemente vestido en el brioso y blanco corcel que José Maceo le regalara, como quien va a otro destino: chaqueta larga y oscura, pantalón claro… en su diestra el revólver plateado con cachas de nácar, regalo de Panchito Gómez Toro. Así cae Martí.

 Ángel de la Guardia es el único testigo de la muerte del Apóstol y, cuando Gómez lo encuentra de regreso y le pregunta, sólo atina a responder: «Quedó allá». Entonces el General en Jefe se lanza a buscar a Martí, y después se quejará con amargura que éste no le obedeció cuando le ordenó se pusiera a su lado e hizo todo lo contrario. Son palabras duras, porque era una responsabilidad enorme que había caído sobre su conciencia. A su lado, había muerto «el Presidente», como ya algunos empezaban a llamarle, aunque el propio Martí rehusara públicamente ese nombramiento anticipado.

Con la muerte prematura del Apóstol, se torna largo y doloroso el camino de la unidad nacional. Convertido en el jefe político y militar de la Revolución, el generalísimo Gómez se traslada inmediatamente a Camagüey, adonde llega enfermo y casi solo. Allí lo recibe, entre otros, el coronel Bernabé Boza, al que luego llamarían el «Cambronne camagüeyano», en referencia al valiente subordinado de Napoleón en la batalla de Waterloo.

Por su parte, Maceo se propone consolidar los éxitos iniciales de la Campaña de Oriente y casi está a punto de lograr la batalla soñada cuando, cerca de Bayamo, enfrenta en Peralejo a una gran columna española, comandada por el ya entonces general Fidel Alonso de Santocildes, aquél del encuentro en la librería de la calle Obispo. Sorprendido, el enemigo es acorralado a tal punto que tienen que recurrir al empleo de armas blancas en el cuerpo a cuerpo.

De pronto, en medio del espantoso tiroteo, se escucha un toque de corneta y las tropas españolas comienzan a retirarse escalonadamente en medio de las alambradas de púas, los piñales y los árboles de «peritas», abundantes con ese tipo de fruto en esa zona, de ahí el nombre de Peralejo. Y es que Santocildes ha caído de un balazo en la frente. Ante tal descalabro, el propio Arsenio Martínez Campos decide tomar personalmente el mando, e intenta recular hacia Bayamo bajo el hostigamiento incesante de los mambises, lo cual logra a duras penas.

El éxito es tremendo, pero Maceo se muestra furiosamente inconforme pues casi ha estado a punto de capturar al mismísimo Capitán General. En el futuro, al recordar ese combate, el Titán de Bronce se lamentaría una y otra vez de no haber tenido consigo a su hermano José, quien se encontraba en Oriente. «De haber estado José, seguro lo hubiéramos cogido», dicen que repetía.

 Pero la victoria total no se conseguiría con una sola batalla o teniendo un millón de hombres sobre las armas, sino que había que iniciar cuanto antes la invasión a las provincias occidentales, según el proyecto largamente acariciado por Gómez desde la Guerra del 68, cuando Carlos Manuel de Céspedes le había hecho reparar en esa verdad que luego demostraría con creces la historia.

Ratificados por el Gobierno de la República en Armas como General en Jefe y Lugarteniente General, respectivamente, Gómez y Maceo se aprestan a emprender la invencible campaña invasora: mientras el primero prosigue rumbo a la provincia de Las Villas, en forma simultánea sale de Mangos de Baraguá el contingente oriental que, al mando del Titán de Bronce, avanza para encontrarse con aquel otro en el centro de la Isla. En su lugar, a cargo de la jefatura del Departamento Oriental, queda su hermano José.

Si bien coincidían plenamente en la importancia crucial de la invasión, que entre otras cosas neutralizaría el tan acendrado localismo de algunos patriotas, Maceo y Gómez diferían en algunos aspectos. Así, por ejemplo, el Titán de Bronce no era partidario de la destrucción de la economía, pues creía que lo más conveniente era cobrarles impuestos a los hacendados azucareros en los territorios ocupados, tal y como él ya había hecho en Oriente.

