DIOSES MANUFACTURADOS. Por Yosvany Montano Garrido

Dialogar, dialogar

imagesEn días recientes, una complaciente emisión del programa televisivo Clip.cu dejó mucho que desear en la estructura de análisis ante un tema tan ensanchado como el video musical en la Isla y su vinculación al proyecto que dirige Orlando Cruzata. Lo que pareciera constituirse a escala planetaria como un inminente triunfo de la imagen sobre la melodía, exige un examen más serio y profundo.

Como cada año, la organización de los Premios Lucas genera un interesante debate en el seno de los creadores, críticos, realizadores audiovisuales y, por supuesto, en la población. La problemática que subyace, radica en la comprensión de que el verdadero problema está en los conceptos, en los contenidos o, para decirlo más claro, en los simplificadores mensajes que mayoritariamente se trasladan. 

Asociado a las tendencias globales del audiovisual, el fenómeno de la “clipmanía” comienza a plantear importantes retos en el campo de la resistencia cultural y en la proyección contrahegemónica de algunos sectores de la sociedad cubana.

¿Qué pasa  cuando  lo artístico vulnera la autenticidad y la expresión enriquecedora de su realidad? ¿Cuáles son las consecuencias de un desgaste estético, enunciado de un uso barato y comercial de lo que pudiera ser una consistente práctica artística? ¿Qué secuelas deja asociar producción artística con practicismo económico? Ya lo dijo el viejo Marx, “la producción no solamente produce un objeto para el sujeto, sino también un sujeto para el objeto. La producción produce, pues, el consumo”.

Con sus diferentes grados de complejidad visual, el videoclip debe estudiarse como expresión de un texto con  un  contenido cultural, político  y  social, que puede generar,  al mismo tiempo, veracidad y ambigüedad desde sus propuestas.

Particularmente, el video musical cubano ha adoptado un lenguaje demoledoramente individualista, sexista, muchas veces procapitalista y en algunos aspectos marginal. Salvo honrosas excepciones, en el último período un carnaval de colores, coreografías nudistas, muchachas bonitas y ropa chic, se ha adueñado del espacio que inicialmente fuera para luchar ante la voracidad de la gran industria.

La hipersexualización que está promoviendo este tipo de audiovisual, ha minado muchas estructuras con las que la sociedad asume temas tan sensibles como el amor, la felicidad o los proyectos de vida individuales y colectivos.

Por si el mal resultara poco, los medios de prensa en el país denotan agotamiento ante el debate y ausencia de crítica especializada de forma sistemática. Ello provoca que raramente aparezcan polémicas de carácter plural durante todo el año y no solo cuando Lucas otorga sus premios. Discutir la banalidad, la frivolidad y la violencia del audiovisual musical cubano, parece ser una meta no compartida del todo en nuestros periódicos, revistas e instituciones responsabilizadas.

Tampoco se puede hacer caso omiso al sugestivo fenómeno de las “estrellas” en Cuba, que aun con las restrictivas condiciones tecnológicas para la interacción en las redes sociales o su limitada presencia para suerte de muchos en los escenarios nacionales, comienzan a autodefinirse o emerger como líderes de opinión en la sociedad.

Este particular resulta muy peligroso cuando telones, micrófonos y pantallas múltiples se ponen al servicio de discursos poco orgánicos y exponentes de la disminución cultural más cruda. Cierto es que los creadores del panorama musical en la Isla siempre han tenido voz y ascendencia intelectual, pero ello no ha sido precisamente expresión de desconocimiento, mediocridad o ausencia de responsabilidad social.

Habría mucho que recapacitar en varias y angostas direcciones. En el mundo online en el que nos desarrollamos, la libre elección y la ficticia gratuidad del consumo audiovisual, figuran como carnada para transformar la atención del público en herramienta de inmovilidad ciudadana.

La inmediatez en la información, la fugacidad del metraje, el trinomio casi irresistible de sexo, espectacularidad y música, configuran categorías importantes que interactúan con este asunto en torno a la recepción.

El problema asume rasgos complejos frente a la ausencia de programas de recepción crítica en escuelas, universidades y otras plataformas sociales. Ello implica que lo que pudiera significar un intento por desentrañar verdades, situar mensajes coherentemente y decodificar discursos, se trasluzca en un amputado razonamiento que subyuga la espiritualidad, hace prevalecer el instinto y reproduce los más negativos patrones.

El calco y la copia que aspira a que nos parezcamos e insertemos en el gran mercado y con ello dialogar con el mundo, está decidido a no dejar espacio para el buen gusto, el intertexto inteligente o el divertimento equilibrado. Mujeres representadas como objetos, cosificación de sentimientos, fiestas “locas”, yates, piscinas, barrios pobres, peleas urbanas y muros desgastados por el tiempo, parecen condicionar una y otra vez ese “diálogo con la realidad”.

