DESDE ARGENTINA: ELOGIO DE LAS POLÍTICAS CULTURALES por Horacio González

Nunca fue fácil definir qué es y cómo se desarrolla una “política cultural”, por la naturaleza expansiva e inestable del concepto de cultura. Cuando se lo alberga solo institucionalmente se achica y si se le adhieren significados antropológicos muy genéricos, se lo diluye en una totalidad abstracta. Durante los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner vimos todas estas posibilidades en forma viva, como una querella permanente pero necesaria.

Desde el punto de vista de la cultura entendida como infraestructuras, financiamientos artísticos, espectáculos masivos, producción y subsidiamiento de obras, hubo una gran actividad, circulación de ideas, de personas y creaciones. Hoy se pone bajo una fuerte impugnación esos financiamientos, pero mientras se los reproducen bajo el signo de una mayor precariedad de concepción o se bucea a través de obviedades que introducen numerosas dudas, como las leyes de mecenazgo –como la que tiene la Ciudad de Buenos Aires, que son siempre legislaciones de doble filo donde el interés empresarial termina rigiendo la acción cultural-, nadie se anima a hacer un balance preciso de los que significaron estos años transcurridos bajo el signo de la gran movilización cultural. Por el momento, al parecer, nos limitamos a asistir a periódicos embates y denuestos sobre los “oficialismos culturales”, sometidos a una maquinaria que expele sospechas por doquier.

Sería más sensato tomar las obras producidas, en sus diversos estilos, géneros y tecnologías y cotejarlas con las tan cambiantes atmósferas de época. En el aspecto cinematográfico fueron cuantiosas e impulsaron un gran movimiento de renovación cuya balance crítico está por ser hecho, a lo que muchos rehúsan pues prefieren masacrarlas porque no tenían público, lo que no es verdadero, o porque atendía previas vinculaciones amistosas, lo que tampoco es cierto. En el caso de las menos elegidas por las audiencias, eran obras innovadoras y de lenguajes desafiantes que antes se veían despectivamente por parte de las instituciones públicas absorbidas por criterios mercadológicos exclusivamente. Lo cierto es que durante el gobierno anterior, se impulsaron innumerables obras vanguardistas, que sin duda, pertenecen a traiciones no ligadas al Estado –incluso muchas veces lo impugnan-, pero en este caso la instancia estatal, aunque no explícitamente, sentía que debía sentirse desafiada. La cuestión cultural y la cuestión comunicacional están imbricadas de un modo más complejo, más allá que sus distintas institucionalidades establezcan toda clase de heterogeneidades, que en el último trasfondo del signo cultural no puede haber drásticas separaciones o las hay de otra manera. Por eso, durante las gestiones anteriores, se multiplicaron las iniciativas comunes entre instituciones públicas de la cultura y canales públicos, ofreciendo series televisivas muy elaboradas, cuya raíz era la literatura argentina clásica revisitada. Instituciones como la BN y el MNBA salían de sus cartujas habituales para aventurarse en terrenos de fuerte vecindad, sin perder sus funciones esencias, hacia el contacto digno con las tecnologías masivas de la imagen.

Gran apuesta donde siempre latía la idea de canales propios de esos organismos y énfasis televisivos puestos sobre aspectos de la cultura no diluídos en la facilidad apriorística del público comercial genérico, imaginado por los gerentes de contenido de las empresas privadas. Es posible pensar que en estas experiencias, que fueron ahora interrumpidas, había mucho más pluralismo –aunque esta expresión se empleó menos- que lo que ahora existe baja esta palabra que se emplea con frecuencia ritual pero notorios efectos de vacíos de significados. Para un balance específico, habría que seguir las distintas definiciones que se fueron dando por parte de los Secretarios de Cultura, y luego de la ministra Teresa Parodi; comenzando con la etapa Di Tella, donde predominó una idea de “cultura de la industria” o mejor, de una historia de los equipamientos industriales, que el mencionado Secretario intentó realizar en Jujuy, antigua localización de los Altos Hornos Zapla –de compleja historia, y en la que en pasado, el padre del Secretario, el industrial Torcuato Di Tella, había fabricado los refrigeradores necesarios para la explotación de hierro.