En cambio, el General en Jefe era partidario de destruir todas las fincas azucareras sin miramientos, salvo aquellas con las que ya se habían contraído compromisos en la zona oriental. Conocedor de los teatros de operaciones y de la psicología del enemigo, Gómez entendía que a los españoles había que «sacarlos como al macao», según el conocido dicharacho: o sea, dándole candela con la tea incendiaria. Por tanto, dictó esa medida irrevocable que buscaba —entre otros efectos— el reconocimiento de beligerancia por los Estados Unidos

 Cruzan la trocha de Júcaro a Morón, primero un contingente, después, el otro. Y será casi en territorio villaclareño donde se abracen los dos colosos, el 29 de noviembre, en presencia de Salvador Cisneros Betancourt, Presidente de la República en Armas, mientras los soldados corean el Himno Invasor: ¡A Las Villas, valientes cubanos!/ A Occidente nos manda el deber / De la patria arrojar los tiranos/ ¡ A la carga: morir o vencer!

Su letra había sido compuesta unos días antes por Enrique Loynaz del Castillo cuando, durante su paso por tierra camagüeyana, la tropa guiada por Maceo había acampado en La Matilde, finca perteneciente al padre de Amalia Margarita Simoni, la novia amada y después esposa del mayor general Ignacio Agramonte. Allí habían pasado su luna de miel durante la Guerra Grande, cuando era todavía un nicho apacible.

Pero tras el paso de los soldados españoles, las puertas y paredes de esa casa estaban pintorreteados de décimas ofensivas e insultos a los libertadores. Al leerlos, tocado en su orgullo, Loynaz escribe unos versos improvisados a la par que tararea una música. Entonces se da cuenta que, sin proponérselo, ha concebido un himno: De Martí la memoria adorada/ nuestras vidas ofrenda el honor/ y nos guía la fúlgida espada/ de Maceo el avance invasor (…).

 Procedió entonces a cantárselo a Maceo, con el propósito de dedicárselo y que llevara su nombre. Y tras escucharlo, el propio Lugarteniente General dispuso que se llamara Himno Invasor, así como que fuera llevado al pentagrama inmediatamente por el teniente coronel Dositeo Aguilera, jefe de la banda, para que en lo adelante fuese interpretado junto al Himno de Bayamo.

Para garantizar el éxito de la invasión, en su calidad de General en Jefe, Gómez toma una decisión trascendental: ratificar a Maceo en el puesto de Comandante en Jefe del Ejército Invasor, sin menoscabo de su condición de Lugarteniente General. Pero, además, lo nombra jefe del Departamento Militar de Occidente, lo que permite al Titán de Bronce disponer la movilización y trasiego de todas las fuerzas locales de las comarcas que fueran invadidas en Matanzas, Habana y Pinar del Río.

Tres meses después habían logrado lo imposible: acercarse a las grandes planicies occidentales. Para ello han debido ganar sucesivamente varias batallas importantes, entre las que se destaca la de Mal Tiempo (15 de diciembre), ya en territorio de Cienfuegos, considerada una clase maestra del Generalísimo por el uso que dio a la caballería —en plan de carga al machete— contra los batallones de infantería españoles, armados con el mejor fusil de repetición de aquella época.

El propio Gómez, a pesar de tener unos 60 años, se lanza al ataque y logra romper el más fuerte núcleo de los españoles. Cuentan que los caballos se clavaban en las bayonetas sostenidas por aquellos jóvenes soldados que, despavoridos, tratan de huir hacia los cañaverales. Al unísono, Maceo los golpea por el flanco izquierdo repartiendo machetazos a diestra y siniestra. «¡Espantosa mutilación!», define Miró Argenter el cuadro de esa batalla en vívida crónica.

