LA CONDESCENDENCIA CON LOS HÁBITOS CONSUMISTAS/CAPITALISTAS DE LAS MAYORÍAS SOCIALES COMO DISCURSO PROTOFASCISTA por Pedro Antonio Honrubia Hurtado

Desarrollamos la conciencia de clase de la burguesía explotadora, en lugar de conciencia de clase trabajadora. Nuestra condición de trabajadores humildes nos parece frustrante, lo que deseamos es ser parte de la clase privilegiada, y así no solo no nos rebelamos contra el orden social, sino que lo reproducimos y legitimamos como norma de sentido.

 

“Nos dirigimos al gran ejército de aquellos que son tan pobres

que sus vidas personales no tienen el menor significado” (Adolf Hitler)

 

Capitalismo y sumisión psicológica

La conciencia que el sujeto tiene de sí mismo como de algo distinto a la naturaleza y a los demás individuos, según Fromm [1], la conciencia que ello le lleva a tener sobre su propia muerte, la enfermedad y la vejez, le lleva a sentir necesariamente su insignificancia y su pequeñez en comparación con el Universo y con todos los demás que no sean él. Por ello, a menos que pertenezca a algo, a menos que su vida posea algún significado y dirección, se sentirá como una partícula de polvo y se verá aplastado por la insignificancia de su individualidad. Necesita entonces de respuestas que le proporcionen significado y dirección a su vida, sentirse parte de un sistema a través del cual adquiera una identidad, un sentimiento de pertenencia. Es así como se garantiza y se asegura que cada nuevo sujeto de la sociedad esté predispuesto a respetar los códigos sociales establecidos, y, en consecuencia, a no ir contra el orden establecido, a someterse, ya desde su propia individualidad, a un estricto control social garante del status quo. Es el “policía interior” del que se hablaba en el Mayo de 1968. La autosumisión, el autosometimiento a los valores establecidos, la autoanulación de la capacidad crítico/creativa en la acción existencial:

“la «conciencia» es un negrero que el hombre se ha colocado dentro de sí mismo y que lo obliga a obrar de acuerdo con los deseos que él cree suyos propios, mientras que en realidad no son otra cosa que las exigencias sociales externas que se han hecho internas” [2].

Aplicando esta reflexión a la sociedad de nuestros días, podemos decir que la hermenéutica de sentido consumista/capitalista, interiorizada por el sujeto a través de los medios de comunicación, el sistema de enseñanza, las presiones en el grupo de iguales y las propias presiones en el seno de la vida familiar, sirve para anular al sujeto en el desarrollo de su propia identidad, a cercenar la creatividad que le es propia como ser vital, en detrimento de su integración en una colectividad que no establece más diferencias entre individuos que las que vienen determinadas por su estratificación de clases, por la capacidad adquisitiva y el estatus social de sus miembros, que impone sus códigos simbólicos como si de verdades naturales se tratasen, unos códigos que, precisamente, sirven para anular, en el plano de lo común, tales diferencias. La sociedad consumista/capitalista es una máquina de generar sujetos que voluntariamente se acaban por someter a los valores y principios de autoridad que son propios a dicho modelo de sociedad, tanto en lo político, como en lo económico, pero también en lo cultural.

No obstante, tales códigos simbólicos compartidos estratifican la sociedad, pero solo a nivel práctico. A nivel mental, a nivel de valores, unifican y someten a un pensamiento único. El individuo, haciendo uso de las enseñanzas culturales que el sistema le impone, pasa a ser un miembro de la colectividad consumista/capitalista, uno más, muy importante para sí mismo, un exaltador desbocado de su propio individualismo, pero prácticamente un nadie para el conjunto de la sociedad, una insignificante hormiga, salvo por su condición de sujeto alienado por los valores consumistas, con una significación subjetiva cada vez más retraída y homogeneizada a la luz de los estándares simbólicos dominantes. Se ofrece un estilo de vida integrador, en el que el individuo se cree libre, ya que formalmente, se supone, tiene todas las libertades y derechos, pero su capacidad de decisión autónoma está muy recortada.

