LAS HERMOSAS LECCIONES DE ESPAÑA A GUILLÉN por Denia García Ronda

Cuando Nicolás Guillén asiste al Segundo Congreso de Escritores por la Defensa de la Cultura, en aquel año 1937, ya había demostrado su potencialidad como poeta, sobre todo a partir de la publicación de Motivos de son (1930), e igualmente había manifestado su pertenencia ideológica a los sectores populares, y su vinculación con el pensamiento más radical del momento, como lo prueba su participación en el Comité editorial de la revista Mediodía, de clara orientación marxista. Son esos valores, precisamente, los que fueron tomados en consideración para invitarlo, primero, al Congreso de Escritores y Artistas celebrado en México y después al importante evento iniciado en Valencia.

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Congreso de Valencia 1937

Siendo así, ¿qué le aportó la heroica defensa de la República española al intelectual y al revolucionario que ya era Nicolás Guillén?

Repasando algunos de sus escritos podemos contestarnos esa pregunta; y sabiendo lo mucho de lo esencial español que había en él, no solo porque uno de sus «dos abuelos» le dejara parte de sus genes, sino porque la cultura española, desde el idioma y las costumbres hasta la obra de los grandes escritores, lo formaron, al par de la nunca negada mitad africana. Una España «no Cortés, ni Pizarro», sino la de «una gran vida espiritual», y la que, según Guillén, «siempre se ha hallado presta a morir». Una España no de Valmaceda y Weyler, sino de Capdevila y Estébanez. Es a esa España a la que Guillén le dice:

Las dos sangres de ti que en mí se juntan,

vuelven a ti, pues que de ti vinieron,

y por tus llagas fúlgidas preguntan.[1]

Esos versos, y todos los que forman parte de España. Poema en cuatro angustias y una esperanza, los escribió y publicó cuando todavía no había tocado tierra española, pero cuando ya había sentido su herida a mano fascista. Una de esas «angustias» está dedicada a Federico García Lorca, asesinado pocas semanas antes, y a quien Guillén conoció en La Habana en 1930. El poema es un llanto por la ausencia del poeta que tanto influyó en muchos jóvenes escritores latinoamericanos, incluyendo al propio Guillén; pero es también una acusación, por vía poética, a los responsables de su muerte y de todos los muertos «sepultados en parcelas de sueños».

Entre las ganancias que obtiene el cubano por su participación en el Congreso está, sin dudas, el conocimiento, y en muchos casos la amistad, de grandes intelectuales de varias partes del mundo. Hay casos especiales, como el de Miguel Hernández, cuya vida, cuyo pensamiento y cuya obra le causan una impresión que el paso de los años no borraría. «Nacido y muerto en olor de pueblo», diría Guillén, aquel «mocetón fuerte, directo, de mejillas coloradas y ojos verdes», se le quedó siempre en el recuerdo y en la letra, como símbolo de la fecundidad literaria de las capas populares y de la función social que puede tener la poesía. Por su parte, Rafael Alberti y María Teresa León, a quienes había conocido en 1935 en La Habana, fueron sus grandes amigos mientras les duró la vida; como lo fueron Pablo Neruda, Langston Hughes y Jacques Roumain, entre otros. Pero en general la relación con intelectuales de la talla de Antonio Machado, César Vallejo, Louis Aragón, Heinrich Mann, Ernest Hemingway, y tantos de las setenta y cinco delegaciones asistentes, de los más disímiles idiomas, países, culturas, hizo indudablemente ampliar el horizonte político y cultural de Nicolás Guillén.

Neruda y Guillén
Neruda y Guillén, años después.

Otra ganancia fue, sin dudas, la posibilidad de hacer conocer, o recordar, a los intelectuales reunidos en el Congreso, y al mundo, la estrecha relación existente entre la ideología fascista de las razas —aquella que proclamaba una como superior, destinada a dominar las sociedades y las vidas de las demás, y otras supuestamente inferiores, que «han de vivir encadenadas»—, y la situación del negro en Cuba, «que ha sufrido, acaso más que ningún otro, la injusticia de los hombres». Como dijo en su segundo discurso, «la raíz misma del fascismo parte de un terreno que está abonado por los odios de razas».[2] Habla Guillén también de la conciencia de ese sector social cubano de que la lucha que están llevando a cabo los republicanos españoles «es solo un episodio de la pugna que está planteada entre las fuerzas democráticas de las que [el negro] forma parte, y las clases conservadoras que ya lo esclavizaron una vez y que han de esclavizarlo siempre». Por ello es significativo, pero no raro, que Guillén haya seleccionado ese tema para su primer discurso en el Congreso, en este caso en la sesión en Madrid, el 6 de julio de 1937.

