LA HISTORIA A TRAVÉS DEL AUDIOVISUAL por Rolando Pérez Betancourt

Intervención en el Panel organizado por la Red En defensa de la humanidad en el Congreso Pedagogía 2017 el 3 de febrero de 2017, en el Palacio de Convenciones de La Habana, Cuba.

Para hablar de la historia vista a través del audiovisual habría  que empezar necesariamente por el cine, cuando el cine lo era todo antes de formar parte de ese amplio concepto que es el audiovisual.

Hablo, para empezar refiriéndome a nuestros país, de los días en que Teddy Roosevelt –––tres años más tarde presidente de los Estados Unidos–– desembarca en Cuba con su cuerpo de voluntarios, los llamados rough riders.  Pero antes de plantar un pie en tierra esos soldados, son los técnicos, las cámaras de cine, los que toman posición para recoger la triunfal llegada de las tropas. Y esto tiene lugar en 1898, solo tres años después de que los hermanos Lumiere inventaran el cinematógrafo. Teddy Roosevelt está presente en la toma de la Loma de San Juan, la hazaña más divulgada en los Estados Unidos  en relación con la Guerra Hispano-americana y reconstruida cinematográficamente para ponderarse el heroísmo de la tropa y por supuesto, de Teddy… (No importa que tan solo sea la toma de una loma). Tanto las escenas fílmicas  que  se vieron en ese país como la propaganda de la prensa escrita resultaron esenciales para que el  cowboy Teddy Roosevelt fuera electo, primero gobernador de Nueva York y más tarde,  vicepresidente.

Y posiblemente fueron esas imágenes las primera en dar pie a lo que luego sería la  “americanización del héroe”, sustancia ideológica capital recreada en el cine de Hollywood, vista desde las primeras películas realizadas por esa industria, hasta los días de hoy y que consiste en que cualquier hecho de tintes históricos, narrado en cualquier país, siempre tendrá a un héroe norteamericano resaltando en medio de la lucha de la población nativa contra cualquier  injusticia.

Un buen ejemplo sería la película “Santiago”, producida por la Warner Brothers en 1956 en  la cual José Martí es un regordete de barriga cervecera,  una suerte de vividor viviendo en 1898 en un palacio en Haití, donde contrata los servicios de un contrabandista norteamericano (interpretado por Alan Ladd) para que transporte un cargamento de armas a la provincia de Oriente. El general Antonio Maceo, que recibirá las armas (¡también está vivo  en 1898!), es un soldado de aspecto siniestro y con un  bigotillo a lo David Niven, que viste un uniforme de oficial similar al del Ejército Confederado en la Guerra de Secesión. Antes, como carta de presentación, el Martí de la Warner Brothers le ha dicho al cowboy Alan Ladd que Maceo “ha matado a dos mil soldados españoles con sus propias manos”.

Fueron los tabaqueros de Tampa los que hacen llegar la noticia que se estaba preparando una película donde la imagen de Martí era mancillada, pero fueron los maestros los que promovieron protestas en torno a ello. Tanto que el director de The Havana Post, les acusó desde las páginas de su diario de comunistas. Entonces el embajador Gardner, hace gestiones con Washington, y logró que una copia de “Santiago” se trajera a La Habana y se exhibiera en función privada para demostrar “sus buenas intenciones”. A esta presentación acudieron los ministros de Estado y Gobernación, senadores y representantes y aunque fue  proyectada en inglés y sin subtítulos, los presentes opinaron que no había que hacerle mucho caso a la película, que Martí salía muy poco y lo importante era la actuación de Alan Ladd.

Habría que recordar que las películas históricas que se veían en Cuba, al igual que toda América Latina, con algunas excepciones de México y Argentina, provenían del Hollywood más ramplón, que tergiversa las historias a tono con sus conveniencias comerciales, simplifica los hechos y por supuesto les imprime sus visiones políticas e ideológicas.

Todo el que tenga años para ello recordará que buena parte de la campaña anticomunista imperante en nuestro continente provenía de ese cine, al tiempo que se  trataba de imponer el modelo clásico de vida americana.