La victoria de Mal Tiempo abrió las puertas de Occidente o, para decirlo con una frase del propio Maceo, significó que «¡…entró la nave en alta mar!» En lo adelante, bajo constante asedio, en movimientos zigzagueantes, las dos columnas invasoras avanzan aplicando la tea incendiaria por doquier, al punto que el humo producido por los cañaverales incendiados por Gómez sirve de guía a Maceo para indicarle la ruta que seguía aquél, y viceversa.

 Alguna vez reflexionó Gómez hasta qué punto se justificaba moralmente ese proceder bélico «cuando la tea empezó su infernal tarea y todos aquellos valles hermosísimos se convirtieron en una horrible hoguera, cuando ocupamos a viva fuerza aquellos bateyes ocupados por los españoles (…)».

Pero su duda quedó despejada cuando, en contraste «con aquellas casas palacios, con aquel tanto portentoso laberinto de maquinarias (…)», conoció la terrible discriminación, la terrible pobreza del campesino sin escuelas, sin médicos. Entonces, a la vista de tan marcado como triste y doloroso desequilibrio, exclamó: «¡Bendita sea la tea!».

Hay un momento en que los contingentes invasores retroceden y todo parece perdido. Nadie sabe qué está ocurriendo: si renuncian a continuar la marcha y se repliegan, desorganizados, hacia sus lugares de origen, o si se trata de una maniobra para desembarazarse de los heridos y enfermos. Algunos enemigos apuestan con certeza de que bajan hacia la ciénaga; otros, que buscan un camino hacia la llanura provisoria escapando del cerco y la confrontación definitiva.

Lo cierto es que se trata de una contramarcha estratégica que confunde a Martínez Campos, quien ha sido sorprendido cuando las tropas cubanas entran en la provincia de Matanzas y, ante sus propios ojos, infligen otra costosa derrota a sus hombres en el combate de Coliseo. Después de apoderarse de la red de ferrocarriles, cruzan los invasores el río Hanábana y, de ahí en lo adelante, su avance resulta imparable hasta penetrar en las comarcas de La Habana.

 Pueblos como Güines, Güira de Melena, Alquízar, Nueva Paz… se rinden uno tras otro sin apenas ofrecer resistencia. En las filas enemigas comienzan los casos de deserción y muchos soldados, sobre todo voluntarios, se pasan para el bando mambí. Una pareja de exploradores de la caballería cubana se aventura hasta Marianao —o sea, hasta la misma ciudad—, y enseguida cunde el pánico al correrse el rumor de que pronto va a llegar Quintín Banderas con los «negros insurrectos amarrados con narigones».

 Y si bien el general Banderas se encontraba en esa fecha en las lomas de Trinidad, no es menos cierto que Maceo acarició la posibilidad de arremeter contra ese suburbio capitalino para que el estruendo de la fusilería mambisa llegara a oírse en el Palacio de los Capitanes Generales.

 En sus habitaciones, Martínez Campos enfrentaba una situación crítica pues había caído totalmente en descrédito al no poder detener la campaña invasora. Era inminente que sería relevado por un Capitán General mucho más cruel: Valeriano Weyler y Nicolau, marqués de Tenerife.

Pero era materialmente imposible intentar un ataque por sorpresa sobre La Habana, en vista de lo cual Gómez toma la decisión de retroceder con su contingente hasta las fronteras de Las Villas para asegurar en Matanzas las conquistas de la Invasión, mientras Maceo y sus hombres seguirían su avance por la provincia de Pinar del Río hasta llegar al límite geográfico de la Isla.

Nadie puede creerlo, que Maceo vaya a pasar por la parte más angosta del país, donde apenas hay 40 kilómetros entre una orilla y otra; que se atreva a cruzar el llamado estrecho del Mariel, por cuyo puerto defendido hasta los dientes están a punto de arribar miles de hombres para capturarlo. «Si lo logra será más grande que Aníbal», se escucha entre los escépticos de uno y otro bando.