De alguna manera, Tecnópolis heredó su idea al convertís e en una suerte de parque de la historia industrial argentina y espacio lúdico popular, hoy desmontado en su sentido primigenio y solo empleado como hangar de exhibiciones ausentes de una programación coherente. Era sin duda, una experiencia en ciernes, que se interrumpe ya sea desviándole el sentido o desmoralizándola –no sin extraer de ella algún fruto inmediatista o vicario-, al igual que el Museo de Libro y de la Lengua de la Biblioteca Nacional, que han desactivado solamente dejándolo languidecer, desconociendo la importancia que para una política de fondo adecuada tiene tratar la cuestión de la lengua como ocurrió permanentemente en la historia de la cultura argentina de Echeverría a Borges y de Oscar Masotta a Marta Elena Walsh. Otros Secretarios impulsaron experiencia como Café cultura y Libros y casas, ideas perdurables que movilizaban la lectura domiciliaria y la voz del conferenciante itinerante por todo el país (en el tramo específico de la gestión de José Nun, que definió la cultura en su doble aspecto de obras consagradas y formas de vida popular, subyaciendo cierto aire gramsciano aquí). Cualesquiera que hayan sido las diferencias posteriores, este período hay que asumirlo plenamente, porque de lo contrario no habría balances para realizar y el ejercicio reflexivo sobre el inmediato pasado se transformaría en una serie de páginas en blanco omitiendo entonces que son historias efectivamente sucedidas, y justamente de ellas tenemos que hacernos cargo. Luego cambió el signo de la Secretaría de Cultura por una raíz más nacional y popular a través de la gestión de Jorge Coscia, interesada en la vida culturan en zonas carenciadas, periféricas y asentamientos precarios, con nutridas y variadas concurrencias plurales a eventos internacionales del libro, atención renovada a las industrias culturales con motivo central en la producción multidimensional de obras (estado y pequeñas empresas de producción en mesas diseminadas de convenios, lo que llegó a adquirir gran repercusión nacional), todo lo cual ocurría con un simultáneo proyecto de la Cancillería para financiar traducciones de autores argentinos a idiomas de países que contaran con editoriales locales como co-partícipes.

La fundación del Ministerio de Cultura, largamente demandada, a cargo de Teresa Parodi, coronó estos diversos movimientos, que revelan que “políticas culturales” es una expresión genéricamente temática que puede involucrar actividades de múltiples entidades, no solo la que específicamente está destinada a ello, por lo que se precisa una definición de la singularidad cultural sostenida por la institución del ramo y una definición universalista aunque con precisión de casos, espacios y decisiones, que pueden emanar de la inherente plasticidad e implicación pluri abarcativa del concepto de cultura. En el escaso tiempo de su gestión se trazaron grandes líneas de trabajo y comenzó a funcionar el Centro Cultural Kirchner. En este mismo transcurso, se realizaron importantes reuniones internacionales –especialmente en el Teatro Cervantes-, con la presencia de figuras centrales del pensamiento crítico internacional. Pongamos un nombre a lo ocurrido: pluralismo. Solo que este nombre no fue utilizado pero sí enlazado con prácticas efectivas, y quienes lo utilizaron y utilizan lo desmienten a diario. Llaman pluralismo a la ampliación vicaria de su propio núcleo replegado en una lengua meliflua y repleta de planos encubiertos, y que masculla sus oraciones de tolerancia con un tono replegado de inminente amenaza.

Que cultura tenga una acepción, por vía del lenguaje, ligada al sentido común implícito y a las prácticas colectivas que abarca toda acción humana, no exime de responsabilidades a las instituciones específicas que se encargan de ampararla, sostener y suscitarla, así como a las que no son específicas, y sostienen sus propias áreas culturales. Ese tejido complejo, nunca enteramente articulado, ahora está sometido a una fuerte coacción. ¿Es por necedad, falta de ideas, indolencia corporativa? Puede ser, pero principalmente porque todo su pensamiento está destinado a la oscura fatalidad de negar todo lo que se hizo, lo que los invita cómodamente a enredarse en su propia trampa conceptual: repetir lo ya hecho pero como parodia, caer en manos de mecenazgos empresariales o desdibujar con abstractos ordenamientos la forma vivida que supieron tener y fomentar los medios comunicacionales públicos (hoy decadentes) y las entidades de cultura (hoy languideciendo entre el miedo y la voluntaria parálisis). Ante eso, no es impropio pensar en el elogio de las políticas culturales del período anterior, que con desdichadas elucubraciones se intentan exorcizar o penalizar por las más diversas formas, a veces crueles, del vulgar descrédito.

 

Fuente: Revista Independencias 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s