Personajes fílmicos  que se van a encajar en la historia para poder contar desde sus individualidades lo que se desea contar: Es así que el mismo John Wayne que aparece como héroe reiterado en numerosas películas durante la Segunda Guerra Mundial, dando la visión de que Estados Unidos ganó por si solo la contienda en todos los frente, será el mismo  que en 1960 dirija y protagonice El Álamo, un burdo  panfleto nacionalista acerca de la anexión de Texas.

Esta fue una película muy criticada en los EEUU y muchos historiadores la criticaron y lo que alegó John Wayne fue el concepto de  John Ford, -que fue la sustentación estética de  innumerables películas suyas-, y es que lo que debe contar el cine americano no es la historia, sino  la leyenda, que es ahí donde está la sustancia dramática, es lo que atrapa. Esto se va a reiterar en muchas películas.

En 1968 Wayne dirigirá “Boinas Verdes” sobre la Guerra de Vietnam, rodada bajo la anuencia del presidente Johnson  y con toda la ayuda del Pentágono, una máxima, la ayuda del Pentágono,  que será una constante en las cintas bélicas de ese país, incluyendo el primer Oscar otorgado a la película “Alas”, de 1927.

“Boinas verdes” de John  Wayne será una de las tres películas sobre Vietnam que se realizarán durante la guerra, todas igual de panfletarias y de un esquema anticomunista que mueve a la risa, pero realizadas con el ánimo  de levantar la moral ciudadana y de reclutar a jóvenes ingenuos. En tal sentido habría  que resaltar el papel jugado por “Top Gun”, dirigido en 1986 por Tony Scott, sobre un joven aviador y sus hazañas en el aire. Realizarla costó  15 millones  de dólares y recaudó casi 400, pero lo más importantes es que pasó a la historia de cine bélico como la cinta que más jóvenes logró reclutar para el ejército. (Por supuesto que realizar  una segunda parte era intención del Pentágono, sin  embargo “Top Gun 2” nunca llegó a rodarse porque poco antes de terminarse las negociaciones entre la Paramount y el Departamento de Defensa salió en la prensa la noticia de que varios aviadores habían violado a unas muchachas en un hotel del sureste asiático,  y se prefirió dejar el tema tranquilo).

La lista de tergiversaciones históricas por parte de Hollywood es interminable, pero quizá el caso  más sonado” sería el “Rambo” de Stallone, alabado por el mismísimo presidente Reagan (“I love Rambo”,  diría él) y esa fue una manera burda, manipuladora de lograr que una guerra que había sido un estigma en la sociedad norteamericana se viera de otro punto de vista. En ella resalta la individualidad, lo cual es una perenne en las historias que cuenta los Estados Unidos, o sea que a partir de un solo hombre de esa voluntad y ese heroísmo,  se gana la guerra.

Les he hablado de películas muy burdas, pero también las hay elaboradas con inteligencia, de manera de deslizar finamente la tergiversación histórica y el eterno mensaje anticomunista y permítanme citar una sola de ella, la muy reciente “El puente de los espías”, realizada en el pasado año por Steven Spielberg. Solo el cine de la guerra fría daría para hablar largo rato como el de la Segunda Guerra Mundial.

Hay un hecho histórico que muestra el papel que juega el cine. En Italia, después de la Segunda Guerra Mundial, todo parecía que iba a ganar el Partido Comunista, entonces empezaron a exhibirse películas soviéticas en las que todo era sin color, se veía miseria, con unas tramas tremendas, a esa películas se opusieron las películas norteamericanas que exhibían el American Way Of Life, llenas de color, con Greta Garbo y hay un estudio muy interesante que revela como esto influyó en que la votación no favoreciera a los comunistas.

Siempre ha existido un acuerdo entre el Pentágono y las películas de guerra, de las que se están haciendo hoy muchísimas. Hay un acuerdo que existe entre las fuerzas armadas y los directores. Las fuerzas armadas ponen todo lo que necesita el filme a cambio de que la bandera norteamericana salga en determinados planos un número de veces acordado por contrato.  Además, el guión es revisado y aprobado por ellos y todo el tiempo hay un ejecutivo del ejército presente en la filmación. En la revisión del guión lo que no les gusta a las fuerzas armadas hay que quitarlo, si no, se le retira todo el apoyo. A veces detrás de una película que uno ve  con gran despliegue técnico, hay una gran cantidad de concertaciones y concesiones.