Pues lo logra. Atraviesa montañas y bosques, las sierras del Rosario y de los Órganos, pequeños pueblos habitados fundamentalmente por campesinos canarios que cultivaban el tabaco, muchos de ellos profundamente españolizados, aunque de esos mismos isleños surgieron varios generales del Ejército Libertador, entre ellos Cuquillo. Éste, que residía en Cabaiguán, Las Villas, justificaba su pase a las filas cubanas con esta frase: «Serví a España por deber, y a Cuba por amor».

Cabañas, Bahía Honda, Ceja del Negro, Las Taironas, Lomas del Rubí…y, por fin —el 22 de enero de 1896— llega el contingente invasor a Mantua, en el extremo occidental de Cuba, en la antigua Nueva Filipina, como se decía a Pinar del Río, también llamada Vuelta Abajo. Desde que partió de Mangos de Baraguá —el 22 de octubre de 1895—, en 90 días, en 78 jornadas, ha desandado 420 leguas, después de sostener 27 combates y ocupar 22 pueblos importantes al mando del Titán de Bronce.

Los pinareños se sorprenden al conocer a Maceo: un hombre que no bebe, que no fuma, de trato distinguido y gusto refinado. Salen las mujeres, incluso de la alta burguesía, a saludarlo. Celebrado por las sociedades antiesclavistas en Inglaterra, Italia, América del Sur… puede afirmarse que su figura no trascendió más en el orden político por causa de los prejuicios raciales, que siempre lo persiguieron tratando de achicar su estatura de líder popular.

No más desembarcar en Cuba, Weyler se dispone implementar su plan de campaña, consistente en dividir la Isla en tres regiones que quedarían totalmente incomunicadas entre sí por dos trochas inexpugnables, situadas en las mayores angosturas que, de norte a sur, ofrece la configuración geográfica del territorio cubano: la línea de Júcaro a Morón, aprovechada ya en la Guerra de los Diez Años, y la de Mariel a Majana, destinada esta última a aislar la provincia de Pinar del Río y, por ende, a Maceo.

Este último arde en deseos de irrumpir en La Habana para sabotear la llegada del nuevo Capitán General con un golpe de efecto. Con tal motivo, se traslada ansiosamente hacia los límites de esa provincia y Matanzas, donde se reúne con Gómez. En los días sucesivos, cada vez que sea posible, mantendrán contactos personales, aprovechando el poder de desplazamiento del Lugarteniente General. No hay un solo lugar habitado de los alrededores de La Habana que éste último no visite, desafiando a los veinte millares de soldados enviados en su captura por Weyler, quien ya ha comenzado a instrumentar su infame estrategia genocida contra la población civil, a la par que anuncia una falsa «pacificación» de las provincias occidentales.

Mientras tanto, como en ocasiones anteriores, el peligro de sedición amenaza con reaparecer entre las filas mambisas. De ahí que Gómez decida ir a Las Villas y Oriente, dejando al Titán de Bronce totalmente a cargo de la región occidental. Está consciente El Viejo —como solían llamar al Generalísimo— del peligro que corre Maceo, sobre quien pronto caerán miles de hombres recién llegados de España para acorralarlo en Vuelta Abajo.

Con ese objetivo, el enemigo fortifica la línea militar o Trocha de Mariel a Majana, concentrando allí la mayoría de los batallones de campaña. El Cuerpo de ingenieros españoles levanta trincheras, cava zanjas, construye fuertes y emplazamientos para las baterías de cañones Krupp. Tratan de impedir que el gran guerrero cubano vuelva a burlar ese enclave por tercera vez.

Maceo resiste, sin dejar un segundo de pelear, porque está consciente que el destino de la Guerra de Independencia gira alrededor de su accionar en Pinar del Río, cuya supuesta «pacificación» ha sido proclamada por Weyler para confundir a la opinión pública nacional e internacional, principalmente de los Estados Unidos. Hay rumores de una posible mediación de esa vecina potencia para buscar la paz, sin que ello signifique el abandono de Cuba por parte de España.

