GUERRA CULTURAL: LA HISTORIA EN LA MIRA por F. Suárez y A. Martínez

 

Estamos sometidos a una guerra —no menos peligrosa para nuestra sobrevivencia como nación— que se libra en el ámbito cultural e ideológico, y tiene a la historia como uno de sus blancos principales. Acerca de esta realidad y cómo contrarrestarla habló a Trabajadores el Máster en Ciencias René González Barrios, presidente del Instituto de Historia de Cuba.

 

¿Por qué ese ataque a la historia?

 

Por supuesto que desacreditar la historia, los héroes nacionales, desmontar los símbolos y simplificar o satanizar las culturas autóctonas, forma parte de las tácticas a emplear en pos del objetivo estratégico de Estados Unidos de imponer su hegemonía. El mundo vive hoy uno de los momentos de mayor tensión en la historia de la humanidad. Nunca un imperio llegó a alcanzar tal poderío global. Ese poder se extiende a los ámbitos militar, económico, tecnológico, y cultural.

En  los albores del siglo XXI continúa siendo la primera potencia mundial, pero en todos, siente que cede importantes espacios a nuevas potencias emergentes que se consolidan día a día. China y Rusia constituyen hoy sus principales preocupaciones. América Latina, su traspatio seguro de ayer, se independiza por día. ¿Cómo contrarrestar la pérdida de influencia? Poco después de concluida la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos desplegó toda la maquinaria estatal, con sus disímiles agencias, para imponer al mundo su modelo cultural y político.

La guerra fría fue una conjugación de guerra de ideas y confrontación y puja bélica. En esa porfía resultaron victoriosos, y llegaron a pensar y propagar, que con la desaparición del llamado socialismo real, desaparecía la historia. Craso error. De todos modos, quien en lo adelante conculcase su proyecto hegemónico estaría condenado a enfrentarlo o correría el riesgo de desaparecer como nación. La historia reciente es sumamente elocuente. Ahí están los ejemplos de la ex Yugoslavia, de Iraq, Libia, Siria, por solo citar algunos casos.

En un planeta interconectado por las redes de Internet y cada día más dependiente de los escenarios virtuales, para la sobrevivencia de Estados Unidos como superpotencia global debe imponer a sus rivales no sus armas nucleares (inútiles desde el más elemental análisis de raciocinio humano, por las consecuencias de su empleo), sino su modelo cultural y a eso han apostado y seguirán apostando como su principal fortaleza. Así lo hicieron contra el campo socialista y continúan haciéndolo hoy no solo contra potencias como China o Rusia, sino también contra estados árabes o latinoamericanos, como México, Venezuela o Bolivia, a las que tratan de imponer modelos totalmente ajenos a sus culturas milenarias.

Estados Unidos ha sido patria de grandes intelectuales, músicos, actores, artistas de la plástica y creadores de las más disímiles expresiones del arte y la ciencia, que han trascendido en el tiempo por su genialidad. Mark Twain, Ernest Hemingway, George Gershwin, Aaron Copland, Leonard Bernstein, Glenn Miller, Arthur Miller, Francis Ford Coppola, John Huston, Humphrey Bogart, Candice Bergen, Meryl Streep, Elvis Presley, Michael Jackson, Aretha Franklin, y cientos más. Esa cultura es universal y válida. Sin embargo, la cultura chatarra que preconiza el consumismo, el individualismo, la violencia, el sexo, la prepotencia y el patrioterismo imperial, entre otros temas, son lascivas y tratan de imponer contagiosos modelos de hábitos y conductas ajenos a la realidad y a los intereses de los pueblos del planeta.

En este contexto, el desmontaje histórico a través de los soportes culturales, en especial el cine y la literatura, han sido armas perennes para la maquinaria política y cultural norteamericana.

Puedo citar cualquiera de las versiones de la película El Álamo, para que aprecien a los invasores colonos tejanos como víctimas, y a los soldados mexicanos como villanos crueles e inescrupulosos.

El talento de Walt Disney, un verdadero genio del cine, fue utilizado por el imperio para introducir en sus filmes discursos y símbolos políticos anticomunistas. La industria del cine estadounidense ha tergiversado históricamente la historia de Cuba. Tres ejemplos infames son: Mensaje a García, de Darryl Zanuk, donde aparece un teniente Rowan viviendo una aventura en la guerra de independencia de Cuba, que nunca vivió, y un general Calixto García agradeciendo de manera apasionada la intervención de EE.UU.; Santiago, protagonizada por Aland Ladd y Rossana Podestá, donde aparece en 1898 José Martí viviendo en un palacio con esclavos negros en Haití; o más cercana en la fecha, la película Che, protagonizada por el actor egipcio Omar Scharif, financiada, asesorada y producida por la CIA, a solo dos años del asesinato del Guerrillero Heroico.