Otro aspecto que Guillén aprehende de ese encuentro de intelectuales es que los sucesos españoles de esos años son nutrientes de otros movimientos sociales. «Me parece —ha dicho— que todos hemos regresado trayendo en nuestro espíritu un poco del espíritu del pueblo español, y que aventaremos ese poco de espíritu sobre el surco del mundo». (2do. Discurso)

Las ganancias obtenidas en el propio Congreso son tales que en ese propio discurso durante la clausura del Congreso, en París, puede decir: «España es la experiencia más rica de nuestro tiempo, y asomarse a esa experiencia, participar en ella de algún modo, es tocar de cerca la carne de la revolución en marcha». Sin embargo, esa experiencia se enriquecería una vez terminado el evento. Es fuera de sus sesiones donde adquiere mayores certidumbres y donde encuentra mayores datos para la completa maduración de muchos de sus principios y criterios.

La cercanía a una revolución en pleno desarrollo; el encuentro con los combatientes en sus propios frentes y campamentos; la constatación de la participación consciente de mujeres y niños en la contienda; el ver a cubanos —desde el Comandante Candón hasta un músico y un ex pelotero— involucrados en las acciones con la seguridad de que también estaban luchando por su patria; los testimonios de primera mano sobre Pablo de la Torriente y su muerte en Majadahonda, ofrecidos por sus compañeros de trinchera; y otras muchas experiencias, lo convencen de que se trata de una «guerra por la afirmación de los valores permanentes del hombre, por la defensa de la cultura y del amor».

Pero, como también expresó Guillén, la guerra no está únicamente en las trincheras, sino que «absorbe todas las posibilidades humanas, arrastra en su torbellino todas las fuerzas del alma y las refleja sobre el gran lienzo de dolor y esperanza que es aquí la lucha del pueblo contra sus enemigos». Esto lo comprueba al ser testigo del ingente trabajo cultural de la Alianza de Intelectuales Antifascistas, en plena guerra: desde el salvamento del patrimonio pictórico español hasta las guerrillas teatrales que llevaban la cultura a las trincheras.Nicolàs-Guilklèn-en-Valencia.x56023

Esos dos elementos de la gesta española —la defensa con las armas y la defensa con la cultura— serían, a mi modo de ver, los que conformarían, o más bien enriquecerían, sus ideas sobre el papel del intelectual en la sociedad y, aún más, la función de la cultura en ella. Si bien podemos encontrar, en sus textos anteriores, alusiones a esas convicciones, en España las conceptualiza, las hace nítidas y las comprueba.

Entre los principios de esa conceptualización está el necesario compromiso del intelectual con su época, en especial en momentos críticos. Guillén dice:

«No basta la actitud simpática, hace falta el esfuerzo directo; no es suficiente la tibia adhesión que a nada compromete, sino que es necesaria la militancia activa, vital, que todo lo arriesga, todo lo sacrifica, que todo lo ofrece y lo da todo».

«La hermosa lección del pueblo español», discurso pronunciado en La Habana, en 1940, es un resumen de lo dicho en otros discursos y artículos de Guillén sobre ese momento español, pero es, sobre todo, la expresión de esa conceptualización mencionada. Él hace, en apretada síntesis, la historia de las relaciones de los escritores y artistas con sus sociedades antes del estallido revolucionario español. Piensa que lo usual, a pesar de los cambios que trajo la Primera guerra mundial, es que continuaran «instalados al margen de todo otro trabajo que no sea la llamada creación artística pura», que en esencia se trata de su domesticación por parte de la burguesía dominante. La sola excepción sería la Unión Soviética, donde, dice, «cambiaron las dimensiones del hecho literario y hasta la educación del escritor».

Esto lleva a otro principio adquirido o confirmado por el poeta en España: la literatura y el arte son armas de combate y según quien las esgrima estarán o no al servicio de la humanidad.

Otra certeza que madura Guillén en la España de la República es que las grandes conmociones sociales no solo transforman la sociedad, sino también su cultura, y muchas veces, como en el caso de España, buena parte de esa nueva cultura surge de las entrañas del pueblo; y ello debe servir de acicate a la intelectualidad establecida. Sus ejemplos señeros son Miguel Hernández y Marcos Ana, ambos campesinos, ambos muy humildes, que surgieron al calor de las luchas populares de su tierra, e incluso, en el caso del segundo, desde el fondo de la prisión a donde lo encerraron cuando era apenas un niño.

