RAZÓN INSTRUMENTAL/TECNOLÓGICA O DEL POR QUÉ PIENSAS COMO PIENSAS

     Y así, en este proceso inductivo (aquél que va de lo particular a lo general), empezamos, hace un par de semanas, por el elemento más bajo, por Silvia (trabajador), subimos en la escala a la multinacional versus pymes, y por último, y para cerrar esta trilogía, llegamos, a la razón (elemento básico que hace que pensemos lo que pensamos y por qué lo pensamos). Razón que engloba a todo este sistema.

       La razón es el elemento clave de todo el proceso, pues sin ésta no son entendibles los otros dos. La razón es la que nos proporciona instrumentos para desenvolvernos en el mundo, para discernir una cosa de otra, para poder llegar a ser verdaderamente libres (pues esta capacidad, aplicada en grado elevado, es la que nos diferencia del resto de animales). Pero, ¿qué pasa cuando mi razón, mi forma de pensar, viene manipulada desde el principio como ocurría en “Un mundo feliz” de A. Huxley? ¿Soy libre, o no lo soy? ¿Realmente mi pensamiento es mi propio pensamiento? ¿Pienso lo que yo quiero u otros me dicen lo que tengo que pensar? ¿Soy consciente de ello?

       La r.a.e. define la razón como “facultad de discurrir”. Y discurrir vendría a significar “reflexionar, pensar, hablar acerca de algo, aplicar la inteligencia”. Así, si aplicamos la razón, estamos mostrando síntomas de inteligencia.

       A lo largo de la historia la razón deviene de múltiples formas. Así, como sabemos, no hablamos de lo mismo cuando nombramos a la razón occidental o a la razón oriental, o cuando hablamos de una razón comunicativa o de una razón instrumental o de una razón sustantiva, ni de razón teórica, ni de razón práctica….. Son diversas formas, diversas maneras, en definitiva, diversos usos de utilizar aquello que nos es propio, la razón. Pues como muy bien sabemos, y como podemos comprobar, no pensamos lo mismo nosotros que los africanos, ni que los habitantes de China, ni que los componentes de una tribu amazónica. Esta razón se ha ido forjando a lo largo de los siglos en una determinada comunidad.

       Pues bien, nosotros hoy nos fijaremos en la que nos es más cercana, la nuestra. Y no es que dentro de nuestra historia occidental haya una única forma de entender la razón, pues ésta va evolucionando a lo largo de los siglos (pues no pensamos lo mismo ahora que en la Edad Media), incluso dentro de una misma época y de una misma sociedad hay diversidad de formas de entender, o de hacer uso de la razón, incluso de despreciarla. Pero, hoy nos centraremos en una en concreto, la razón instrumental/tecnológica, la racionalidad instrumental/tecnológica (hay autores que hacen una pequeña diferencia, pero no me detendré en ella). ¿Por qué en ella? Pues porque considero (junto con la llamada “Escuela de Frankfurt”, conjunto de pensadores que desarrollaron un pensamiento crítico y reflexivo de esta sociedad) que es el prototipo de todo lo que está pasando a nuestro alrededor, que toma la forma del por qué pensamos como pensamos y del por qué actuamos como actuamos. Ya que sin ella no es entendible que Silvia, con 12 años esté trabajando y que las multinacionales actúen de la forma que lo hacen, sin ningún tipo de escrúpulos, y que nosotros lo hayamos aceptado y prácticamente no nos afecte, y que incluso participemos activamente de tan descabellado tinglado. ¿Qué nos está pasando? (Alto en la lectura, sorbo de vino, reflexionamos unos instantes y proseguimos. Mmmmm, reflexionamos un poco más y proseguimos :)).

       Así, diremos que nuestro ver, percibir,…. está mediado por la sociedad en que vivimos. Lo que distingue a nuestra sociedad de cualquier otra anterior es su objetivo de acumular bienes indefinidamente. La consecuencia que se produce es obvia, y ya la hemos estado planteando en los dos anteriores escritos (el tú pasa a un segundo plano, el que no me importa realmente lo más mínimo, solo me importa el yo, o mi círculo inmediato, y el acumular bienes indefinidamente, cueste lo que cueste y caiga quien caiga, pues no soy capaz de ver más allá). (Y es curioso y hago un inciso, pues 2500 años antes, un tal Aristóteles dijo que “la avaricia es incurable”, cosa que de ser cierta me parece, realmente, más que preocupante por cómo se está moviendo el mundo). Y este no ser capaz de ver más allá, fruto de una alienación (“proceso mediante el cual el individuo o una colectividad transforman su conciencia hasta hacerla contradictoria con lo que debía esperarse de su condición”, también definido por la r.a.e. como “sacar a alguien fuera de sí, entorpecerle o turbarle el uso de la razón o de los sentidos”) de la propia razón, del propio ser, nos está llevando a consecuencias que se podrían calificar como catastróficas para el propio ser humano. ¿Por qué? Pues porque está dejando de ser él mismo, está dejando de actuar como debiera, porque está instrumentalizándose (utilizar a otros y utilizándose a sí mismo como mero instrumento) y cosificándose (haciéndose cosa) el propio ser humano. Está dejando de pensar por él mismo, de sentir, en definitiva, de ser. Y esto es realmente grave por todo lo que ello conlleva.

