MILAGRO EN VENEZUELA  por Luis Britto García

Una obra maestra toca el corazón de todos  en todos los lugares y épocas. ¿Por qué al ver de nuevo la magistral Milagro en Milán (1951) de Vittorio de Sica, sobre la novela de Cesare Zavattini Toto il Buono, siento que nos habla de Venezuela, a lo mejor de todos los seres del planeta? Tal es el milagro del arte, que no sólo presenta y representa la vida, sino que también la crea.

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Había una vez una ancianita que encuentra al bebé Toto en un sembradío de coles. Lo adopta; y al morir la anciana el niño Toto debe seguir al coche fúnebre y de allí a los celadores que lo arrojan al orfanatorio de donde el adolescente Toto es arrojado la sociedad, vale decir, al desamparo.

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De Sica los crea y ellos se juntan.  Toto no encuentra trabajo y debe reunirse con los desposeídos que habitan un yermo o más bien una ranchería, apretujándose para disputarse el único rayo de sol que alumbra las mañanas o juntándose para ver cómo devora el pollo sorteado en una rifa el ganador, que deja hambrientos a miles.

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Los desposeídos comparten  generosamente todo lo que no tienen. A nadie rechazan: ni al grandulón que quiere resolver todo a trompadas, ni a la señorona venida a menos que todavía pretende tener criada y regañarla. Toto evita los pleitos, orienta a los recién llegados y pone carteles para enseñar a leer a los niños. Entre todos horadan la tierra  con un poste de madera en busca del agua para regar sus pequeñas vidas.

De la tierra brota un surtidor, pero no de agua, sino de petróleo, que permite a todos sacudirse el frío de las heladas. La madre adoptiva de Toto vuelve del cielo para prestarle una paloma que concede todos los deseos. Un soplo de realismo mágico o tropical sacude la barriada. Está el moreno que se cambia a blanco para gustarle a una blanquita, sólo para encontrar que ésta se ha hecho morena esperando gustarle a él. Hay quien quiere ser más bajo o más alto; quien simplemente desea un pan. La dama empiringotada se agobia con trajes suntuosos, un indigente pide un millón de millones de millones, y el que le sigue, lo mismo y uno más.  Totó y la criadita a la cual  ama sólo piden que nazca el sol. Totó obsequia zapatos a su amada: apenas puede calzarle uno; dos ángeles confiscan la paloma y dejan el milagro a medias.

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El petróleo y el milagro duran poco en la casa del pobre. El traidor Rappi lleva la noticia del oro negro a los oligarcas. En medio de una banda de políticos y  sicarios aparece el adiposo Mobbi, que ha dedicado su vida a privatizar hidrocarburos. El obeso Mobbi esgrime discursos y papeles contra los pobladores; éstos esgrimen palos, y lo ponen en fuga. El grasiento Mobbi convoca a los dirigentes a hablar en su palacete. No hay por qué pelear, argumenta el gordo Mobbi. Tenemos todos cinco dedos en las manos, arguye el rollizo Mobbi. Ahora soy igual a ustedes, sostiene Mobbi el voluminoso.

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Mientras engaña a los desvalidos pretendiendo que está de su lado, el mofletudo Mobbi ordena la privatización de los hidrocarburos, y moviliza paramilitares y sicarios con motoblindados para que encarcelen  pobladores  y demuelan poblado. Me resisto a contar el final de las películas. ¿Será que a desposeídos y venezolanos sólo podrá salvarnos un milagro?¿Será posible que nos arrebate todo un pillo simplemente fingiendo que está con nosotros? Un milagro terrenal es la conjunción de la conciencia y la voluntad. Los milagros  no se piden, se hacen. Hay que merecerlos. Ya hemos hecho varios.

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