Y no solo eso, sino que esa alma popular, creadora de cultura, es también maestra para el resto de los escritores y artistas honestos:

Los que tuvimos la suerte de conocer de cerca a España, los que pudimos entrar y salir en su pueblo, ir y venir por su alma, sabemos que aquellos hombres duros y hondos enseñaron a los intelectuales del mundo cómo se podía vivir para la cultura en el fondo de una mina y morir por la cultura en el fondo de una trinchera.[3]

Otro de los principios de esa conceptualización es que el ser humano es esencialmente el mismo en cualquier parte del mundo y en cualquier época, por muy diversas que sean su vida y su cultura, y si en España se estaba luchando por hacer una sociedad justa, humana, se estaba luchando, en definitiva, por la humanidad; lucha que habría que seguir librando mediante la unidad de los hombres honestos del mundo.

El hombre de la tierra española  —dijo Guillén en el citado segundo discurso en el Congreso—, el que realmente vive con ella y sobre ella, no de ella, el hombre humilde y humillado, ha aprendido en las bombas de Hitler y de Mussolini que sus huesos están cubiertos por la misma sangre dolorosa que los demás hombres humildes del mundo, y que solo juntándose y apretándose y defendiéndose, hoy en España, mañana en cualquier otro sitio del planeta, será posible arribar a una verdadera humanidad.

El «mensaje humano» que envía la heroica defensa de la república española y «el espectáculo de los bombardeos de las ciudades abiertas en toda la zona leal al régimen republicano; […] los miles de niños deshechos por los obuses y los miles de hombres absorbidos por los frentes», fue recibido por Guillén y confió en que había sido recibido por los asistentes al Congreso, y que sería también asumido por el resto de la intelectualidad universal. Por eso expresó:

Cada uno de aquellos escritores, de aquellos filósofos, de aquellas inteligencias alejadas de las luchas políticas, regresó a su suelo natal llevando un poco del espíritu del pueblo español. No hay duda de que ese maravilloso tesoro no se perdió, sino que paró en manos que lo aventaron sobre los surcos del mundo para que fuera germinando, hinchándose, creciendo, y saliera, al fin, a buscar el sol fuera de la tierra, a inundarla de rebeldía y coraje.[4]

O sea, que estuvo seguro de que la gesta española era una semilla que podía y debía germinar y crecer con carácter universal, no solo en el sentido territorial, sino en valores, en dignidad, en humanismo; y en cuanto al mundo intelectual, pedía «multiplicar nuestras facultades, para entregarlas transformadas en trabajo fecundo al pueblo de donde vinimos y a dónde vamos».

No era una posición ingenua ni híper optimista; era, por así decirlo, un anhelo que creía posible en medio de la ola revolucionaria en que estaba inmerso el país y buena parte de los intelectuales del mundo. Sabía que podría haber bajas entre ellos, como efectivamente pasó cuando el ardor de aquellos acontecimientos dio paso a la angustia por la derrota de las fuerzas republicanas, pero también confiaba en los fieles, en los que, como él, aprendieron la hermosa lección del pueblo español.

¿Qué va a ocurrir mañana? No lo sé. Como tampoco sé dónde estarán todos aquellos hombres de letras que un día se hallaron juntos en un gran país invadido y destrozado. Quizás algunos —los más débiles— hayan renunciado a luchar; otros tal vez han muerto. Pero los demás estoy seguro de que no han abandonado el camino que España les enseñó, y saben que en todas partes el momento es de lucha, de indeclinable militancia popular.

Entre esas lecciones está, sin dudas, la de mostrar una vía intelectual digna para el trabajo social, que para Guillén —como para Miguel Hernández, Pablo de la Torriente, Marcos Ana, Antonio Machado y muchos más— está indefectiblemente ligada al pueblo, a su cultura, a sus necesidades, a sus sufrimientos y esperanzas.

En 1940, cuando ya se ha desatado la guerra mundial de la que la de España fue preámbulo, Guillén termina el discurso que llamó «La hermosa lección del pueblo español» con estas palabras:

Para nosotros, los artistas de hoy, que aprendimos en España, con España, el sentido de la lucha de nuestra época, que tenemos conciencia del tiempo que ha de venir —que habremos de traer—, [no es] ni episodio, ni refugio, ni oficio, sino deber. El deber de estar en pie, como hombres, junto a los «pobres de la tierra», aquellos con quienes Martí quería echar su suerte, y con los que nosotros bien podemos romper a andar por los caminos del mundo, largos y duros a veces, pero los cuales siempre van a dar en la belleza y en la justicia cuando se les transita limpiamente.

 

 

.

 

 

 

 

 

 

[1] Nicolás Guillén, «Angustia tercera», España. Poema en cuatro angustias y una esperanza, en Obra poética, t. 1, La Habana, Letras Cubanas, 2002, p. 175

[2] «Discurso pronunciado en la sesión de clausura del Congreso». en España, La Habana, Ediciones Sensemayá, 2017, pp. 27-30.

[3] «La hermosa lección del pueblo español», en España, ed. Cit., pp. 80-1

[4] Ibídem, pp. 79-80

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