       Así, como muy bien critica la llamada “Escuela de Frankfurt”, el sistema productivo, la sociedad de consumo, se frotan las manos, pues acaban ofreciendo lo necesario para que todo ello se perpetúe. Y es que nos vende unos hombres y mujeres de revista, una “necesidad” de ipods, de smartphones, de llevar ropas de marca,…., incluso hasta cuando queremos evadirnos, no se nos ocurre otro sitio que el que vemos en los escaparates de las agencias de viaje; y así nos evadimos mientras damos beneficios a la industria del ocio.

¿Dónde ha quedado nuestra imaginación? De este modo, nuestra razón, nuestra libertad ha quedado radicalmente adulterada, y lo que desea ya nada tiene que ver con lo que uno es, sino con lo que la producción y el sistema necesita para su perpetuación. Así, este sistema nos domina y explota, no en contra de, sino precisamente mediante nuestros propios deseos.

Nos han dicho, nos han vendido, nos han convencido de que para ser nosotros mismos, para realizarnos, en definitiva, para ser felices, solo necesitamos lo que el propio sistema nos vende (y mediante lo cual se perpetúa indefinidamente) ¡Mentira!

Por eso, afirmará H. Marcuse “las consecuencias fueron nefastas para las posibilidades de supervivencia de una conciencia crítica”. “La verdad no podía oponerse al orden dado, ni la razón hablar contra él. El resultado no fue solo el escepticismo, sino el conformismo.” “Razón y revolución. Hegel y el surgimiento de la teoría social”. Todo ello, fruto de una manipulación de las conciencias, de una manipulación de las necesidades, ha dado como resultado la atrofia de los órganos mentales adecuados para comprender las contradicciones y las alternativas, y surge ese sopor del que hablamos, esa sensación de falsa felicidad. Se nos ha anulado el deseo de algo diferente. Por el contrario, lo que deseamos nos incrusta más y más en el engranaje y nos hace parte de él. (Hay una frase que utilizan mucho los publicistas, y es la siguiente: “la gente feliz no interesa, porque la gente feliz no consume”. Por eso se nos crean unas “necesidades” que no son tales, ¡para perpetuar el propio sistema! Necesitan que la gente no sea feliz con lo poco o mucho que posee. ¡No! ¡Tú necesitas más y más! dirán. beixw42ccaa-of-jpg-largeY es que se necesita crear una insatisfacción permanente para que susodicho tinglado funcione, así de simple y así de complejo a su vez.

Pero, en realidad, tú no necesitas el último móvil, ni ropa de marca, ni dos coches, ni cuatro televisiones, ni ipod, ni ipad, ni libro electrónico, ni demás mierdas que el sistema produce y que te está generando una elevada ansiedad, pues es así como funciona. No hay más que ir a determinados comercios con la música muy alta, para generarte dicha ansiedad, el usar eslogan tipo “yo no soy tonto” si no compras en ellos, “la chispa de la felicidad”, pero ¡¡¡¡qué es todo esto!!!! No necesitas ir los días festivos a un centro comercial, con sus luces, ir y venir de gente, con sus mil y una cosas que te ofrecen (y que no necesitas) y te ciegan (pues el ser humano para descansar y desconectar necesita encontrarse con lo que verdaderamente es, naturaleza, por eso en vacaciones vamos a la playa o a la montaña). ¡¿Y no nos damos cuenta?! El ser humano, como diría Ortega, acaba sintiendo estas necesidades secundarias como más “necesarias” que las propias necesidades primarias (básicas).  Y así, ya no hace falta una represión violenta, pues el propio sistema se ha encargado de ejercer un control sobre la propia persona, ya convertido en individuo. Este control se ejerce no sobre la acción exterior del hombre, sino sobre la estructura íntima de sus deseos; de tal forma que el control se ejerce en forma de autocontrol, de autorrepresión. Así, con dicha alienación y creyéndonos libres, ya solo deseamos consumir lo que la industria produce para que siga funcionando la máquina a la que estamos uncidos. Entonces hemos de preguntarnos, ¿qué tipo de represión es esa que sigue en juego con tanta o más fuerza y sutileza cuando parece que ya no es necesaria?

