EL AMBIGUO LÍMITE ENTRE FICCIÓN Y REALIDAD por Gabriel Cocimano

Así como los medios masivos de comunicación se han convertido en los grandes productores del borramiento de límites entre lo público y lo privado, también han contribuido a difuminar las fronteras entre realidad y ficción, oposición binaria que, aunque esquemática —ya que la realidad está inevitablemente penetrada por lo simbólico— sirve como modelo de interpretación. Los medios ya no son sólo el vehículo a través del cual circula la «realidad»: constituyen, además, el espacio, el escenario y el producto de una referencialidad que les pertenece. Fuentes de una realidad paralela a la extramediática (el mundo real), crean y recrean mundos «virtuales».

Es tan potente la penetración de esa «realidad virtual» en el mundo corriente, que ha logrado modificar los hábitos y consumos de una sociedad cada vez más vinculada mediáticamente. No sólo es productora de información, de tendencias y de hábitos de consumo: también se instala en nosotros, y reemplaza a las «imágenes» del mundo corriente. «La ciudad real toma como modelo la ficción —sostuvo el antropólogo Marc Augé—. Basta con contemplar los parques temáticos o de entretenimiento: se trata de una trascripción de nuestra relación con las imágenes».

Todos los órdenes de la sociedad posmoderna están atravesados por signos híbridos e indefinidos. Las viejas dualidades de la modernidad se han desvanecido. Asistimos a un proceso de confusión y de contagio: al abolirse las distancias —entre bien y mal, verdad y falsedad, objeto y sujeto, belleza y fealdad— quedan extinguidos los puntos de referencia y, por ende, cunde una indeterminación. De este modo, como en la fusión y proliferación de los sexos —en donde la dicotomía masculino/femenino se ha difuminado— también entre ficción y realidad opera idéntico mecanismo. En este «eclecticismo» posmoderno, la «fusión» suele acabar en «confusión».

En efecto, el triunfo de las tecnologías de la «imagen» ha marcado una completa ruptura respecto del tiempo precedente. El cine y la TV estimulan a universalizar consumos, ideologías y estéticas, y a magnificar conflictos, alimentando a la población de violencia. No es casual que la prolífica ficción hollywoodense haya contribuido a pergeñar una sociedad estandarizada como la norteamericana, donde todos consumen las mismas cosas, y en la que el 70% de la población porta armas.

Si la ficción se nutre de la realidad, ésta a su vez se retroalimenta de aquella: así como el lenguaje cotidiano, resignificado por los medios, se virtualiza para volver a reciclarse en el mundo corriente, así también ocurre con la estética de la «violencia». El cine, por ejemplo, suele ficcionalizar acontecimientos del mundo corriente (sucesos políticos, policiales, catástrofes, accidentes), en tanto éste absorbe y recicla la violencia mediatizada, en sus contenidos y formas.

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REAL Y VIRTUAL Los creadores de Medal of Honor se inspiraron en  imágenes documentales de la guerra de  Afganistán. (Crédito Top fotos de vídeo digital de Scott Kesterson. Imágenes de pantalla de Electronic Arts.)

La violencia en el «mundo real» ha adquirido ciertos tics y estereotipos propios de la ficción: infinidad de asesinos y violadores seriales emplean procedimientos criminales basados en filmes, novelas u otros productos de la industria cultural. Las imágenes de los atentados del 11-S parecen extraídas de un archivo de la mejor ficción. Por algún motivo, el Pentágono hubo de convocar, tras la caída de las Torres Gemelas, a guionistas cinematográficos de Hollywood como asesores en la lucha contra el terrorismo, tras reconocer que sintonizaban mejor con las estrategias que proponía la escalada mundial de violencia.

Jean Baudrillard enfatizó, tomando el ejemplo de Disneyworld, la pérdida de referentes reales de la sociedad actual en favor de una realidad virtual omnipresente y, por ende, la creación de «un inmenso reality-show en el que la realidad misma se ofrece como espectáculo». Si esta «realidad virtual» suscita una fascinación universal es porque la realidad misma se ha transformado ya en una performance universal. De ahí la «confusión» cada vez más sostenida entre mundo real y virtual.

En el caso del controvertido best-seller de Dan Brown, El Código Da Vinci, sobre la historia secreta de Jesús —y que Ron Howard se encargó de llevar a la pantalla grande— el borramiento de los límites entre ficción y realidad opera sobre una temática sensible, la cuestión religiosa, y por eso ha sido necesario aclarar hasta el hartazgo su condición ficcional. Si una historia que combina intrigas, esoterismo y religión logró obsesionar a millones de personas, habrá que coincidir con Peter Conrad que «cuando la ficción es tan popular, nos dice mentiras que queremos creer desesperadamente».El_c_digo_Da_Vinci-693226498-large

Pieza paradigmática de la posmodernidad, la obra sostiene que el cristianismo se basa en una mentira misógina y que Jesús, devenido feminista, quería proclamar a Magdalena como cabeza de su iglesia. Lo cierto es que El Código Da Vinci ya ha generado todo un circuito de consumo: entre otras múltiples ofertas, existen juegos de mesa y DVD’s explicativos con tours a los sitios donde transcurren los hechos. La realidad nutriéndose —marketing incluido— de la ficción.

Cuando surgieron las tecnologías de la imagen, los públicos debieron adaptarse a la convención propuesta por los emisores. De alguna manera, esas nuevas tecnologías produjeron, a mediados del siglo XX, un profundo y traumático reacomodamiento del orden cultural anterior, y esos públicos debieron incorporar despaciosamente los códigos convencionales y el «contrato» propuesto por los medios visivos. Comenzaba a borronearse el límite entre realidad y ficción. Irónicamente, asistimos hoy a un reacomodamiento similar: si el mundo virtual reemplaza subrepticiamente a un mundo corriente que ha tomado el modelo de aquel, la clásica noción de realidad yace definitivamente bajo el sustrato mediático.

¿Es preciso hoy plantearse qué es realidad y qué es ficción? Acaso sea cada vez más improbable contar con un punto de vista, un referente uniforme: el borramiento de este límite será inútil porque, más allá de la contribución de los medios masivos para generarlo, esta ambigüedad aparece como un producto de la indiferencia y la incertidumbre, paradójicamente como un modo de alimentar la obsesión negativa de la realidad.

GABRIEL COCIMANO nació en Buenos Aires el 10 de diciembre de 1961. Licenciado en Periodismo (Universidad Nacional de Lomas de Zamora), ensayista e investigador en áreas culturales, ha publicado numerosos artículos en medios gráficos nacionales e internacionales (Todo es Historia,Sumario, Gaceta de Antropología de España, entre otros) y expuesto algunas teorías en eventos educativos (VI Congreso Latinoamericano de Folklore del Mercosur). Productor de radio, participó en espacios independientes (Radio Cultura FM 97.9 y FM 95.5 Patricios) abordando diversas temáticas: arte, salud, música ciudadana y espectáculos. En abril de 2003 publicó El Fin del Secreto. Ensayos sobre la privacidad contemporánea (Editorial Dunken).

Tomado de : Margen Cero

 

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