En eso consiste la ilusión de la libertad en la sociedad consumista-capitalista: en ser libres de derecho, pero esclavos de hecho. Desarrollamos la conciencia de clase de la burguesía explotadora, en lugar de conciencia de clase trabajadora. Nuestra condición de trabajadores humildes nos parece frustrante, lo que deseamos es ser parte de la clase privilegiada, y así no solo no nos rebelamos contra el orden social, sino que lo reproducimos y legitimamos como norma de sentido.

Para qué luchar contra corriente por algo tan complicado como cambiar un sistema político y social injusto, aunque se sea consciente de su injusticia, cuando puedo luchar a favor de corriente por abrirme un hueco en él y adaptarme a sus bonanzas y “privilegios”. Si acaso, cuando vea que mis códigos de sentido dentro de él comienzan a tambalearse, lucharé porque haya un cambio para que las cosas vuelvan a la normalidad, es decir, para que el sistema vuelva a proporcionarme todo aquello que previamente me había prometido, no para que haya un cambio de sistema en sí. Todo ello porque debemos suponer que vivimos, según la doctrina oficial, en el mejor de los mundos posibles. Sólo la imaginación puede colocar barreras a las extraordinarias cotas de libertad que, al parecer, disfrutamos.

La mayoría de gente en la actual sociedad cree saciadas sus aspiraciones de libertad y reconocimiento, esas viejas e históricas aspiraciones de la humanidad, como bien  expusiera  Hegel, aunque en nombre de esa supuesta libertad no sólo se cometan todo tipo de arbitrariedades y barbaridades, sino que, también en su nombre (gran paradoja), se sigue esclavizando, sometiendo, guiando y alienando la voluntad emancipadora de las masas. En otras palabras, como afirma Alfonso López Quintás [3]:

“En nuestra actual sociedad todo parece emprenderse y realizarse en virtud del ideal de libertad. Se defiende como algo consabido, no sometible a matización alguna, y mucho menos a crítica o a recorte, el derecho absoluto a la libertad de expresión. En virtud de tal libertad, se practican toda suerte de manipulaciones y apenas hay quien delate el peligro de que tal actividad quebrante la libertad real de la mayoría de las personas y grupos que integran el pueblo al que se dice servir. Se reclama como un derecho inalienable de toda persona la libertad para hacer toda clase de manifestaciones propagandísticas, pero se silencia el hecho nada baladí de que tal libertad sólo la poseen en realidad unos pocos privilegiados merced a su poder económico. Tropezamos aquí con una gran trampa en la que estamos llamados a caer de bruces si aceptamos ciertos planteamientos que hoy se dan por incuestionables en nuestra sociedad”.

Así pues, en su mayoría, dándonos cuenta o no, acabamos viviendo, sintiendo, pensando, vistiendo, divirtiéndonos y desarrollando nuestros momentos más íntimos, en soledad o acompañados, como desde los diferentes ámbitos mediáticos y formativos nos han dicho que debemos hacerlo, siempre en nombre de una supuesta libertad que en realidad no es tal, sino todo lo contrario: es la viva imagen de la sumisión. Lo hacemos porque así nuestras vidas cobran sentido, un sentido acorde a la mentalidad propia de nuestra época, a las exigencias propias de la sociedad que nos envuelve, mimetizándonos con el resto de la sociedad:

“El hombre moderno se halla en una posición en la que mucho de lo que «él» piensa y dice no es otra cosa que lo que todo el mundo igualmente piensa y dice […] Aún más, nos sentimos orgullosos de que el hombre, en el desarrollo de su vida, se haya liberado de las trabas de las autoridades externas que le indicaban lo que debía hacer o dejar de hacer, olvidando de este modo la importancia de autoridades anónimas, como la opinión pública y el sentido común, tan poderosas a causa de nuestra profunda disposición a ajustarnos a los requerimientos de todo el mundo, y de nuestro no menos profundo temor de parecer distintos de los demás” [4].

Actualmente, esto se genera principalmente a través de la simbología y los estereotipos vinculados al consumo.

El consumismo como fuente para la homogeneización de la sociedad

El consumo implica relaciones de posesión, de dominación, pero también de imitación, siendo el mimetismo cultural un móvil importante para el consumo. Así que allá vamos nosotros, sabiéndolo o no, a mimetizarnos culturalmente con los patrones de éxito que nuestros medios de comunicación nos ponen cada día como camino a seguir para, precisamente, alcanzar el éxito social con el que toda persona debe soñar.