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La historia es una ciencia y los historiadores llegan a conclusiones después de serios y complejos análisis de fuentes y datos. Los estados sustentan sus proyectos nacionales en la fundamentación de su historia en el más amplio espectro y en el estudio de sus raíces.

Atacar esta columna vertebral de la cultura política de un pueblo y desmembrarla, lleva inevitablemente a su destrucción. En el empleo de esta estrategia, el imperio norteamericano es experto.

 

En esa labor de desmontaje de la historia de Cuba, ¿en qué aspectos se hace hincapié y cuáles son los destinatarios principales?

 

En el caso de Cuba la estrategia norteamericana está orientada a deslegitimar a la Revolución cubana y nuestro proyecto socialista de nación. Estados Unidos, como imperio, en su egocentrismo hegemónico global, no puede perdonar los tremendos impactos de la Revolución cubana en la historia universal, en la segunda mitad del siglo XX y lo que va del XXI. La Revolución en sí, ha sido un gran desafío; una prueba irrefutable del valor de las ideas y de la inteligencia de un pueblo junto a sus líderes.

La Revolución cubana de 1959 es el resultado de la acumulación de los mejores valores, de los hijos de un país que vivió la más cruenta guerra continental del siglo XIX, y vio mutilado su derecho soberano a causa de la tutela impuesta por el naciente imperio que le arrebató la victoria. Generaciones de cubanos crecieron escuchando las prédicas patrióticas de sus maestros y reflexionando sobre las frustraciones del 98, de 1906, de 1933, de 1952.

La Revolución cubana se multiplicó en el África descolonizada; en Sudáfrica sin apartheid; en la nueva América revolucionaria y nacionalista que representan Venezuela, Bolivia, Ecuador, Nicaragua, Argentina; en las Antillas solidarias; en cada rincón del mundo donde un médico o un maestro cubano ha puesto su grano de arena para construir un mundo de justicia y solidaridad.

Cada votación contra el bloqueo en la ONU es una muestra de la legitimidad de nuestro proyecto y del fracaso de la política imperial.

El imperio, impotente ante los logros, trabaja para insertar en las nuevas generaciones –principalmente en la juventud que como consecuencia de la genocida política del bloqueo ha vivido inmersa en inevitables limitaciones económicas–, gérmenes de desconfianza hacia la generación histórica que durante más de 55 años ha dirigido nuestro país.

Para ello edulcoran la década de los 50 como época de esplendor económico y supuesto boom de desarrollo nacional, y la figura de Fulgencio Batista como la de un estadista centrado en materializar un proyecto de desarrollo nacional integral y armonioso.

Por supuesto, los cantores de estos sones no profundizan en las corruptelas, pobreza, demagogia política, altos índices de marginalidad y subdesarrollo del campo cubano, ni en los crímenes y desmanes que la represión batistiana desató en la isla. No mencionan la ilegalidad del golpe de Estado del 10 de marzo y cuando recuerdan la fecha lo hacen para significar a Batista como el hombre que puso orden al pistolerismo desatado en la isla durante los Gobiernos auténticos.

El terrorista de origen cubano Carlos Alberto Montaner, ídolo de la intelectualidad contrarrevolucionaria de Miami, expresó el 20 de mayo del 2013 que había que desmontar la historia de la Revolución cubana, y en una conferencia de cerca de dos horas tergiversó a su antojo lo que la ciencia histórica ha construido a lo largo de muchos años.

Este personaje, que no podrá analizar jamás de manera desprejuiciada el proceso histórico de la Revolución, es hoy uno de los abanderados del desmontaje. A él se unen decenas de sitios en Internet que propugnan la añoranza por el pasado capitalista, alaban a sus representantes y satanizan todo lo que tiene que ver con la Revolución, en especial a su liderazgo y a los miembros del PSP, antecedente directo del actual Partido Comunista de Cuba.

 

¿Qué influencia ejerce el estudio de la historia patria en el desarrollo político-ideológico de las nuevas generaciones? ¿Qué papel desempeñan las tradiciones patrióticas en ese propósito?

 

El sistema de educación en Cuba, en todos los niveles, prioriza la enseñanza de la historia de Cuba en primer lugar, y de América y Universal en segundo. La historia es una herramienta de valores y de enseñanzas, y un caudal de sabiduría y lecciones del que deben beber los ciudadanos de cada nación y los líderes políticos que conducen los destinos de los pueblos. No se puede gobernar con éxito siendo un ignorante que desconoce los orígenes de los procesos políticos, militares, sociales, culturales, que se acumulan en la vida de una nación.