En esos instantes críticos, el movimiento revolucionario comienza a ahogarse en profundas contradicciones relacionadas con el ejercicio de los mandos militares y la actuación del poder civil, personalizadas en la animadversión que demuestran el presidente Salvador Cisneros Betancourt y otros miembros del Gobierno hacia el mayor general José Maceo, quien decide renunciar a la jefatura de Oriente. Pocos días después, este último se lanzaría a morir en el combate de Loma del Gato.

Sin tener constancia de tan sensible pérdida, el Titán de Bronce desborda entusiasmo cuando por fin arriba la tan esperada expedición de Rius Rivera que, proveniente de Estados Unidos, ha desembarcado en la costa sur de Pinar del Río, el 8 de septiembre, trayendo un valioso cargamento de armas y otros pertrechos.

Entre los recién llegados expedicionarios se encuentra aquel joven que había acompañado a Martí en su recorrido por Costa Rica, aquel joven que esperaba su turno para sumarse a la lucha y cuya proverbial modestia le impedía presentarse como el hijo del Generalísimo. Al verlo, Maceo lo abraza efusivamente y, desde ese instante, Francisco Gómez Toro pasa a integrar el Estado Mayor del Lugarteniente General. En pocos días tendrá Panchito su bautizo de fuego al recibir un balazo en el hombro.

Pero el júbilo de aquel encuentro da enseguida paso a un silencio penoso, cuando el general Rius Rivera pone en manos de Antonio el Boletín de Guerra que reportaba la caída de su hermano José y la sentida alocución que, en su honor, había hecho el general Gómez. Al darle personalmente el pésame, aquél también entregaba a Maceo los centenares de cartas de condolencia de sus amigos en el extranjero

Recuperado de la triste noticia, el Titán de Bronce emprendió una nueva campaña con las recientes fuerzas adquiridas. Ante el éxito de la misma, impotente, Weyler decretó el famoso bando del 21 de octubre de 1896 ordenando la reconcentración de los campesinos en Pinar del Río dentro de las líneas fortificadas españolas.

No tenía otra alternativa el Capitán General que tomar el mando en persona para intentar acabar con aquel mulato desafiante que, sin lugar a dudas, había subestimado con creces. De lo contrario —tal y como sucedió— sería acusado de inactividad por la prensa española.

Maceo intenta repetidamente franquear la trocha Mariel-Majana con el objetivo de trasladarse al centro de la Isla para dirimir las agudas contradicciones que ponen en peligro la Revolución. Esa operación era muy peligrosa pues requería acercarse a los atrincheramientos españoles a menos de veinte metros, al punto que podía escucharse los «quién vive» de los centinelas, las conversaciones de los soldados…

Durante uno de esos intentos fallidos, el Titán de Bronce cayó desplomado del caballo, como muerto, pero al poco tiempo abrió los ojos. Dijo que había sido un vahído, y se lo achacó a la humedad de la noche y a que había dormitado unos minutos después de haber chupado una caña. Alguien ha especulado que el motivo fue un sueño premonitorio en el que había visto a su esposa cubierta por un velo y a todos sus hermanos muertos en la guerra.

Según Miró y Argenter, la verdadera causa del desarreglo era «la pasión del ánimo, la inquietud y el temor de que no llegaría a tiempo al teatro de las ambiciones», entendiendo por éste el manejo de intrigas que, incubadas en el seno del Gobierno de la República en Armas, amenazaban con socavar su autoridad y la del general Gómez al frente del Ejército Libertador.

Tal era la temeridad de Maceo que, horas después, al detectar por la peste de los cigarros a un grupo de españoles que fumaba en una arboleda, avanzó hacia ellos en su caballo con el revólver amartillado y les disparó dos tiros. En respuesta recibió a cambio una descarga de fusilería, varios de cuyos proyectiles le agujerearon el impermeable y se incrustaron en el muñón de su montura, sin tocarle el cuerpo.