El mundo de los consumidores comparte así un modo de vida y una cultura cada vez más uniforme, donde los grandes supermercados y centros comerciales, abastecedores imprescindibles, son sinónimos de la modernidad. La ciudad misma se ha convertido en un gran hipermercado. Cada día unos mil mensajes nos incitan a comprar artículos que no necesitamos. Nuestra sociedad ha llevado aquella máxima de Marx sobre la “fetichización de la mercancía” en el capitalismo a unos extremos que ni el propio Marx pudo imaginar. Baudrillard (1974) lo explica bien: [En la sociedad de consumo]

“la fetichización de la mercancía es la del producto vaciado de su sustancia concreta de trabajo y sometido a otro tipo de trabajo, un trabajo de significación, es decir de abstracción cifrada –producción de diferencias y de valores-signos–, proceso activo, colectivo, de producción y reproducción de un código, de un sistema, investido de todo deseo desviado, errante, desintrincado del proceso de trabajo real y transferido sobre lo que precisamente niega el proceso de trabajo real. Así, el fetichismo actual del objeto se vincula al objeto-signo vaciado de su sustancia y de su historia, reducido al estado de marca de una diferencia y resumen de todo un sistema de diferencias”.

Estamos inmersos en el consumismo que se alimenta de la influencia de la publicidad y ésta se basa en ideas tan falsas como que la felicidad depende de la adquisición de productos. En la sociedad de consumo no sólo sentimos cada vez mayor dependencia de nuevos bienes materiales, sino que el consumo mismo se ha convertido en un elemento de significación social. Se compra, más allá de para satisfacer necesidades básicas, para mejorar la autoestima, para ser admirado, envidiado y/o deseado. El hombre, en esta como en cualquier otra sociedad, necesita sentirse aceptado y vinculado a su grupo social y cultural. El problema es que, en el consumismo-capitalismo, para ser aceptado en el grupo de iguales es necesario, según nos aseguran los mensajes publicitarios y mediáticos que nos asolan por doquier, cumplir unos requisitos siempre vinculados con la posesión de bienes materiales: un determinado nivel de vida, una manera concreta de vestir, lucir tal o cuales marcas, conducir este o aquel coche, en definitiva, consumir en base a criterios de tipo simbólico para ser alguien en sociedad. El sujeto configura con ello su identidad, una identidad que va asociada a su capacidad para consumir unos u otros productos, unas u otras mercancías, unos u otros servicios.Lo que en esencia busca el sujeto con ello es diferenciarse socialmente de los “otros” que le rodean, competir con ellos y mostrar su valía mediante los objetos de consumo que es capaz de portar frente a aquellos otros. Paradójicamente lo que consigue es justo lo contrario: se mimetiza con esos otros de los que pretende diferenciarse, en tanto y cuanto utiliza, como los demás, unos códigos de valoración social, unas expectativas de sentido, que son iguales para todos los miembros de la sociedad consumista-capitalista, cuando menos para todos los que hacen del consumismo-capitalismo su modo de vida.

Hay entonces una finalidad económica tras el consumismo-capitalismo como dador de sentido para las vidas de las personas, pero una finalidad económica que se enmascara tras, precisamente, ese carácter del consumismo-capitalismo como dador de sentido. Los sujetos dejan de ver su actos consumistas como generadores de riqueza -o como causantes de gasto-, los ven como actos sociales destinados a llenar de sentido sus vidas, o, mejor dicho, destinados a ayudarlos a recorrer el camino de sentido que el consumismo-capitalismo les ha impuesto como código de sentido para sus vidas. Llenar de sentido la vida no es otra cosa  que proyectar un futuro sobre las mismas, mantener unas esperanzas y unas ilusiones activas para no caer en la desesperanza y el agotamiento existencial. Es pensar en el futuro y contemplarlo a modo de un futuro donde la felicidad se hará presente, sea en esta vida o en la “otra”, donde nuestros objetivos como seres conscientes de nuestra propia existencia se verán satisfechos y donde, en definitiva, nuestra existencia adquiere una utilidad, una finalidad, más allá de la propia existencia como tal.