La historia se debe estudiar y promover desde la localidad a la región y al país; aprenderse, estudiarse y divulgarse en el hogar, el barrio, la localidad y la nación. Nadie defiende lo que no conoce. Quien sea un ignorante en historia será inevitablemente un ignorante político fácilmente manipulable. La historia, en mi concepto, es sostén y pilar para la conformación de la ideología política y la defensa de la soberanía nacional. Para los jóvenes, su conocimiento e interpretación se yergue como una necesidad impostergable.

 

Dado que se impone una batalla en defensa de nuestra historia, ¿qué papel corresponde en ella a las instituciones encargadas de investigarla, enseñarla y divulgarla, y cómo lo están cumpliendo?

 

En nuestro país son varias las instituciones que trabajan la historia, desde diferentes perspectivas. La Academia de la Historia de Cuba, es un órgano consultivo que agrupa a prestigiosas autoridades de la historiografía nacional; a la Oficina de Asuntos Históricos del Consejo de Estado le corresponde preservar el patrimonio vinculado a José Martí y a la dirección de la Revolución Cubana, Fidel en primer lugar; la Unión de Historiadores de Cuba, como ONG, agrupa a todos los historiadores del país y trabaja en la investigación y promoción de la historia patria; las oficinas de las ciudades patrimoniales investigan y laboran en función de la preservación de los patrimonios locales; el Centro de Estudios Martianos se centra en la obra de José Martí, y el Centro de Estudios Militares en la historia militar, entre otros temas.

Las diferentes instituciones del país, a través de sus ministerios y de las iniciativas de sus directivos, estudian sus respectivas especialidades. Las universidades y sus facultades de Historia, despliegan un arduo trabajo de formación de profesionales y de investigación. El Instituto de Historia de Cuba tiene por razón social la investigación de la historia nacional y las instituciones vinculadas al ICRT también trabajan estos temas.

Pienso que somos muchos los que tratamos esta disciplina. El potencial es considerable. Hay conciencia del papel del historiador y de los retos que deparan los nuevos escenarios políticos en la isla, y se está trabajando, pero hay mucho que hacer. Deben dedicarse los recursos necesarios para la creación artística vinculada a la historia. Son escasos los filmes y materiales de TV que abordan, desde la ficción o el documental, las glorias de la patria. El dinero que se emplee con este fin nunca será malgastado. El trabajo político e ideológico tiene un alto costo económico. Quizás nos falten aún mayores coordinaciones, pero cada día se trabaja con mayor cohesión y unidad.

 

¿Cómo pueden los medios de comunicación contribuir más y mejor a esa importante batalla de pensamiento?

 

Los medios son esenciales. Vivimos tiempos donde la tecnología y la TV tienen un impacto muy fuerte en la psiquis de los hombres y mujeres del planeta. La comunicación es una ciencia y hay que trasmitir historia en cualquier medio y en todos los formatos posibles, desde los diseños y normas del consumo de información que marcan la modernidad.

Llamo la atención sobre la necesidad de que la historia ocupe mayores espacios en la prensa escrita o digital, y en la TV, el cine y el teatro. El tiempo es implacable, los grandes divulgadores de la historia, biológicamente envejecen, aunque no espiritualmente. Nadie imagina a otra persona que no sea Eusebio Leal hablando de La Habana. Él es el evangelio histórico vivo y, como historiador y genio de la oratoria, es imposible sustituirlo. En el imaginario popular se ha establecido la creencia de que la historia es real, cuando lo escuchan de la voz de Eusebio.

Es un excelente comunicador y en cada intervención marca pautas de cómo trasmitirla de manera amena y convincente. Se necesitan soldados de las ideas y la palabra –y la acción–, como él. En el país hay excelentes historiadores que saben, y comunican bien. Merecen espacios en los medios.

Hay que trabajar con mayor unidad y creatividad, y privilegiar en el debate historiográfico, el análisis y la polémica. José Martí decía que la historia es un examen y un juicio, no una propaganda ni una excitación.

Pienso que, por diversas razones, estamos en un momento crucial de nuestra historia, sobre todo después del pasado 17 de diciembre de 2014. Se avecina, como nunca antes, una guerra de pensamiento. Irremediablemente, tenemos que ganarla, como dijera José Martí, a pensamiento.

 

¿Qué desafíos impone desde el punto de vista ideológico, el proceso de restablecimiento de relaciones diplomáticas con Estados Unidos?

 

Son muchos y varios los desafíos, el principal, en el cambio de visión que puede percibir un sector importante de nuestra población, que considere que llegamos a la normalidad y que llegó, para quedarse, una época de total armonía y concordia. Lo ideal sería que en lo adelante predominara la armonía, el diálogo constructivo y el intercambio franco y fructífero para nuestros pueblos.

