GOOD BYE, LENIN; WELCOME, LENIN por Pedro de la Hoz

A principios de este siglo se puso de moda la película Good bye, Lenin. Producción alemana del director Wolfgang Becker, la escena culminante del filme mostraba el estupor de una señora que había vivido buena parte de su existencia en la República Democrática Alemana, ante la defenestración de una estatua de Lenin.

Claro, la buena señora, quien se hallaba sumida en estado de coma y no se enteró de la caída del Muro de Berlín, había recuperado su consciencia en medio de los abruptos cambios que sucedieron al colapso del sistema socialista de Europa del Este. Para ella Lenin debía permanecer inconmovible en la Karl Marx Allee y nada más extraño que ver desde su ventana un anuncio de Coca Cola en lugar del monumento del fundador del Estado soviético.

Apenas unas semanas atrás, el artista chino Shen Shaomin, quien llegó tarde a la corriente conceptualista, trató de robarse el espectáculo en la versión hongkonesa de la feria Art Basel, con una instalación en la que encerró en ataúdes las figuras de Lenin, Mao y Kim Jong Il.

Becker no podía suponer que la historia le jugaría una mala pasada. Shen, descolocado y desinformado a estas alturas, no pasó de un par de líneas de gloria en las reseñas de algunos medios de prensa.

Por mucho que han matado a Vladimir Ilich Ulianov, Lenin, el líder bolchevique siempre resucita.

En la Rusia de hoy, que poco tiene que ver con la Rusia soviética y donde incluso el Partido Comunista forma parte de la oposición —es la segunda fuerza, después de la coalición Rusia Unida, del presidente Vladimir Putin—, una encuestadora independiente, Levada, acaba de sondear a la opinión pública sobre lo que la ciudadanía piensa de Lenin.

El 56% de los encuestados valoró positivamente el papel de Lenin en la historia del país, un 32% se inclinó por poner en una balanza aspectos positivos y negativos y solo un 12% lo descalificó.

Interrogados acerca de si era pertinente borrar la memoria histórica de Lenin en plazas y otros espacios públicos, el 79% rechazó esa práctica.

Quizás la muestra más sorprendente de la vitalidad política de Lenin provenga de quienes evidentemente se sitúan en las antípodas de su perfil ético e ideológico.

Queriendo ser simpático en medios académicos y violando de manera flagrante la más elemental lógica discursiva, Steve Bannon —sí, el mismísimo consejero de Donald Trump— dijo el 5 de febrero de este año ante un auditorio de la Universidad de Nueva York: “Yo soy leninista”.

Para justificar su desaguisado comparó la situación revolucionaria a la que se enfrentó Ilich en la etapa previa a Octubre de 1917 con el enfrentamiento de la administración Trump con la herencia estatal recibida. Así se expresó: “Lenin deseó destruir el estado y ese es mi objetivo también. Trato de hacer todo para que este caiga y destruir todo lo que representa el actual establishment”.

Obviamente, ni Bannon y menos Trump se han tomado el trabajo de leer seriamente el clásico ensayo El Estado y la Revolución. Pero que el consigliero haya recordado a Lenin no deja de ser un interesante cortocircuito cerebral.

Pasando a un nivel intelectual mucho más responsable, viene a cuento citar cómo en la Gran Bretaña del Brexit y los debates entre conservadores y liberales, una de las novedades editoriales que acapara la atención de estos meses es El dilema de Lenin, de Tariq Alí.

El autor es uno de los pensadores más respetables de la intelectualidad contemporánea. Que un hombre de izquierda haya logrado repercusión mediática y valoraciones críticas encomiables, aún por parte de los que discrepan de su línea, habla en favor de este escritor, periodista y profesor pakistaní residente en Inglaterra. Colabora habitualmente en The Guardian y New Left Review, y entre sus libros más exitosos se hallan Bush en Babilonia, Los años de luchas callejeras: una autobiografía de los 60 y Piratas del Caribe: el eje de la esperanza.

Entre el estudio biográfico y el ensayo político, el libro de Alí destaca por su valoración equilibrada. El crítico inglés Sean Bell señaló:

“Alí nos hace ver lo que Lenin observó: Vio imperios en guerra, atrapados dentro de un declive inexorable o por delirios de resurgimiento. Vio los sistemas antiguos tan injustos como impracticables, sus engranajes rotos engrasados ​​de sangre. Vio que lo inaudito e inimaginable comenzaba a suceder como algo natural, mientras el mundo se desviaba hacia lo desconocido. Él vio, de muchas maneras, lo que vemos”.

 

Fuente: La Jiribilla 

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