Indignación: el sentimiento del “no hay futuro”

Pero he aquí el problema que comienza a emerger con fuerza en buena parte de estos mismos sujetos que han hecho del consumismo/capitalismo su modo de vida: que cuando miran su futuro dentro del actual modelo socio/económico, lo ven todo negro. El propio consumismo/capitalismo en el que confiaron como motor de su existencia, los está dejando sin futuro, los está arrojando en manos de la duda, la angustia y la desesperación. Después de toda una vida dejándose arrastrar por los valores propios de la sociedad de consumo, habiendo hecho suyos tales valores como principios de vida, de haber pensado que el éxito social es aquel que viene definido por las estructuras de sentido propias del sistema, de no haber cuestionado en ningún momento si dicho sistema es justo o injusto, no de haberse parado a pensar si realmente había algún tipo de alternativa al sistema de valores sociales dominante, de haber creído, consciente o inconscientemente, que simplemente había que dejarse arrastrar por la corriente mayoritaria para alcanzar eso que se conoce como una vida “digna”, de no cuestionar el papel del dinero en la sociedad (es más, habiendo hecho del dinero el motor central de sus expectativas de vida y el guion estrella de las películas de sus sueños), y de no haberse planteado en ningún momento el rol determinante que juega la posesión de la propiedad privada de los medios de producción en la estructura productiva (y la consecuente explotación y control del poder político que de ella se deriva), de repente una generación entera se ha visto abocada a una situación en la que nada tiene, en la que todos esos sueños, construidos sobre el valor del dinero y sobre los códigos culturales propios del capitalismo, se han acabado por convertir en una pesadilla consumista/capitalista: “No consumo, luego no existo”. De la misma manera que hasta hace nada “no pensaron, luego no estorbaban”. Pero por no pensar, no pensaron siquiera que dejarse arrastrar por esos valores, por el “Consumo, luego existo”, por el “tanto tienes, tanto vales”, era una peligrosa arma de doble filo: si no tienes para consumir, dejas de existir; si nada tienes, nada vales. Ahora, cuando de repente han empezado a descubrir, abocados por las circunstancias socioeconómicas, que para la sociedad de consumo nada tienen los que nada puedan poseer, que ellos, en realidad, nunca tuvieron nada y que ahora además tienen menos que nada: no tienen si quiera un futuro de oportunidades al que agarrarse, que, en definitiva, “nada tienen, nada valen”, que han dejado de existir según sus propios códigos de valores previamente interiorizados desde las estructuras ideológicas y culturales de la sociedad de consumo, muchos se han cabreado, y con razón: Se han indignado.

Pero todo hace indicar, a la vista de las diversas manifestaciones que hasta ahora ha tenido dicho fenómeno de la indignación –e indignados no son solo quienes salieron a las calles y plazas desde Mayo de 2011, sino también el que despotrica, y antes no lo hacía, de políticos y banqueros en el salón de su casa-, que lo que se esconde tras ellas es una indignación egoísta, fruto principalmente de la frustración que genera sentir, darse cuenta, que todo aquello que te habían hecho creer, que todos esos códigos de valores que te han hecho aprender como auténticas verdades absolutas, como auténticos valores sagrados, no son más que un engaño, una patraña, una fantasía, una estrategia para que te sometas a unos intereses que no son los tuyos, para que te dejes arrastrar por una sociedad donde para que unos pocos ganen muchos, otros muchos tienen que perder todo. La naturaleza del capitalismo, escondida tras una realidad de ensoñaciones egoístas y consumistas fruto de la alienación, nada más. Es una indignación que nace de creer, de haber estado toda la vida creyendo, que uno “vale por lo que tiene” y que, en consecuencia, al no tener nada irremediablemente te lleva a acabar creyendo, aunque solo sea inconscientemente, que no vales nada: frustración, desencanto, malestar interno. Nada tengo, nada valgo. No consumo, luego no existo.

