SABER MIRAR ES SABER ASOCIAR por Rolando Pérez Betancourt

Difícilmente exista una definición del proceso creativo tan simple como la ofrecida por Chaplin al referirse al método para mantener el argumento de sus películas: «meter a la gente en apuros, y después hacerla salir de ellos».

Parecería una receta fácil, pero —talento mediante— ella dio lugar a un símbolo universal (el vagabundo Charlot y sus historias) hoy estudiados no solo por aquellos interesados en el cine, sino también por los que pretenden tomarle el pulso a una época en sus más diversas connotaciones, incluyendo el crack bursátil de 1929, magistralmente reflejado en Tiempos modernos (1936).

El Chaplin que había comenzado como un estereotipo del payaso enredador creció hasta convertirse en un artista pletórico de humanidad y empatía social, a tono con una verdad que buscó y que pocos discutirían: La cultura no debe acomodar al ser humano, sino elevarlo.

Cien años después de aquellos primeros intentos de Chaplin y otros pocos por marcar la diferencia con un Hollywood ramplón y repetidor de fórmulas, sigue reinando en el mundo una subcultura de la ignorancia, que se vigoriza gracias a los encargados de alimentarla: la llamada Gran Industria del entretenimiento, que si bien satisface a muchos con productos reiterativos y envueltos en celofanes, está interesada en la fabricación de un «consumidor tipo» que acepte sin reparos —y hasta se vanaglorie— de la mediocridad intelectual recibida.

Una arrogancia la de algunos de esos satisfechos que nada tiene que ver con el gusto individual, merecedor del mayor respeto, sino que trata de imponerse como una totalidad aplastadora de las diferencias y el discernimiento. Cultura Light manufacturada por especialistas para hacerles creer que están viendo «lo mejor» y lo más atrayente y que ellos, ganados por la publicidad y el consumo fácil, esgrimen con grandilocuencia excluyente, sin permitir que nadie venga con su «rancias teorías» a estropearles el esquema.

Ya no se trata de valorar las películas de Hollywood como se hace con otras procedentes de cualquier país, sino que para los que miran, sin querer asociar y establecer contrastes en favor, o en contra, lo proveniente de esa industria es lo único que vale porque son las películas más vistosas, las de mejores efectos especiales, las únicas realizadas con presupuestos de 150 millones, o 200 millones de dólares, las que, en fin de cuentas, se persiguen en cualquier parte del mundo, como si ese «mundo», del cual forman parte ellos, no fuera el objetivo sobre el cual se centran las millonarias campañas de promoción y mercadotecnia (con sus simbologías ideológicas incluidas, aunque no falten los que se sigan tragando, y repitiendo, el cuento del «fin de las ideologías», ya sea de manera consciente, o porque no reconocen el sabor de la cucharada).

La historia es tan vieja que los defensores a ultranza de ese único tipo de cine —con desprecio para todos los demás— parecen no conocerla. Aquellos espectadores con unos cuantos años, sin embargo, pudieran dar fe de ella: en Cuba se veía, fundamentalmente, tres tipos de cinematografía: la norteamericana, dominadora por excelencia, y la argentina y la mexicana, preferidas estas últimas por los que no sabían leer, o leían mal los subtítulos. Filmes europeos eran pocos y más bien se seguían por personas vinculadas al campo de la cultura. Las películas asiáticas se proyectaban en el Barrio Chino y respondían a un patrón narrativo simplista.

Fue después de la Revolución que las salas diversificaron la exhibición de filmes provenientes de diversos países, no sin traumas para espectadores acostumbrados a las formas y ritmo clásicos del Norte, pero que gradualmente fueron comprendiendo (no todos, por supuesto) que la creación cinematográfica también podía ser un escalón hacia la elevación cultural y la satisfacción estética provenientes de un arte más exigente.

No faltaron buenas y excelentes películas norteamericanas —que no todo Hollywood era cortar y clavar—, como tampoco escasearon los espectadores que se traumatizaron en la transición de Tarzán a Bergman.

Pero cuando muchos probaron el sabor de lo diferente y empezaron a crecer intelectualmente, ya no pudieron irse atrás sin evitar el ejercicio de la comparación como recurso imprescindible del conocimiento. Tiempos dorados en que se corría a ver lo último de Fellini, o Kurosawa, para después no quedarse atrás a la hora de discutir.

En los setenta, con la irrupción del video, nuestra televisión —necesitada de cubrir espacios— se llenó, hasta hoy, de filmes de Hollywood. Buenos, regulares y menos malos, pues los pésimos, por suerte, no tienen cabida en ella.

Al cine se fue menos, mientras que la irrupción paulatina de las nuevas tecnologías posibilitó el consumo masivo de los productos más fáciles y de menos «romperse la cabeza», que es el mayor interés de las grandes superproducciones tuteladas a capa y espada por los defensores de un único tipo de película, la que «los entretenga» a como dé lugar, no importa que se repitan una y otra vez los mismos argumentos pueriles amparados en el desarrollo tecnológico de los efectos especiales.

Pirotecnia de la imagen que se disfruta, ¡a no dudarlo!, porque el cine también es espectáculo, pero a 120 años de su nacimiento para beneficio de la humanidad y la cultura, con tanto talento aportado por artistas y técnicos de buena parte del mundo, nadie debiera contentarse con quedarse solo en la simpleza de la cáscara.

 

Fuente: http://www.granma.cu/opinion/2017-01-17/saber-mirar-es-saber-asociar-17-01-2017-22-01-09

 

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