Lo real es que Estados Unidos no va a renunciar jamás a tratar de imponer su modelo hegemónico cultural y la idea de su modo de vida, al mundo, y muy especialmente a Cuba. Cuando desaparezca el bloqueo y se eliminen todas las barreras a un intercambio soberano, se incrementarán los contactos entre nuestros pueblos.

Ambos aprenderemos de ello, aunque debemos estar conscientes que Estados Unidos como potencia hegemónica, tratará de introducir por todas las vías y con todos los medios a su alcance, su proyecto de supremacía cultural.

Hubo un presidente de México que a fines del siglo XIX expresó, “pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos”. Era la expresión de impotencia ante la presión e injerencia en todos los aspectos de la vida de la hermana nación, del poderoso vecino.

Con frecuencia comento que la naturaleza colocó a nuestra isla en una posición privilegiada y no nos va a mover a otro lugar, por lo tanto debemos aprovechar nuestras fortalezas, que son muchas, para enfrentar los desafíos. Creo que nosotros estamos en un momento ventajoso, pues nuestro pueblo conoce, como pocos en el mundo, el precio de construir un estado soberano, totalmente independiente.

En 1960 el humorista cubano Marcos Behemaras publicó en la revista Mella un artículo humorístico en el que a manera de parodia, explicaba como en una operación de la CIA y el Estado Mayor Conjunto de Estados Unidos, habían vencido a la URSS con un desembarco aerotransportado de la 82 división, con puestos para vender Mac Donalds. Era una metáfora llena de simbolismo, que la historia, años después, validó.

La guerra cultural y los modelos de vida consumista del imperio, impactaron en las conciencias de miles de personas en el campo socialista. En nuestro caso, como sabemos por dónde viene el enemigo y con qué armas, tenemos una parte de la batalla ganada. Pero la guerra va a ser larga y compleja. Nunca como hoy, hay que viajar a las raíces y perpetuar el rico y plural acervo cultural de nuestra nación. Recientemente una investigadora norteamericana de visita en Cuba, manifestaba a la corresponsal de Telesur en La Habana que le rogaba a los cubanos que no perdieran su cultura, su especial don de gentes y su historia; que lo que encontraban en Cuba no se hallaba en ningún otro rincón del mundo.

Quizás fuese exceso de cariño por nuestro pueblo, pero me parece que es un lúcido mensaje de alarma contra la injerencia cultural que se avecina y la visión simbólica que sobre Cuba prima en el mundo. Un símbolo de hidalguía y honor.

 

¿Qué impacto pudiera tener en la población y especialmente en la juventud?

 

La juventud es el principal objetivo de la guerra cultural. Históricamente ha sido el blanco a impactar, sobre todo, por su naturaleza rebelde y cuestionadora. La estrategia actual, y lo vemos a diario en publicaciones y artículos que navegan por Internet, se trata de deslegitimar a la generación histórica de la revolución cubana, satanizarla, y contraponer a los jóvenes contra ella, con dudas y tergiversaciones.

Son cientos los materiales de video de diferentes facturas y orígenes, no solo de Estados Unidos, que introducen sus venenosos discursos en nuestro país. Y los jóvenes son consumidores por excelencia de audiovisuales. Confío mucho en la sabiduría y madurez de nuestra juventud. Como en todos los tiempos, en algunos los modelos consumistas, culturales e ideológicos del imperio, harán mella. En la mayoría no. Pensar de otro modo sería cuestionar la propia obra de la Revolución. Fueron jóvenes los que atacaron el Moncada y vinieron en el Granma, y jóvenes también los de Girón, la Lucha Contra Bandidos, los alfabetizadores –casi niños-, nuestros internacionalistas, nuestros maestros, en fin, hemos construido en proyecto de nación de eterna juventud, sobre todo, teniendo en cuenta que nuestros longevos dirigentes, derrochan juventud como contagioso estado de ánimo.

 

¿Considera usted que este hecho demande un esfuerzo mayor por parte de los encargados de divulgar nuestra historia?

 

Demanda un trabajo de gigantes en quienes enseñan, quienes divulgan y quienes investigan la historia. Es tiempo de marcha unida de estos tres frentes. En la unidad, está la clave de nuestra victoria. No tenemos otra opción que ganar esta batalla y dedicarle a ello los recursos necesarios, pero sobre todas las cosas, atención y talento, que hay bastante en nuestra gloriosa isla.

 

Ver más: Guerra cultural: La historia en la mira http://www.trabajadores.cu/20150202/guerra-cultural-la-historia-en-la-mira/

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