Ahora, pues, cuando, por ello mismo, el modelo en el que han creído desde hace mucho se les viene abajo y aumenta el desencanto, es inevitable que se abran las puertas a movilizaciones sociales y a potenciales cambios a futuro en el modelo de sociedad en el que estamos insertos. Pero la naturaleza de estos cambios, como bien demostró la historia en la Europa de la primera mitad del siglo XX, es una incógnita y no necesariamente deberán ser cambios en positivo. La realidad actual puede mutar tanto en algo positivo: las transformación del modelo social hacia un modelo que no reproduzca las causas que han generado la “crisis” y el consecuente desencanto, como en algo negativo: la búsqueda de otro modelo que, sin renunciar a la transformación del modelo en lo económico, garantice seguridad y protección a las personas, mediante el recurso a la autoridad de un líder poderoso y tiránico o mediante la tendencia a ensalzar la destrucción de los “cabeza de turco” que vayan surgiendo como forma de hacer sentir poderosos a los que lleven a cabo tal planteamientos destructor, es decir, al fascismo. La cuestión no es baladí y, aunque nos negásemos a querer verlo, está encima de la mesa en nuestros días actuales.

¿Revolución o fascismo?

En positivo, podemos decir que, aunque todavía de manera poco masiva, comienza de nuevo a percibirse que las clases explotadas vuelven a tomar conciencia de su situación de explotación, no tanto, pareciera, por tomar consciencia de sus condición de clase explotada propiamente dicha, sino a consecuencia de la paulatina pérdida de sentido que sus vidas vienen teniendo dentro del modelo consumista-capitalista del cual han interiorizado sus códigos existenciales, a una vez, claro, que sus condiciones socioeconómicas se van viendo degradadas y que, en consecuencia, aquellas ilusiones y sueños que habían incorporado, a través de la publicidad y los medios de comunicación, como códigos de sentido para sus vidas, se van alejando cada vez más de sus realidad cotidiana. La realidad material, la misma de la que emana la superestructura ideológica que sustenta todo el entramado de sentido que han de interiorizar los sujetos en la sociedad consumista, empuja ahora a estos mismos sujetos a cuestionarse y a poner en duda la validez de tal modelo, pese a los sutiles y muy efectivos mecanismos de adoctrinamiento y alienación que el sistema tiene para tratar de evitarlo, pese a la indefensión aprendida a la que dichos mecanismos inducen, como hemos visto. Esto convierte a estas personas en sujetos potencialmente dispuestos a formar parte de una revolución que acabe con el capitalismo, acabando así con las causas, políticas, económicas y culturales que han generado la situación actual de desesperación y angustia por la que atraviesan estas personas. Pero, desgraciadamente, no solo es eso lo que puede potencialmente generar.

En negativo, puede también arrojar a estas personas, como bien analiza Fromm en su obra “El miedo a la libertad”, a los brazos del fascismo. Si la gente se siente sola y desamparada, sin futuro y sin expectativas, el populismo fascista puede abrirse un hueco en base a la promesa de seguridad y confianza sobre conceptos como la identidad nacional, el castigo y la mano dura contra los corruptos y otros causantes de la crisis, el ataque a los inmigrantes u otros grupos sociales tomados como cabezas de turco, y otros planteamientos emocionales del estilo. Si el fascismo es capaz de hacer que estas personas se vuelvan a sentir parte de un proyecto colectivo que los ampara y protege frente a la inseguridad y el desamparo en el que ahora viven, proyectos de estados autoritarios, como los desarrollados en las sociedades fascistas del siglo XX, pueden volver a abrirse paso entre las masas. El ejemplo más evidente lo tenemos en Grecia, donde, aunque todavía minoritarios, los fascistas son ya una relevante fuerza social en el escenario político del país. Pero no solo en Grecia. En Francia, en Suecia, en Hungría, y muchos otros lugares, están dándose fenómenos similares. Cualquiera que se considere demócrata y antifascista no debería obviarlo. Como no debería obviar que las causas que alimentan y fomentan estos fenómenos son múltiples, desempeñando el ámbito del discurso ideológico un papel especialmente significativo, peligroso y destacado. Máxime cuando viene camuflado.

El discurso protofascista del “no somos ni de izquierdas ni de derechas”, por ejemplo, tiene muchas formas de expresarse. Es fácil identificarlo tras el discurso tradicional de la extrema derecha o de los nuevos sucedáneos de ésta al estilo de UPyD o Ciudadanos, pero no se limita solo a estos grupos. La condescendencia que cierta parte de la izquierda muestra con los hábitos sumisos y alienados de la mayor parte de la clase trabajadora en la actual sociedad/consumista es otra de ellas.