Por fin aparece una solución: hay un patriota que tiene un bote (ese bote se conserva en el Museo de la Ciudad) con el cual podría cruzarse la Trocha sin ser percibido por la vigilancia española. Escoge Maceo a los pocos que se arriesgarán con él y, tras despedirse de sus compañeros, se marchan bajo la lluvia rumbo al mar.

El tiempo seguía tempestuoso y el fuerte oleaje hacía peligrosa la travesía. Sin embargo, el Lugarteniente General ordena echar el bote al agua, no sin antes despojar al caballo de la montura para llevarla consigo: es la misma que lo ha acompañado desde Mangos de Baraguá hasta ese instante. Pero la rompiente devuelve la barcaza con violencia a la arena. Ante la insistencia de Maceo en cruzar las líneas españolas, el patrón propone atravesarlas por la misma boca del Mariel, cuyas aguas se mantienen tranquilas.

Ahora el peligro es otro, porque la bahía se encuentra vigilada por numerosas patrullas españolas, fortificaciones y trincheras a ambos lados, además de dos cañoneros anclados en el puerto. Serían las once de la noche cuando embarcan Maceo, cuatro oficiales y los tres boteros. En poco menos de una hora atracan en el otro lado, a poca distancia de un fuerte español bien guarnecido. En sucesivos viajes —cuatro— se terminó el traslado y, ya juntos todos, se dirigen al demolido ingenio La Merced, cerca de la playa de Mosquitos. Allí harán contacto a la mañana siguiente con dos combatientes enviados expresamente a recibirlos.

Quejoso de una dolencia intestinal y con fiebre, que le hacían tomar sólo leche como alimento, Maceo necesita caballos para trasladarse pues sus piernas sufren a causa de las viejas y recientes heridas. Y cuando comienza a anochecer y todavía no han llegado los corceles, comienza a desesperarse y le sube la temperatura hasta tal grado que dice algunas palabras incoherentes.

Cansados de tanto esperar —llevaban 32 horas en La Merced—, emprenden la marcha hasta que se tropiezan con el escuadrón que va a por ellos con los caballos. A las tres de la tarde, llegan al ingenio Lucía, donde al general Maceo le esperan Perfecto Lacoste y su esposa, matrimonio amigo.

Luego de interesarse por el estado de la opinión pública, de la cual su anfitrión le ofrece pormenores, Maceo acoge con beneplácito la recomendación de éste sobre la importancia de efectuar un ataque a cualquier barrio de las afueras para dar constancia de su presencia en La Habana y poner en descrédito a Weyler. Entonces, el Titán de Bronce decide que la noche del 7 de diciembre atacará a Marianao.

Ese día amaneció radiante, despejado todo vestigio del temporal que había arreciado la noche del 4. «¿Qué día es hoy?», preguntó Maceo, y le contestó Miró Argenter: «¿Hoy?… lunes, y mañana la Purísima Concepción». Entonces el Titán de Bronce, quien era un apasionado de todo lo bello, se acuerda de una joven que había conocido en Punta Brava, once meses atrás, durante su paso hacia Pinar del Río. De esa muchacha guardaba como recuerdo, anudado a su ancho cuello, un pañuelo que ella le había regalado el 7 de enero, junto a un ramo de flores. «Pero su nombre no era Concha, sino Margarita», le recuerda su fiel subordinado para quitarle el antojo repentino de visitar a la joven con motivo de celebrarse su santo y enseñarle la bufanda de estambre.

De 450 a 600 mambises jubilosos aguardan a Maceo en el campamento de San Pedro, que, si bien no era el más adecuado, se justificaba porque iban a permanecer allí poco tiempo. Ya en su cuartel general, situado cerca de las ruinas de una antigua casa de vivienda, el Lugarteniente General puntualiza su plan de atacar Marianao y otros suburbios capitalinos gracias a las informaciones suministradas por los jefes y oficiales de La Habana. Obsesionado con efectuar ese plan, después de lo cual marcharía hacia Las Villas a reunirse con Gómez, desestima temporalmente las quejas recibidas en torno a varias desuniones que hay en el seno de las filas habaneras

Después de almorzar, pidió el Titán de Bronce que Miró Argenter le leyera en voz alta la campaña de invasión y, al escuchar una descripción metafórica sobre la derrota de Martínez Campos en la batalla de Coliseo, exclamó: «¡Eso es lo a mí me gusta: el eclipse de mi compadre Martinete en aquel cielo tenebroso, cuando aún no era media tarde (…)».

