LA INFANTILIZACIÓN DE LAS AUDIENCIAS

Si echamos un rápido vistazo a un anuncio publicitario, nos daremos cuenta de inmediato que éste busca susci­tar impacto visual y emocional, mostrándonos imágenes ideales e hilarantes, altamente erotizadas, rubricadas con palabras sencillas, conceptos maniqueos y eslóga­nes pegadizos. Busca atraernos, busca conmovernos, busca hacernos reír o hacernos llorar.color-blanco-en-la-publicidad-16-728

Y aunque puedan parecernos divertidos, lo cierto es que los anuncios publicitarios no son ninguna broma: cada detalle del anuncio está estratégicamente planificado, punto por punto, para producir el efecto deseado. Es un producto industrial sofisticado que se propone, en pocos segundos, empatizar con los sentimientos de un público cuidadosamente seleccionado, mediante la construc­ción de informaciones sencillas, rápidas y entretenidas.

Ahora bien, dada la prevalencia que tienen los mensa­jes publicitarios en nuestras vidas, es válido que nos preguntemos, ¿qué es este discurso cuyas característi­cas principales son la emocionalidad, la simplicidad y la intención de influir sobre nuestra subjetividad?publicidad-de-shampoo-1-638.jpg

La respuesta es clara: es un discurso infantilizante. Efectivamente, solo a los niños de baja edad se les ha­bla con un lenguaje limitado, simple, para que entien­dan rápidamente. No se utilizan conceptos profundos o mensajes complejos porque eso aburre a la mente infantil. El discurso publicitario esquiva la raciona­lidad, no habla con madurez intelectual, sino que se dirige a los aspectos irracionales de la mente huma­na apelando a sus emociones más profundas, pues supone que la reactividad emotiva es suficiente para alcanzar sus objetivos.econo

Joseph Goebbels, ministro de propaganda Nazi, lo ex­plicaba del siguiente modo:

“Toda propaganda debe ser popular, adaptando su nivel al menos inteligente de los individuos a los que va dirigida. Cuanto más grande sea la masa a convencer, más pequeño ha de ser el esfuerzo mental a realizar.”

Desde este punto de vista, la industria de la publicidad –a la que consideramos un dispositivo fundamental del aparato de propaganda capitalista– se puede entender también como una maquinaria informacional concebida para infantilizar a las audiencias. Esta industria de la infantilización mental tiene por objetivo producir au­diencias fácilmente influenciables, fácilmente sugestio­nables, como si se tratara de niños.

En la medida en que alcanzamos formas de pensamiento más elevadas, a través de un intelecto en permanente evolución, más crítico y realista, ya no buscamos nues­tra propia satisfacción por los caminos inmediatos y ca­prichosos que nos propone el discurso publicitario, sino que logramos armonizar cada vez más nuestras ape­tencias personales con las condiciones impuestas por el mundo exterior, contemplando las necesidades del entorno y ponderando el bienestar general.

Este entendimiento más profundo de la realidad es una precondición indispensable para obtener un consumi­dor maduro, crítico y responsable. Por el contrario, los impulsos que pueden ser aplazados y tolerados en el universo mental adulto, no corren la misma suerte en el mundo infantil. El modo de funcionamiento mental infantil es incapaz de tolerar la frustración y se rige preponderantemente por los caprichos de sus deseos, los cuales deben ser inmediatamente satisfechos.

Es por esto, justamente, que la publicidad estimula el pensamiento infantilizado, omnipotente e incapaz de tolerar la frustración.

¡Vení, divertite!

¡El mundo es tuyo!rojo-cocacola-la-influencia-del-color-en-el-branding-en-la-publicidad-en-la-imagen-de-marca-y-en-la-identidad-corporativa

¡Llamá ya!

¡¿Qué esperás?!

Precisamente, estas son las condiciones mentales requeridas por el merca­do para regimentar los comportamientos de las masas y orientarlos en dirección al consumo.

La publicidad apunta sistemáticamente a estimular la inmadurez de las audiencias, o dicho de otro modo, a perpetuar la infancia en los niños e infantilizar la vida de los adultos. Esta racionalidad publicitaria contribuye a generar una sociedad consumista, irresponsable, ca­prichosa, deseante y con escasa capacidad de reflexión.

En otras palabras, una sociedad sufriente e inmadura, una sociedad ideal para el gobierno invisible de las mul­tinacionales de la ilusión.

Artículo de EL SQUATT (proyectosquatters@gmail.com) en Proyecto Aire

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