La condescendencia con los hábitos consumistas/capitalistas como discurso protofascista

A la clase obrera no hay que demonizarla, pero tampoco idealizarla. La gente se somete voluntariamente al sistema, en tanto que, a fin de cuentas, cuando ya son personas adultas y con capacidad de desarrollar su propio pensamiento crítico, de analizar y valorar sus propias vidas y lo que esperan de ellas, nadie les obliga a renunciar a su identidad y pensamiento propio para asumir la identidad y el pensamiento de la mayoría. El que hayan interiorizado los valores dominantes cuando todavía no tenían desarrollada plenamente su capacidad de razonamiento y análisis crítico, explica el hecho de manera racionalizada, pero no les excusa. Si aceptan tales valores como propios es porque algo obtienen a cambio, ya sea seguridad, ya sea comodidad, ya sea identidad. No tener el valor de rebelarse contra ellos y tratar de modificarlos en lo posible, preferir seguir nadando a favor de corriente que contra ella, es muestra de una sumisión voluntaria. Los que voluntariamente decidieron que preferían pensar y vivir como vive y piensa la mayoría, a pensar y vivir por sí mismos, si no se les cuestiona que precisamente ha sido esa sumisión las que los ha llevado a dónde están ahora, y se los justifica con argumentos tipo “es que la gente es así y hay que aceptarlo“, es bastante probable que, por la propia naturaleza psicológica que ellos mismos han mostrado a través de tales actitudes ante la vida, acepten antes someterse a un principio de autoridad todavía más duro que el capitalista -el fascismo-, que el que se sumen a luchar por el cambio de modelo económico y social hacia una sociedad basada en la cooperación y la solidaridad, es decir, el socialismo. Si su naturaleza psicológica ya les ha empujado una vez a la sumisión y la obediencia total, ¿por qué ahora iba a ser diferente?:

“Si nos limitamos a considerar solamente las necesidades económicas, en lo que respecta a las personas «normales», si no alcanzamos a ver el sufrimiento del individuo automatizado medio, entonces no nos habremos dado cuenta del peligro que amenaza a nuestra cultura desde su base humana: la disposición a aceptar cualquier ideología o cualquier líder, siempre que prometan una excitación emocional y sean capaces de ofrecer una estructura política, y aquellos símbolos que aparentemente dan significado y orden a la vida del individuo. La desesperación del autómata humano es un suelo fértil para los propósitos políticos del fascismo”[5].

Los sujetos que deban hacer la revolución socialista no la harán porque hayan desarrollado una conciencia socialista o se hayan evadido por completo de los condicionantes socio/culturales y psico/sociales que son propios del consumismo/capitalismo antes de hacer tal revolución, eso es cierto. Pero lo es tanto o más que para que haya alguna esperanza de que algo así ocurra en nuestras sociedades, partiendo de estos condicionantes, habrán sido capaces de rebelarse frente a ellos e impulsar un cambio en el modelo económico (y, en consecuencia, político) que rige la sociedad. Si somos condescendientes con quienes simplemente aspiran a modificar un principio de autoridad (el consumismo/capitalismo) por otro (cualquier modelo de sociedad basado en la obediencia al poder que les asegure identidad y seguridad como sujetos), simple y llanamente le estamos abriendo las puertas al fascismo. La historia está ahí para aprender de ella, y ya tuvimos una gran lección entre 1900 y 1945. Yo no exigiré a nadie que nazca con conciencia de clase, pero tampoco aceptaré que aquellos que han desarrollado como propia, siendo clase trabajadora, la conciencia de clase de la burguesía, sus hábitos y modos de vida, los que voluntariamente decidieron someterse a los valores propios de la sociedad consumista/capitalista, legitimando y justificando con ello las desigualdades sociales que le son propias a tal modelo de sociedad, expresan con sus manifestaciones espontáneas un sentir popular revolucionario. Porque es sencillamente falso y, como digo, si no se les crítica y, en consecuencia, se les legitima y justifica en su “espontaneidad”, es más probable que acaben abrazando el fascismo que el socialismo.