Eran casi las tres de la tarde, y de pronto se escucharon voces: «¡Fuego en San Pedro!», seguidos de una nutrida balacera que provocó total desorden en el campamento. Habían sido inexplicablemente sorprendidos a pesar de que se habían dispuesto varias patrullas exploradoras para avizorar al enemigo. Sin dudas, éstas se habían descuidado, y las tropas españolas —al mando de Cirujeda— habían seguido el fresco rastro de los cubanos sin obstáculo alguno.

Sorprendido, Maceo trata de incorporarse de la hamaca y, al no poder hacerlo, le pide a su ayudante que le tienda la mano y ordena inmediatamente que traigan una corneta para ordenar la carga. En diez minutos, él mismo se viste y ensilla su caballo, tal y como acostumbraba a hacer en víspera del combate para estar seguro sobre los estribos.

Marchan junto al Titán de Bronce los generales Pedro Díaz y Miró Argenter; los coroneles Alberto Nodarse, Sánchez Figueras y Charles Gordon, el norteamericano de complexión robusta; sus cuatro ayudantes y el comandante Juan Manuel Sánchez, con una pequeña escolta hasta completar 45 hombres. No va en el grupo Panchito, a quien se ha ordenado permanecer en el Cuartel General por tener el brazo en cabestrillo a causa de la herida recibida en el hombro.

Aprovechando el factor sorpresa, el enemigo se ha parapetado detrás de unas cercas de piedra que le ofrecen sólida protección y desde allí dominan con su fusilería el espacio abierto que los separa de los mambises. De ahí que Maceo decida realizar un movimiento envolvente por ambos flancos para desalojarlos de ese parapeto y batirlos en el potrero aledaño. Pero una cerca de alambres se interpone, tratan de abrir sus portillos y ello le impide llegar a paso de carga hasta las posiciones españolas. La maniobra es descubierta y ocurre el fatal desenlace.

Pero dejemos que sea el general Miró Argenter quien relate ese duro momento, del cual fue testigo: «Delante del General, pero a muy pocos pasos de él, iba el brigadier Pedro Díaz con doce o quince hombres. Al lado de General, el que ahora describe este cuadro, a la derecha de él, porque al flanquear la cerca de piedras, la casualidad lo puso a la derecha del caudillo, y hacia el mismo lado la pequeña escolta de Juan Manuel Sánchez. En la faena de abrir más los portillos, los restantes combatientes que seguían a Maceo, quedaron atrás, pero a corta distancia: veinte o treinta varas. El general, observando la postura del comandante de la escolta, le dijo, tocándole con el machete en el hombro: ¡joven, hágame cargar a su gente! Y enseguida: ¡General Díaz, flanquee por la derecha. Una valla de alambre nos separa de los soldados españoles: ¡Joven —volvió a decirle a Sánchez— piquen la cerca! Y mientras éste se desmontaba, y con el diez o doce hombres más, cayéndole al parapeto de alambres, un aguacero de proyectiles no dejó terminar la faena. El general acababa de decirnos apoyando la mano en que sostenía la brida, sobre nuestro brazo izquierdo: ¡Esto va bien! Al erguirse, una bala le cogió el rostro. Se mantuvo dos o tres segundos a caballo; lo vimos vacilar: ¡corran que el General se cae! —gritamos cinco o seis al mismo tiempo—; soltó las bridas, se le desprendió el machete, y se desplomó. Cayeron también doce hombres de la escolta de Sánchez. Los españoles arreciaron el fuego para disolver el grupo, comprendiendo que allí ocurría algo muy grave e inesperado (…)».