Por una parte Hollywood necesita de los “juguetes” del Ejército para filmar cualquier escena y  por otra parte, el Pentágono necesita de la difusión y del marketing de Hollywood para promover un perenne estado de  guerra, convencer a los ciudadanos de enlistarse o mostrarse complacientes con un Estado que tolera que sus contribuciones sean usadas para financiar la máquina bélica. Y es que el Ejército se ha dado cuenta de que la propaganda directa no es tan efectiva como la glorificación de la guerra que se hace en las películas. Además existe un lazo profundo entre los grandes estudios de Hollywood, sus dueños y los dueños de las grandes compañías como General Electric, NBC y Universal, que también tienen participación en la industria militar. Por lo tanto, se trata de un negocio redondo.

Tras el derrumbe de las Torres Gemelas en 2001, el asesor principal de W. Bush lo primero que hizo fue visitar a Hollywood para pedir que se hicieran muchas películas que levantaran el ánimo patriótico del pueblo norteamericano, esto ha sido una constante y se repite con un presidente y otro.

Los primeros videojuegos son bélicos y los patrocina el Pentágono. Buena parte de la industria de los videojuegos fue subsidiada en el inicio por contratistas militares, de donde se entiende por qué la mayoría de los primeros juegos tuvieron una inclinación marcial (Atari Combat, Misile Command, Contra, etc.) Y por  supuesto que eso videojuegos  se llenarán de “entretenimientos” dirigidos a eliminar  a personajes históricos, entre ellos Fidel Castro, algo así como si se dijera: lo que la CIA no logró en más de 600 planes de atentados, usted puede hacerlo y al mismo tiempo divertirse desde la sala de su casa.

Detrás de todo ello, las sombras de una hábil maquinaria perteneciente a la industria del entretenimiento, en la que historia, realidad, tergiversación, economía, moda, ideología y pseudocultura se combinan en una gran amasijo  en aras de promover un producto único signado por la banalidad y el desinterés por desentrañar lo que en verdad hacer falta saber acerca de esta conspiración de los sentidos cuya mediocridad  devora cada vez más mundo. Y aquí habría que detenerse para hablar del papel de la televisión e Internet, las imágenes que allí aparece como inmediatez de un  “producto” mercantil  aplicable igualmente a la mayor parte de las redes informativas que envuelven el planeta y que están sujetas a visiones simplificadas y tendenciosas, que luego se convertirán en Historia de tanto repetirse, como lo demuestra la sostenida campaña contra Siria que se ha venido realizando, muy parecida a aquella otra que se libró como espaldarazo a W. Bush en cuanto a que había armas de destrucción masiva en Iraq y, por lo tanto, “¡hay que invadir!”.¡Cuántas imágenes fabricadas en función del engaño!

Pero la historia no es solo la guerra y hay una larga lista de cintas con visiones mentirosas o tergiversadas en función de guiones llenos de fórmulas para atrapar al espectador, cintas en las que la historia es un mero pretexto. Películas de romanos, (Péplum), películas religiosas, sobre las revoluciones, francesa, mexicana, cubana, rusa, sobre la Crisis de Octubre.

Por supuesto que hay  otras cinematografías que han tocado el tema histórico, pero nadie discutirá la influencia en el mundo del cine norteamericano y en especial de Hollywood.

Al respecto, permítanme   recordarles   que si revisan las listas de los 300 filmes más recaudadores en la historia del cine, o los 500, o los mil, no se encontrará una sola película de Bergman, Fellini, Antonioni, o de cualquier otro realizador de calidad de nuestros tiempos.