El individuo vive su represión libremente. Desea lo que se espera que desee, sus satisfacciones son provechosas para él y para otros; es razonablemente, y a veces, incluso exuberantemente “feliz”. Así se aniquila todo potencial antagonista, todo deseo alternativo; se cierra lo que constituía la esencia del pensamiento crítico. Por eso decimos que se ha producido un “eclipse de la razón” manifestado en la conversión de la razón en mera “razón instrumental”, al servicio de la dominación de la naturaleza y de la explotación de los hombres.

       Para Horkheimer y tantos otros, el sistema representa la generalización de la pobreza; pobreza para el individuo precisamente allí donde tiene más cosas, de las que no puede gozar porque ya no le queda tiempo, pero cuyo consumo en cantidades industriales es esencial para el sistema. Éstas son las consecuencias de la confusión entre los fines y los medios, medios que se han convertido ya en fines. Todo tiene sentido en función de algo que yo no puede tenerlo. Sin sentido del que ya no somos conscientes.

       “Lo racional es lo útil” se proclama a los cuatro vientos en esta sociedad. Es racionalmente correcto y, por tanto, verdadero, lo que sirve para algo. Lo que no sirve para nada es racionalmente desechable. Pero, yo pregunto, ¿es cierta esta afirmación? Así los coches, los electrodoméstico y demás cosas útiles son, por tanto, fines que “debo” perseguir (olvidando que son solo medios). Que el hombre pretenda ser señor, vivir para sí, jugar, ver una puesta de sol,….. hacer cosas que no “sirven” para nada se ha hecho sencillamente irracional. Hemos olvidado que el hombre es un fin que transciende toda utilidad, denunciará Marcuse. Al determinar todo valor como utilidad, es decir, en función de otra cosa, resulta al final que no queda nada valioso. Lo que emerge es un yo que carece de valor. Y es que el hombre debe guiarse por fines, por valores o ideales concretos, que den sentido a su vida y a su muerte, si es que realmente quiere ser feliz.

       Decía J. P. Sartre que “el hombre nace libre, responsable y sin excusa”. Así que, si realmente nos creemos libres y queremos serlo debemos asumir la responsabilidad inherente a nuestro propio ser y a nuestros propios actos. Somos (tú y yo) responsables de que Silvia y millones de niños trabajen, pues compramos los productos que ellos han fabricado (¿qué pasaría si nadie comprara dichos productos? Te aseguro que las grandes empresas cambiarían su política). Somos responsables de que haya una mamá y un papá trabajando un domingo en una gran superficie, en vez de estar con sus hijos jugando y viéndoles crecer, porque nosotros nos aburrimos y vamos a dichos grandes almacenes; sí somos los responsables últimos de que ese niño no pueda estar con su papá/mamá, pues si nadie fuera a ellas un domingo, no tendría sentido poner a una persona allí. ¿O es qué no hay más días para comprar? ¿Por qué no ayudamos a que pueda vivir la familia de aquélla persona que tiene una tienda (de lo que sea) en la esquina de mi calle? ¿Por qué no consumo los propios productos que ha producido mi compañero? ¿Por qué me enorgullezco de un pantalón o de una camiseta que me ha costado 2 euros? ¿De verdad pensamos que no hay nadie detrás fabricándolo? ¿Realmente “necesito” tanto y tanto? ¿Realmente me importa alguien que no sea yo? ¿Qué nos está pasando? ¿No pensamos en el otro? ¿Tan nublada tenemos la mente?

       No sé, quizá sea cierto que nos han nublado la vista y la razón. Nos la han nublado y nos la hemos dejado nublar. Quizá no seamos tan libres como nos creemos. Pero el ser hombre no es una excusa, es una responsabilidad. Apaguemos los televisores, cojamos un libro (sea el que sea) y empecemos a imaginar, desenchufemos los ordenadores, desconectemos los móviles y disfrutemos de una buena conversación con amigos, con la pareja, con quién sea, tengamos tiempo real para nosotros, para pensar, descansar o escribir, tiempo para estar con los hijos, para verlos crecer. Tiempo dedicado a imaginar que otra vida es posible, que no está todo perdido, que tú eres tan tan valioso que sin ti no hay esperanza ni cambio posible, que sin ti….. este mundo está perdido.

¡Despierta!

¡Sal de ti para volver más tú!

Nota: Simplemente, lo que se pretende con estos escritos, y lo que realmente me gustaría, querido lector, es que tanto tú, como Silvia, como los millones de personas que hay en el mundo, es que seáis felices.

Fuente: https://elementodelainsurreccion.wordpress.com/2013/11/17/razon-instrumentaltecnologica-o-del-por-que-piensas-como-piensas/

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