En Cuba debiéramos realizar un esfuerzo por difundir un interesante libro que se publicó en el año 2015. La Dictadura del Videoclip. Industria musical y sueños prefabricados analiza desde elementos probatorios, el oscuro mundo de la  industria del videoclip y cómo esta ha sido atrapada en los contornos mercantilistas, seudoculturales y homogeneizadores del nuevo sistema mundo.

Analizando la estructura de estas desenfadadas producciones audiovisuales, el sociólogo español Jon E. Illescas advierte la trascendencia hacia lo ideológico y lo axiológico en los consumidores. En el texto quedan a su vez reveladas las relaciones entre estas propuestas y los estamentos político-militares de la gran sociedad capitalista.

En este sentido, Illescas explica que por medio de “una propaganda mucho más seductora que la empleada por las dictaduras, la clase dominante modela a los dominados desde la industria cultural”, normalizando entonces la violencia, el machismo, el egoísmo o la desigualdad como parte de la naturaleza humana.

Retomando como herramienta teórica la noción gramsciana de hegemonía, expone cómo se ejerce el control social a través de la cultura. Establece relaciones interesantes para comprender cómo “clases subalternas” terminan apoyando los valores y la ideología dominante; mediante la imposición como sentido común de un discurso que es siempre favorable a los intereses de los sectores más poderosos.

Estableciendo un paralelismo con las tesis de Illescas, no logro dejar de visualizar en nuestras producciones nacionales contemporáneas buena parte de estos “conflictos culturales”. Aunque intentan pasar como desapercibidos y normales, cada vez con mayor fuerza se expresa el neocolonialismo, la defensa del tener ante el ser y las esencias de la sociedad de consumo dentro del videoclip como esfera cultural en Cuba.
Como recuerda el autor del mencionado texto, “las mercancías culturales como cualquier otro bien o servicio realizado para su venta; se producen en primer lugar no para hacer felices a las personas, sino para que los que inviertan en ellas las vendan y ganen dinero”.

En la Isla no debiéramos desfallecer para que la estrategia del product placement como método aplicado a la industria audiovisual, no encuentre espacio en una producción que desde hace mucho tiempo había logrado voz propia para interactuar con sus públicos nacionales y foráneos.

Por ello discrepo con varios pronunciamientos de los organizadores de Lucas y algunos de los participantes en el programa televisivo que señalé al inicio. Visualizar producciones que nunca tendrán espacio en la gran industria, no resulta en sí misma una respuesta alternativa. Para que ello constituya un espacio “alternativo”, los valores que se expresan artística, ética y estéticamente, deben ser superiores a los de este terreno que pretendemos desafiar.

No es posible continuar rozando una irresponsabilidad cultural muy costosa y dañina que se expresa en la promoción de valores, esperanzas y modelos de vida que generan una distancia considerable con la sociedad que pretendemos construir.

Quizás por eso esperé ver una reacción institucional y también social más contundente, cuando el simbólico machete mambí “evolucionó” a una ridícula versión láser o la fuerza de la historia quedó reducida a una estrecha metáfora de la saga Star Wars. Esta última con un surgimiento íntimamente relacionado al contexto político imperial que emerge de la Segunda Guerra Mundial y que cristaliza durante la última mitad del siglo XX.

Calidad tecnológica y estética tienen que coincidir con más frecuencia, también valores y responsabilidad social. Las instituciones, más allá de proyectos como Lucas, tienen que desempeñar un rol superior, que basado en el diálogo apunte hacia las relaciones monopólicas en las que parece ser está teniendo lugar el desarrollo del videoclip cubano.

Es imprescindible que la institucionalidad garantice el cumplimiento de la política cultural del país, no como expresión centralizadora y mucho menos con función inquisitiva; pero sí ejerciendo mayor criterio en los contenidos y las formas mediante la construcción y el consenso con el artista.

Que nuestros espacios televisivos reproduzcan mediante el videoclip una y otra vez fórmulas extranjerizantes, debería constituir principio de acción para todos los responsables. Que el video musical cubano figure no tener nada más inteligente que mostrar que Hasta que se seque el Malecón, Juntos, pero no revueltos o A ti lo que te duele,  obligaría a repensar lo hecho y también lo que se avecina.

Queda mucho por trabajar para que la vida diaria no asuma con normalidad estas desviaciones y termine condicionada a la metamorfosis en un mal videoclip. No solo porque sería corta, efímera y de poca trascendencia; sino porque responsabilizaría a las presentes generaciones con el retroceso de lo serio, lo realmente bello y lo inteligente en la cultura nacional.

No se trata de debates fantasmas, tampoco de seguir generando dioses manufacturados; hay que ir a lo profundo, encontrar causas y generar soluciones definitivas. El video musical cubano es útil e importante para nuestro tiempo; ofrezcamos resistencia para que no sea convertido ante nuestras miradas, en una estrategia blanda para la simplificación de las conciencias.

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