Levantan a Maceo, moribundo. Le dicen, tratando de animarlo: «¿Qué es esto, General? ¡Eso no es nada! ¡No es nada!» Hasta que expira, y ya muerto, otro balazo le da en el pecho. Bajo el fuego incesante, ahora tratan de levantar el cuerpo, pero resulta imposible. Abandonan el cadáver y regresan al campamento, llevando la infausta noticia.

Al conocer el hecho, en el paroxismo del dolor, Panchito parte hacia el lugar. Junto al médico Máximo Zertucha tratan de levantar el cuerpo exánime, pero el primero recibe un tiro en la costilla derecha que lo desploma. Cae también el cadáver de Maceo y, sobre ellos dos, el caballo. Herido de gravedad, el hijo del Generalísimo tiene tiempo aún de escribir una nota que será como el epitafio de ambos:

«Mamá querida,

»Papá; hermanos queridos:

»Muero en mi puesto, no quiero abandonar el cadáver del general Maceo y me quedaré con él. Me hirieron en dos partes. Y por no caer en manos del enemigo, me suicido. Lo hago con mucho gusto por la honra de Cuba.

»Adiós seres queridos, los amaré mucho en la otra vida, como en ésta. Su

Francisco Gómez Toro.

»En Santo Domingo. Sírvase, amigo o enemigo, mandar este papel de un muerto».

Él intenta el suicidio, pero no lo consuma; cae desvanecido. Al cabo del tiempo, una patrulla española se acerca a desvalijar los cadáveres: las botas, las polainas… todo lo que consideran valioso. Rematan a Panchito y se esfuman, llevando consigo varios objetos personales con las iniciales A.M.

En el seno de las tropas cubanas cunde el desánimo. Pero un joven, Juan Delgado, del Regimiento Santiago de las Vegas, que era un rebelde con causa, que no quería que lo mandara nadie y que solamente obedecía al General, se impone a gritos y convence a los otros que hay que ir a rescatar el cuerpo del héroe. Y en un lugar muy cerca de allí, la noria, encuentran los cadáveres. Recibirían como recompensa el fragmento mayor de la camiseta ensangrentada del Titán de Bronce; la otra parte sería enviada al general presidente Salvador Cisneros.

Los cuerpos fueron lavados, velados esa noche, y se tomó la decisión de que había que encontrar un lugar donde esconderlos. Durante esa madrugada —era tiempo breve— atravesaron prácticamente la provincia y llegaron a Santiago de las Vegas, que era el lugar que conocían, y allí, en un lugar alto, desde el cual se ve toda la comarca, pidieron a Pedro Pérez y a sus hijos —campesinos pacíficos y honrados— que les dieran sepultura. Nadie supo nunca ese secreto.

Ahora tenemos este monumento a los que juraron guardar silencio: un yunque hermoso dedicado a Antonio Maceo y a Francisco Gómez Toro, su ayudante, símbolo de la juventud cubana. Quizás sea éste el monumento más hermoso, quién sabe, que tiene Cuba.

Cae la lluvia nuevamente como reafirmando estas palabras mías, que siempre serán pálidas y en las cuales pueden escucharse incoherencias e inexactitudes propias de toda improvisación, pues he querido trasmitirles el recuerdo emotivo de una vida y de una gesta.

Llueve y se mojan una vez más las estrellas y los distintos recordatorios del nuevo monumento. Yo recuerdo siempre el primitivo, ese obelisco donde dos figuras estaban representadas abrazándose en la hora final: Antonio Maceo Grajales y Francisco Gómez Toro. Tenían apenas 51 y 21 años de edad.

 

 

Conferencia magistral dictada el 1º de noviembre de 2007 en el Complejo Monumentario Antonio Maceo, en San Pedro, Bauta, Provincia de La Habana

 

Fuente: http://www.revistacaliban.cu/avance.php?numero=5

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