Es posible que la izquierda revolucionaria, durante las últimas décadas, se haya alejado de las masas y se haya instalado en un ámbito que de tan hermético que ha sido, basado en cierta intención manifiesta de presentarse ante las mismas como moralmente superior, haya impedido que la gente se haya acercado hasta nosotros y hayan podido desarrollar, a través de ello, conciencia de clase. Pero no es esta la principal razón de que la mayoría social se haya arrojado a los brazos de los valores consumistas/capitalistas, sino que, en todo caso, tal alejamiento sería una consecuencia directa de ese arrojarse a los brazos del consumismo/capitalismo. Las mayorías sociales de los países “desarrollados” llevan décadas rechazando el discurso de la izquierda porque se han sentido cómodas con lo que el consumismo/capitalismo les ha ofrecido como dador de sentido para sus vidas, como proyecto de vida, y por los avances en el bienestar que parcialmente hayan podido disfrutar años atrás. Nunca fueron condescendientes con la izquierda porque, precisamente, esta era la que se encargaba de decirles que sus vidas eran una farsa y que, con sus actitudes, eran cómplices de la explotación y la exclusión social que genera el capitalismo.

Ahora, cuando nos encontramos en estos tiempos convulsos, las cosas no son esencialmente diferentes en ese aspecto. La mayoría social sigue renegando de la izquierda porque sigue viendo a ésta como la que le quiere pasar factura moral por sus desmanes existenciales en el pasado, y el orgullo de muchas de estas personas, ahora frustradas y desencantadas con el consumismo/capitalismo, les impide reconocerlo. Por eso mismo el populismo puede llegar a ser tan peligroso. Abrazando el fascismo podrán liberarse de sus propias culpas, cambiando de modelo, pero no de sistema de valores, y tampoco de expectativas vitales. Culpar a la izquierda de ello es tan absurdo como tratar de justificar la violación de una persona en la ropa que llevaba. La culpa es del violador y no de la persona violada, pero aquellos que quieran decir lo contrario buscarán múltiples formas de racionalizar su pensamiento para, finalmente, acabar encontrando los argumentos que lo justifiquen. Ser condescendiente con los hábitos consumistas/capitalistas que son propios en buena parte de la clase trabajadora, viene a ser uno de estos argumentos.

Es necesaria la crítica revolucionaria

Puede que la izquierda revolucionaria no sea perfecta y no haya sabido hacer llegar su mensaje a las masas, pero, desde luego, los que voluntariamente han decidido someterse a los valores que son propios del consumismo/capitalismo como dador de sentido para la vida de las personas, lo son todavía menos y han hecho todavía menos para que el discurso de la izquierda haya penetrado en ellos. Si no lo aceptan, es imposible que la izquierda pueda llegar realmente a desarrollarse socialmente hasta el punto de aspirar a un verdadero proceso revolucionario. Tenemos tarea por delante. Pero el primer paso para que la izquierda pueda ser alternativa de poder, además de por mantener la propia coherencia ideológica y actuar en consecuencia, pasa inevitablemente porque esas personas que hasta hoy han vivido encantadas por los cantos de sirena del capitalismo, asuman que se equivocaron y que deben romper desde ya con ello. Si no lo hacen, son carne del fascismo casi con toda seguridad. Y, desde luego, ser condescendientes con ellos no los va a sacar de ese papel asumido durante décadas. Solo el análisis crítico y la crítica razonada y argumentada, junto con una praxis coherente y revolucionaria, podrá conseguirlo. Digámosles sin miedo que, como dice el lema antisistema, “el capitalismo no funciona, la vida es otra cosa”. La vida, sus vidas.

 

Notas:

[1]  Fromm (2002)

[2]  Fromm (2002)

[3] López Quintás (1998), Pag. 16

[4] Fromm (2002)

[5] Fromm (2002)

 

Bibliografía:

 

Baudrillard, J. (1974): “La sociedad de consumo. Sus mitos, sus estructuras”, Barcelona.

Fromm, E. (2002): “El miedo a la libertad”. Paidós. Barcelona.

López Quintás, A. (1998): “La revolución oculta“. PPC, Madrid.

 

Tomdo de : Una especie en peligro

 

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