El desarrollo de la técnica, y el hecho de estar respaldado por una industria millonaria que no le quita el pie al acelerador promocional, hacen que el cine de Hollywood no solo se siga imponiendo en el mundo, sino que sirva de referencia a no pocos  realizadores de otras latitudes que rinden su talento al servicio del éxito más o menos seguro. Sin olvidar el acondicionamiento de un gusto popular, masivo, significativo, que a lo largo de los años no admite transformaciones sustanciales a lo que se ha venido consumiendo, maniobra cultural que está dando lugar a un fenómeno preocupante, y es que  hoy los productores no deben insistir tanto en producir más de lo mismo, ya que son los propios espectadores, enganchados por las viejas fórmulas, los que exigen que no se hagan cambios. (ejemplo el reciente filme “La La Land”, manipulación de la nostalgia y el modernismo con 14 nominaciones al Oscar)

Desde hace bastante tiempo, más del 80 por ciento de las entradas vendidas en el llamado Viejo continente son para ver filmes realizados en los Estados Unidos. América Latina no se queda atrás en ese porcentaje desastroso que hace ver que ocho de cada diez películas que se exhiben comercialmente en el mundo, son norteamericanas.    Los temas espectaculares, y no por ellos menos frívolos,  desarrollados mediante las dramaturgias clásicas inherentes a Hollywood (no importa  que estén llenos de efectos especiales) son respaldados por impresionantes campañas de marketing que invierten en la promoción de las películas consideradas “importantes”, entre un 100 y un 120 por ciento del costo de producción, las que no, son vistas.

Y permítanme recordarles que esa   llamada Industria del Entretenimiento está  especializada en hacer “del entretenimiento” algo insustancial y aparentemente libre de ideología y propaganda, cuando en realidad ocurre todo lo contrario, y un buen ejemplo reciente lo es el serial titulado Comandante, sobre el líder Hugo Chávez, producido por la Sony, anunciado a bombo y platillo desde una supuesta “visión objetiva” y que constituye una ofensa absoluta a la figura del expresidente venezolano.

La historia sigue y el audiovisual seguirá contándola con una evidente desventaja de los países pobres frente a esa Gran Industria del Entretenimiento.

El papel de la crítica y de los educadores se hace indispensable, aunque a veces pareciera que algunos críticos se someten mansamente y olvidan su función desentrañadora. A veces la crítica no quiere ver las maniobras que hay detrás de supuestas visiones postmodernistas para tratar de escatimar algo que sigue siendo importante e inconmovible  desde todos  los tiempos y es la ideología. La ideología existe y no hay quien la niegue. Hay críticos que la niegan y dicen que los tiempos no son ideológicos y están colgados de la brocha del fin de la ideología. Hace daño esa teorización que trata de explicar los nuevos tiempos a partir de las nuevas tecnologías y olvidan que esa ideología esta presente en todos los intentos, en todos los inventos que se hagan. El poder de clase va a estar presente siempre y eso no lo podemos perder de vista.

En tal sentido, las escuelas no deben estar de espaldas a los que hoy ven nuestros alumnos en término de audiovisual. Se necesitan asignaturas al respecto. Un papel activo, constante, ya no para defender posiciones que pudieran ser variadas. No es ver películas para defender políticas de Estado,  sino para hacerles ver a los alumnos cómo la gran maquinaria trata de someternos mansamente. Aprender a ver para lo cual tenemos que aprender a ver nosotros. Así como se estudia Historia, Ciencias Sociales, estudiar el cine vinculado a toda la tergiversación que se recibe. Lucha ardua pero da sus frutos.

Soy partidario de algo que pudiera denominarse la alfabetización del gusto y del conocimiento libre de influencias manipuladoras. El gusto, aunque alguna gente no esté de acuerdo, se puede alfabetizar a partir de un trabajo inteligente y culto. Hay que influir en la gente, no para que piensen como nosotros, sino para que tengan herramientas para analizar, para que no se queden como “enanos intelectuales”. La gente no quiere pensar, igual que no quiere leer y hay que promover el análisis. Hay que discutir las películas, hay que motivar a los alumnos, pero si el maestro está seducido por lo más ramplón de Hollywood (no todo Hollywood es ramplón, pues hay cosas de calidad) pero si el maestro no tiene conciencia de eso, no podrá hacerlo. Eso exige de todos nosotros que estudiemos, que nos convirtamos en espectadores activos, que tratan de superarse y no se queden pasivamente aceptando todo lo que ven.

Algunos se oponen y lo acusan  de entrometimiento, pero es esencial para crecer humana y espiritualmente, en tiempos en que, por desgracia, se lee cada vez menos y las imágenes, y el audiovisual,  dominado por los otros, siguen empeñados en conformar un mundo cultural cada vez más mediocre.

 

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